De esta manera habló Hermócrates, por cuyas razones persuadidos los sicilianos hicieron conciertos de paz entre sí con condición de que cada cual conservase lo que poseía entonces, excepto la ciudad de Morgantina, que acordaron fuese restituida por los siracusanos a los de Camarina, dándoles cierta suma de dinero por ello.

Hecho esto, los sicilianos aliados de los atenienses, que les habían llamado en su ayuda, declararon a los capitanes de estos que habían ajustado la paz, y los atenienses volvieron a Atenas.

Pesó tanto a los atenienses este suceso que castigaron a los capitanes, desterrando a Pitodoro y Sófocles, y condenando a Eurimedonte a que pagase cierta cantidad por sospecha de que, por su culpa, no dominaron toda la isla de Sicilia, y que, por dádivas, habían sido sobornados e inducidos a volverse. Tanto confiaban entonces los atenienses en su próspera fortuna, que ninguna cosa tenían por imposible, antes creían poder realizar las cosas difíciles como las fáciles con pequeña armada, como con grande. Esta presunción y arrogancia las causaba el buen éxito en muchas cosas sin motivo ni razón que lo justificasen.

IX.

Los atenienses intentan tomar a Mégara por inteligencias que tenían con algunos habitantes; pero los lacedemonios socorren esta ciudad.

En este verano[94] los megarenses, fatigados de la guerra con los atenienses, que todos los años hacían correrías en su tierra, como también de los robos y tropelías de algunos de sus conciudadanos echados de la ciudad por sus sediciones, y refugiados en Pegas, acordaron llamar a los emigrados para evitar que la ciudad se perdiese por sus bandos, y viendo los amigos de los desterrados que la cosa se dilataba y enfriaba, hicieron nueva instancia para que se conferenciase con aquellos. Entonces los gobernadores y personas principales de la ciudad, considerando que el pueblo no estaba para poder sufrir más largo tiempo los males y daños de estos bandos y sediciones, trataron con los capitanes atenienses, que eran Hipócrates, hijo de Arifrón, y Demóstenes, hijo de Alcístenes, para entregarles la ciudad, pensando que les sería menos perjudicial esto que recibir dentro de ella a los desterrados. Acordaron con los capitanes que primeramente tomasen la gran muralla que llega desde la ciudad hasta Nisea donde está su puerto, muralla de ocho estadios de larga[95] para estorbar desde allí el paso a los peloponesios que vinieran en socorro desde el punto donde tenían guarnición con este objeto, y tras esto que ganasen la fortaleza que está en lo alto de Mégara en un cerro, lo cual les parecía bien fácil de hacer.

Así acordado, prepararon las cosas necesarias de una parte y de la otra para ponerlo en ejecución, y los atenienses fueron aquella noche a una isla cercana a la ciudad, nombrada Minoa, con seiscientos hombres bien armados al mando de Hipócrates, y de allí a un foso junto al cual estaba un horno donde cocían ladrillo para reparar los muros de la villa. De la otra parte Demóstenes se había emboscado junto al templo de Marte, que está más cerca de la ciudad, con los soldados plateenses armados a la ligera y otros aventureros, sin que persona lo supiese, excepto los participantes del trato, y antes que fuese de día salieron los plateenses de su emboscada para ejecutar su empresa al abrir las puertas de la ciudad, lo cual tenían concertado mucho tiempo antes con los ciudadanos que tramaban la traición. Los ciudadanos tenían costumbre, como gente que vivía de robos y latrocinios, sacar de noche, con consentimiento de los guardas de aquella muralla, un barco encima de un carro, el cual echaban en el agua del foso de la muralla, y desde allí salía al mar. Antes que amaneciese, y después de robar en la mar durante la noche lo que habían podido, volvían a meter el barco por la misma puerta. Hacían esto a fin de que los atenienses que tenían guarnición en la isla de Minoa no supieran los latrocinios, por no ver ningún navío en su puerto. Puesto el barco encima del carro, y estando la puerta abierta, según acostumbraban, cuando le metían, los atenienses salieron de su celada para apoderarse de la puerta antes que pudiesen volverla a cerrar, según había sido acordado con los de la villa, cómplices en la traición, y prendieron o mataron a los que guardaban la puerta. Los plateenses y los aventureros que estaban con Demóstenes fueron los primeros en ganarla y entraron por la parte donde al presente se ve puesto un trofeo en señal de victoria, echando de allí a la guarnición de los peloponesios que, oyendo el ruido, había llegado en socorro. Entretanto acudieron los atenienses muy bien armados, siendo admitidos por los plateenses sus compañeros. A la entrada, los peloponesios les resistieron con todo su poder, desde lo alto en los muros aunque por ser menos en número murieron muchos, y los demás se retiraron temiendo ser presos, porque aún no era bien de día, y también porque veían que algunos de la ciudad peleaban contra ellos, los participantes en la traición, y pensaban que todos los ciudadanos estaban con sus enemigos; pero más de veras lo creyeron por lo que hizo el trompeta de los atenienses de propio impulso, y fue pregonar que a todos los megarenses que se quisiesen rendir a los atenienses y dejaran las armas les salvarían las vidas, y no recibirían daño alguno en sus haciendas. Al oír los peloponesios este pregón se retiraron todos, huyendo a Nisea por suponer que los ciudadanos, como los atenienses, iban contra ellos.

