A esta demanda respondieron los beocios que si los atenienses entendían estar en tierra de Beocia, partiesen en paz de ella con todas sus cosas; y si pretendían estar en su propia tierra, ellos sabían bien lo que habían de hacer, pues la tierra de Oropo, donde habían sido muertos, era de la jurisdicción de los atenienses, por lo cual, no teniendo los beocios sus muertos contra su voluntad, no estaban obligados a devolvérselos; antes era más razonable que partiesen de su tierra, y entonces les darían lo que demandaban. Con esta respuesta partió el trompeta de los atenienses, sin convenir cosa alguna.
Poco después los beocios mandaron ir del golfo Melieo algunos tiradores y honderos con dos mil infantes muy buenos que los corintios les habían enviado después de la batalla, y alguna otra gente de socorro de los peloponesios, que era la que había vuelto de Nisea con los megarenses. Con este ejército partieron de allí, y asentaron su campo delante de Delio, donde trabajaron por combatir los fuertes y reparos de los atenienses con diversos ingenios y artefactos de guerra, y, entre otros, con uno que fue causa de la toma de Delio, el cual estaba hecho en esta manera.
Aserraron por la mitad a lo largo una viga, acanalaron cada media, de manera que, juntas, formaban hueco como flauta; de uno de los extremos salía un hierro hueco, y vuelto hacia abajo como pico, y de este estaba colgado de unas cadenas un caldero de cobre lleno de brasas, de pez y de azufre. Llevando sobre ruedas esta máquina, la juntaron con el muro por la parte que casi todo estaba formado con madera y sarmientos. Puesta allí, y soplando con grandes fuelles, por el agujero del otro extremo de la viga pasó el aire por el hueco, y volviendo por el pico de hierro, soplaba en el caldero, de manera que la llama grande que salía de él incendió el muro, de tal modo, que no pudiendo estar en él los que le defendían, huyeron, y tomadas las defensas, entraron los beocios en la ciudad, prendieron cerca de doscientos de los que la defendían y mataron a muchos; los demás se salvaron acogiéndose a las naves que estaban en el puerto. Así recobraron el templo de Delio diez y siete días después de la batalla. Poco tiempo después volvió el trompeta de los atenienses, que no sabía nada de esta presa, a los beocios para pedirles los muertos, y se los dieron, sin hablarle más de lo que le habían dicho la primera vez.
Fueron los que se hallaron muertos, así en la batalla como en la toma de Delio, de parte de los beocios cerca de quinientos, y de la de los atenienses cerca de mil, y entre otros Hipócrates, uno de sus capitanes, sin los soldados armados a la ligera y la gente de servicio del campo, que murieron en gran número. Después de esta batalla, Demóstenes, que había partido por mar para tomar Sifas, viendo que no podía salir con la empresa, sacó de sus naves hasta cuatrocientos hombres, así de los agreos y acarnanios como de los atenienses que tenía consigo, y con ellos arribó a tierra de Sición; mas antes que pudiesen desembarcar todos, los sicionios, que se habían reunido para defender su patria, les acometieron y dispersaron, e hicieron huir hasta meterlos dentro de sus naves, matando y prendiendo a muchos.
XIII.
Brásidas, general de los lacedemonios, toma la ciudad de Anfípolis por traición, y por convenios algunos otros lugares de Tracia.
Al tiempo que pasaron estas cosas en Delio, Sitalces, rey de los odrisios, murió en una batalla contra los tríbalos, a quienes había declarado la guerra, y le sucedió Seutes, hijo de Esparádoco, su hermano, tanto en el reino de los odrisios como en las otras tierras y señoríos que tenían en la región de Tracia.
En este mismo invierno, Brásidas, con los aliados y los lacedemonios que tenía en Tracia, declaró la guerra a los de la ciudad de Anfípolis, situada en la ribera del río Estrimón, porque era colonia de los atenienses, la cual, antes que la poblasen, fue habitada por el milesio Aristágoras cuando vino huyendo de la persecución del rey Darío. Después fue echado de ella por los edonios, y los atenienses, treinta y dos años más tarde, enviaron diez mil hombres de guerra, así de los suyos como de otros que llegaron de todas partes, los cuales fueron vencidos y dispersados por los tracios junto al lugar de Drabesco. Veintinueve años después los atenienses enviaron de nuevo su gente de guerra al mando de Hagnón, hijo de Nicias, y expulsaron a los edonios, fundando la ciudad como está al presente. Llamábase antes los Nueve Caminos. El punto de partida de los atenienses con Hagnón fue Eyón, una villa que tenían en la boca del río, en la cual hacían su feria y mercado. Llamáronla Anfípolis por estar cercada por dos partes de aquel río Estrimón, e hicieron una muralla que llegaba desde un brazo del río al otro, puesta en un lugar alto, donde tiene muy linda vista a la mar y a la tierra.
Estando Brásidas en el lugar de Arnas, situado en tierra de los agreos, partió con todo su ejército y llegó a la puesta del sol a Aulón y a Bromisco por la parte en que el lago de Bolbe entra en la mar, y después de cenar se puso en camino, aunque la noche era muy oscura y nevaba, caminando de manera que llegó delante de la ciudad sin que lo supieran los que estaban dentro, excepto algunos de aquellos con quien él tenía inteligencias, que eran los argilios, naturales de Andros, que habían ido a morar allí, y de otros que fueron inducidos, así por Pérdicas como por los calcídeos; pero los principales en estas inteligencias eran los argilios, enemigos siempre de los atenienses, y por tanto deseosos de que los peloponesios tomaran la ciudad. Tramada por estos la traición con Brásidas, con el consentimiento de los que por entonces tenían el gobierno de la ciudad, le franquearon la entrada, y aquella misma noche, rebelándose a los atenienses, se unieron al ejército de Brásidas junto al puente que está sobre el río a muy poco trecho de la ciudad, la cual no estaba por entonces cercada de muralla como está ahora, y aunque había algunos soldados de guardia en el puente, por ser de noche, por el mal tiempo y por su rápida llegada, los rechazó fácilmente, ganó el puente y prendió a los ciudadanos que moraban en el arrabal, excepto unos pocos que, huyendo, se salvaron metiéndose en la ciudad. Su entrada alarmó a los ciudadanos, porque sospechaban unos de otros; y dicen que si Brásidas intentara tomar la ciudad, antes de dejar a su gente que se entretuviese en robar los arrabales, la tomara sin duda alguna.
Pero mientras los suyos se ocuparon en robar, los de la ciudad se aseguraron y pusieron en resistencia, de manera que Brásidas no osó proseguir su empresa, mayormente viendo que sus parciales no se alzaban por él en la ciudad ni lo podían hacer, porque los ciudadanos, que se hallaron en mayor número, impidieron que las puertas fuesen abiertas, y por consejo de Eucles, capitán de los atenienses, enviaron con toda diligencia a llamar a Tucídides, hijo de Óloro, el mismo que escribió esta historia, el cual a la sazón gobernaba por los atenienses en Tasos, tierra de Tracia, ciudad de los dorios, distante de Anfípolis un día de camino, para que les socorriese. Sabido por Tucídides, se preparó a escape, y con siete naves que por ventura estaban en el puerto, partió con intención de socorrer a Anfípolis, si no había sido tomada, y si lo había sido, tomar a Eyón.