Sucedió entonces que Brásidas, hijo del lacedemonio Télide, estaba hacia Corinto y Sición reuniendo gente para Tracia, el cual, sabida la tomada de los muros de Mégara, y sospechando que los lacedemonios de Nisea se viesen en peligro, envió un mensaje a los beocios con toda diligencia y les mandó que en seguida se le unieran con toda la gente que pudiesen en Tripodisco, lugar de tierra de Mégara junto al monte de Gerania. A este lugar llegó él con dos mil setecientos corintios bien armados, cuatrocientos de Fliunte y setecientos de Sición, además de la otra gente de guerra que tenía juntada sin saber aún la toma de Nisea. Cuando lo supo en Tripodisco, antes de que los enemigos fuesen avisados de su estancia, porque había llegado de noche, partió con cuatrocientos hombres de guerra, los mejores de su ejército, derechamente a la ciudad de Mégara, fingiendo que quería tomar el lugar de Nisea; pero su principal intento era entrar en Mégara si podía, y fortificarla. Al llegar a las puertas de la ciudad rogó a los megarenses que le dejaran entrar, dándoles esperanza de cobrar en seguida a Nisea, pero los dos bandos de los ciudadanos temían su venida, uno por sospechar que volviera a meter a los desterrados expulsando a ellos, y los amigos de los desterrados por temor de que los otros, para impedirlo, se armasen contra ellos, y aprovechando sus diferencias los atenienses, que estaban cerca, tomasen la ciudad. Todos opinaron no recibir en la ciudad a Brásidas sino esperar a ver quién alcanzaba la victoria, los atenienses o los peloponesios: porque los parciales de cada parte se querían declarar por el vencedor.

Como Brásidas viese que no había medio de entrar en la ciudad se retiró uniéndose a lo restante de su ejército, y el mismo día, antes de que amaneciese, se le unieron los beocios, quienes, antes de recibir las cartas de Brásidas, sabida la llegada de los atenienses, habían salido con todo su poder a socorrer a los megarenses, porque tenían el peligro de estos por común a todos, y cuando, en tierra de Platea, recibieron la carta de Brásidas estuvieron más seguros, y así enviaron mil doscientos hombres de a pie y seiscientos de a caballo de socorro a Brásidas; los demás volvieron cada cual a su casa. Brásidas reunió con ellos cerca de seis mil hombres.

Los atenienses estaban puestos en orden de batalla junto a Nisea, excepto los soldados armados a la ligera que, dispersos en los campos, fueron acometidos y desbaratados por los caballos beocios, persiguiéndoles hasta la orilla de la mar, antes que los atenienses supiesen la llegada de los beocios, porque jamás hasta entonces habían ido en socorro de los megarenses, y no sospecharon que fuesen.