A poco rato, cerca del alba, tomada la muralla que llega hasta el puerto, hubo gran tumulto en la ciudad, porque los comprometidos en la traición decían que convenía abrir las puertas, y atacar a los atenienses, en lo cual estaba de acuerdo el pueblo. La intención de los conspiradores era que los atenienses entrasen cuando las puertas fuesen abiertas, porque así lo habían acordado, y a fin de ser conocidos entre los otros, y que a la entrada no se les hiciese mal ninguno, habían concertado que por señal se untarían con aceite. Parecíales muy provechoso abrir las puertas, porque se hallaban juntos cuatro mil hombres de a pie muy bien armados y seiscientos caballos atenienses que habían venido la noche antes y estaban preparados para entrar. Cuando los untados con aceite acudieron a las puertas para hacerlas abrir, uno de ellos descubrió la traición a los que nada sabían, produciéndose con esto gran tumulto, juntándose allí de todas partes de la ciudad, y opinando que no se abriesen las puertas, porque tampoco otras veces lo habían hecho cuando los atenienses se presentaron delante de la ciudad, aunque entonces los ciudadanos eran más poderosos; que no debían poner la ciudad en un peligro tan manifiesto, y que si algunos querían hacer lo contrario debían desde luego pelear contra aquellos. Decían esto sin aparentar que supiesen la traición, sino como aviso y buen consejo para evitar los daños y peligros venideros. Los que así opinaban, que eran los más, se apoderaron de las puertas e impidieron abrirlas, y por consiguiente, que los traidores ejecutaran su traición.

Viendo los atenienses que no les abrían las puertas, pensaron que debía haber algún impedimento, y conociendo que eran muy pocos para cercar la ciudad fueron contra el lugar de Nisea, y le cercaron de muralla y baluarte, porque les parecía que, si podían tomarlo antes de ser socorrido, fácilmente después tomarían la ciudad de Mégara por tratos. Con este propósito hicieron venir a toda prisa maestros y obreros de Atenas, y hierro y otros materiales necesarios para la obra, y en muy poco tiempo acabaron el muro, comenzándole desde la punta del que habían tomado de la parte de Mégara, y desde allí le continuaron por los dos lados de Nisea hasta dentro la mar, cercándole de foso, porque cuando unos trabajaban en el muro, otros lo hacían en los fosos. Tomaban la piedra, el ladrillo y la madera para la obra de los arrabales, cortando los árboles del rededor, y donde había falta de materiales lo henchían de tierra con estacas de madera. De las casas que estaban fuera de la villa, quitadas las techumbres, se servían como de torres y almenas. Toda esta obra la hicieron en dos días.

Viendo esto los que estaban dentro de Nisea, y también que carecían de vituallas para sostener el cerco, porque las provisiones se las llevaban de la ciudad diariamente, considerando también que no tenían esperanza alguna de ser socorridos pronto por los peloponesios, y pensando además que todos los megarenses estaban contra ellos, capitularon con los atenienses, entregándoles las armas, yéndose con cierta suma de dinero cada uno, y quedando a merced de aquellos los lacedemonios y otros extranjeros que se hallaban dentro del lugar. De esta manera partieron los de Nisea, y los atenienses, habiendo ganado el lugar y roto el muro largo que lo unía a la ciudad de Mégara, se prepararon a sitiar esta.