Volvamos a Hipócrates, que había quedado en Delio, y que, avisado de que los beocios habían salido con gran ímpetu del pueblo, mandó a los suyos que saliesen al campo, se armasen y tuviesen todo dispuesto. Poco después llegó él con toda su gente, excepto trescientos hombres de armas que dejó en Delio para guarda de los reparos y para que acudiesen en socorro del otro ejército, si fuese menester, al tiempo de la batalla.

Los beocios enviaron delante algunos corredores para perturbar el orden a los enemigos, subieron a lo alto de la montaña y pusiéronse a vista de todos ellos, apercibidos al combate. Eran en junto siete mil bien armados de gruesas armas, más de diez mil armados a la ligera y cerca de mil quinientos de a caballo. Tenían ordenadas sus tropas de esta manera: la infantería, a saber, los tebanos y sus aliados en la derecha, en medio estaban los de Haliarto, Coronea, Copas y todos los demás que habitan alrededor de la laguna; a la izquierda los de Tanagra, Tespias y Orcómeno, y en ambos extremos los de a caballo; de los soldados armados a la ligera con lanza y escudo, en cada ala veinticinco, y los restantes, según se hallaron por suerte.

Los atenienses tenían puesta su gente en este orden: los hombres de a pie, bien armados, en lo cual eran iguales a los enemigos, hicieron un escuadrón espeso de ocho hombres por hileras, y con ellos venían los de a caballo, pues soldados armados a la ligera no los tenían por entonces ni en su ejército ni en la ciudad; porque los que al principio fueron con ellos en esta empresa, que eran mucho más en número que los contrarios, aunque gran parte sin armas, por ser los más labradores cogidos en el campo y extranjeros, volvieron pronto a sus casas, y no se hallaron en el campo sino muy pocos.

Puestos todos en orden de batalla de ambas partes y esperando la seña para el ataque, Hipócrates, capitán de los atenienses que llegó en aquel momento, arengó a los suyos de esta manera:

«Varones atenienses, para hombres esforzados y animosos como vosotros, no hay necesidad de largo discurso, sino que bastan pocas palabras, más por traeros a la memoria quién sois, que por mandaros lo que habéis de hacer. No imaginéis que con causa injusta venís a poneros en peligro en tierra ajena; porque la guerra que hacemos en esta, es por seguridad de la nuestra, y si somos vencedores, no volverán jamás los peloponesios a acometernos en nuestro territorio, viéndose sin caballería, de que siempre los proveen estos beocios. Así, pues, ganando con una batalla esta tierra, libraréis la vuestra de males y daños en adelante. Entrad con esforzado ánimo en la batalla como es digno y conveniente a la patria que cada cual de vosotros se gloría y alaba de que sea la señora de toda Grecia, imitando la virtud y el valor de vuestros antepasados, los cuales, después que vencieron a estos beocios en una batalla junto a Enófita, fueron señores de su tierra por algún tiempo.»

Con estas razones iba Hipócrates amonestando a su gente, rodeándolos conforme iban puestos en orden, y apercibidos para pelear, hasta que llegó en medio de ellos.

Los beocios, por orden de Pagondas, dieron la señal para comenzar la batalla tocando sus trompetas y clarines, y en tropel descendieron todos de la montaña con grande ímpetu. Al ver el ataque Hipócrates, hizo también marchar a los suyos y que les saliesen delante a buen trote, siendo los primeros en el encuentro. Y aunque los postreros no pudieron llegar tan pronto a herir, fueron tan trabajados como los otros por causa de los arroyos que tenían que pasar. Trabada la batalla, todos peleaban fuertemente, defendiéndose a pie quedo amparados con sus escudos y rodelas; la izquierda de los beocios fue rota y dispersada por los atenienses, hasta los del centro pasaron adelante para batir a los tespios que estaban enfrente de ellos, y del primer encuentro mataron muchos. Quedaron todos cerrados en un escuadrón unos contra otros, hiriendo y matando a los tespios, que se defendían valerosamente. En este encuentro resultaron muchos atenienses muertos por sus mismos compañeros, porque, queriendo cercar y atajar a los enemigos, se metían en medio de ellos y se mezclaban los unos con los otros, de manera que no se podían conocer. La izquierda de los beocios fue, pues, vencida y desbaratada por los atenienses, y los que se salvaron se acogieron a la derecha, en la cual venían los tebanos que peleaban animosamente, de tal manera, que rompieron a los atenienses dispersándolos y siguiéndoles al alcance por algún rato. En esta situación, aconteció que dos compañías de gente de a caballo que Pagondas había enviado en ayuda de la izquierda, cargaron, cubiertas por un cerro, con gran furia, y cuando llegaron a vista de los atenienses que seguían al alcance de los fugitivos, creyendo estos que aquel era nuevo socorro que acudía a los beocios, cobraron tanto miedo que se pusieron en huida, y lo mismo hicieron los otros atenienses, así de una parte como de la otra, unos hacia la mar por la parte de Delio, otros hacia tierra de Oropo, otros hacia el monte Parnes y otros a diversos lugares donde esperaban poderse salvar. Muchos de ellos fueron muertos por los beocios, sobre todo por los de a caballo, así de la gente de la tierra como de los locros, que al tiempo de la batalla acudieron en su ayuda hasta que llegó la noche que los separó, siendo esta causa de que se salvaran muchos.