Cuando los vieron salieron contra ellos, y se trabó una batalla que duró gran rato entre los de a caballo, sin que se pudiese juzgar quién llevaba lo mejor de ella, aunque de la parte de los beocios fue muerto el capitán y algunos otros que se atrevieron a llegar hasta los muros de Nisea. Por esto los atenienses, después de devolverles los muertos para sepultarlos, levantaron trofeo en señal de victoria, aunque esta quedó indecisa, retirándose los beocios a su campo y los atenienses a Nisea. Pasado esto, Brásidas escogió un lugar muy a su propósito junto a la mar y cerca de Mégara, y allí asentó su campo, esperando que los atenienses lo acometieran, porque le parecía que los de la ciudad estaban a la mira de quién llevaba lo mejor, y que estando allí tan cerca podría pelear desde su campo sin acometer a los enemigos ni ponerse en peligro, y de esta suerte ganar la victoria. Respecto a los de Mégara, parecíale haber hecho demasiado, porque, de no llegar tan oportunamente, los ciudadanos no se hubieran atrevido a combatir a los atenienses, perdiendo la ciudad. Mas viendo el socorro que les había llegado y que los atenienses no se atrevían a acometer, parecía a Brásidas que los megarenses recibirían a él y a su ejército dentro de la ciudad, y que sin derramamiento de sangre y sin peligro conseguiría el objeto a que había venido, según después aconteció, porque los atenienses, puestos en orden de batalla, permanecieron junto a los muros con la misma intención que los peloponesios, de no pelear sin que les acometieran, creyendo que tenían más razón ellos que los otros para no comenzar la batalla, por haber ganado muchas victorias antes, y que si aventuraban esta y la perdían, siendo muchos menos en número que los enemigos, sucedería, o que tomasen estos la ciudad, o que los vencidos perdiesen la mayor parte de su ejército. También tenían por cierto que los peloponesios comenzarían la batalla, porque eran de diversas ciudades y diferentes en opiniones, no teniendo la paciencia de esperar como ellos, que eran todos atenienses. Habiendo esperado algún tiempo unos y otros, se retiraron todos, los atenienses a Nisea, y los peloponesios al lugar de donde habían partido. Viendo entonces los megarenses que eran amigos de los desterrados, que los atenienses no osaban acometer a los lacedemonios, cobraron ánimo, y con los principales de la ciudad, abrieron las puertas a Brásidas como vencedor, conferenciando con él, por lo cual los del bando contrario concibieron gran temor.

Poco tiempo después la gente de guerra que había acudido en socorro de Brásidas, por su orden, volvieron cada cual a su tierra, y él se fue a Corinto y también los atenienses a su patria.

Los megarenses que habían sido de la conjuración para hacer venir a los atenienses, al ver que se iban, y que estaban descubiertos, partieron secretamente de la ciudad, y los del bando contrario llamaron a los que estaban desterrados en Pegas, con juramento de que no conservarían memoria de las injurias pasadas, sino que todos de acuerdo mirarían por el bien de la ciudad. Pero poco tiempo después, siendo estos elegidos gobernadores y jueces, cuando revistaron al pueblo, reconociendo las armas de los que habían sido principales parciales de los atenienses, prendieron hasta el número de ciento, y los mandaron matar por juicio del pueblo, al cual indujeron a que los condenase a muerte. De esta suerte el gobierno de la ciudad fue convertido en oligarquía, que es mando de pocos ciudadanos con el favor del pueblo, el cual estado, aunque producto de sediciones, duró mucho tiempo.

X.

Pierden los atenienses algunos barcos de guerra. — Brásidas, general de los lacedemonios pasa por tierra de Tracia con ayuda de Pérdicas, rey de Macedonia, y de otros amigos de aquella comarca, para socorrer a los calcídeos.

En este verano, habiendo los mitilenios determinado fortificar la ciudad de Antandro, dos de los tres capitanes que los atenienses enviaron para cobrar el tributo de las tierras de su señorío, Demódoco y Arístides, que a la sazón se hallaban en el Helesponto, en ausencia de Lámaco, que era el tercero, el cual había partido hacia la costa del Ponto con diez navíos, celebraron consejo, y parecioles que era cosa de peligro permitir a los mitilenios fortalecer a Antandro por temer les ocurriese lo mismo que en Samos, donde los desterrados de la ciudad se habían reunido, y con ayuda de los peloponesios, que les enviaron gente de mar, hacían grandes daños a los de la ciudad y muchos beneficios a los lacedemonios. Los dos capitanes partieron con su armada y gente de guerra derechamente contra Antandro, y habiendo trabado pelea con los de esta ciudad, que salieron contra ellos, los vencieron y tomaron la plaza.

Poco tiempo después, Lámaco, que partió para la costa de Ponto, entrando con su armada en el río Calete, que pasa por la tierra de Heraclea, por súbita crecida del río, que ocasionó una tempestad en las montañas, perdió todas sus naves, y volvió con su gente de guerra por tierra, atravesando la región de Bitinia y de Tracia, situada en la parte del mar en Asia, hasta la ciudad de Calcedón, a la boca del mar de Ponto, que pertenece a los megarenses.