Al día siguiente, los que llegaron a Oropo y Delos, dejaron allí gente de guarnición, y volvieron por mar a sus casas.

Los beocios, por memoria de esta victoria, levantaron un trofeo en el mismo lugar donde había sido la batalla. Después enterraron sus muertos, despojaron a los enemigos, y, dejando allí alguna gente de guarda, partieron para Tanagra, donde dispusieron las cosas necesarias para ir en busca de los atenienses que estaban en Delio, a los cuales enviaron primero un trompeta, quien encontrando en el camino al de los atenienses, que iba a pedir sus muertos, le dijo que no pasase adelante y fuera con él, porque no harían nada de lo que iba a pedir hasta que él volviera, y así lo hizo. Al llegar el trompeta de los beocios donde estaban los atenienses, díjoles el mensaje que traía, que era asegurarles que habían obrado injustamente y traspasado las leyes humanas de los griegos, por los cuales está prohibido a todos los que entran en la tierra de otros tocar a los templos; que no obstante esto, los atenienses habían cercado el templo de Delio, y metido dentro su gente de guerra, violándolo y haciendo en él todas las profanaciones que se acostumbran a hacer fuera de él; que habían tomado el agua consagrada, no siendo lícito tocarla a otros que a los sacerdotes para los sacrificios, y la empleaban y se servían de ella para otros usos, por lo cual les requerían, así de parte del dios Apolo como de la suya, llamando e invocando para esto todos los dioses que tienen en guarda aquel lugar, y principalmente tomando al dios Apolo por testigo, que partiesen de aquel sitio con todo su bagaje.

Los atenienses dijeron a esto que darían la respuesta a los beocios por medio del trompeta que les enviarían. Este les respondió de su parte que no habían hecho cosa ilícita ni profana en el templo, ni la harían en adelante, si no fuesen obligados a ello, porque no habían ido con tal intención sino para hacer guerra contra los que quisiesen ofender al templo, lo que les era lícito por las leyes de Grecia, conforme a las cuales es permitido que los que tienen el mando y señorío de alguna tierra, sea grande o pequeña, tengan asimismo en su poder los templos para hacer continuar los sacrificios y ceremonias acostumbradas en cuanto fuere posible; y que siguiendo estas leyes los mismos beocios y los otros griegos cuando han ganado alguna tierra o lugar por guerra, y echando de ella a los moradores, tienen los templos que antes eran de los habitantes por suyos propios; por tanto, los atenienses ejercerían este derecho en aquella tierra que deseaban poseer como suya. En cuanto a lo del agua del templo, dijeron que si la habían tomado, no fue por desacato a la religión, sino que, yendo allí para vengarse de los que les habían talado su tierra, fueron obligados por necesidad a tomar el agua para los usos necesarios, y que, por derecho de guerra, a los que se ven en algún apuro, es justo y conveniente que Dios les perdone lo que hacen, porque en tal caso hay recurso a los dioses y a sus aras para alcanzar perdón de los yerros que no se cometen voluntariamente, y son estimados por malos y pecadores a los dioses los que yerran y pecan por su voluntad y a sabiendas, no los que hacen alguna cosa por necesidad. Decían también que eran mucho más impíos y malos para con los dioses los que por dar los cuerpos de los muertos quieren adquirir los templos, que los que forzados contra su voluntad toman de estos las cosas necesarias para sus usos, siendo lícito tomarlas. Asimismo les declararon que no partirían de la tierra de Beocia porque pretendían estar donde estaban con buen derecho, y no por fuerza; por tanto, pedían mandasen darles sus muertos, según su derecho y costumbre de Grecia.