Entretanto, Brásidas, que temía el socorro que fuera de Tasos por mar, y sospechaba que Tucídides, que tenía en aquel paraje a su cargo las minas de donde sacaban el oro y la plata para la moneda, por cuya causa tenía gran autoridad y amistad con los principales de la tierra, reuniese mucha gente, determinó hacer lo posible por ganar la ciudad por tratos y conciertos antes que los ciudadanos pudiesen recibir este socorro; por tanto, mandó pregonar a son de trompeta que todos los que estaban en la ciudad, fuesen ciudadanos o atenienses, permanecerían si quisiesen en su estado y libertad como antes, ni más ni menos que los del Peloponeso, y, los que no lo quisieran, pudiesen salir con sus haciendas en el término de cinco días. Oído este pregón, los más de los principales ciudadanos mudaron de parecer, entendiendo que por tal medio venían a estar en libertad, porque entonces gobernaban los atenienses la menor parte de la ciudad. Lo mismo pensaron los ciudadanos cuyos parientes y amigos fueron presos en los arrabales, que eran en gran número, temiendo que si esto no se aceptaba, sus parientes y amigos serían maltratados. También los atenienses, viendo que sin peligro podían salir con su bagaje, y que no esperaban socorro en breve, y todos los demás del pueblo, porque por este concierto quedaban fuera de peligro y se ponían en libertad de común acuerdo, aceptaron el partido a persuasión de los que tenían inteligencias con Brásidas, no pudiéndose recabar otra cosa de ellos, por más que el gobernador que entonces había allí por los atenienses les quisiese persuadir de lo contrario; de esta manera se entregó la ciudad a Brásidas.
En la noche de aquel día arribó Tucídides con sus naves a Eyón, estando ya Brásidas dentro de Anfípolis, el cual hubiera ganado también la villa de Eyón si la noche no sobreviniera, y aun también la tomara al amanecer del día siguiente si no hubiese llegado aquel socorro de las naves. Tucídides ordenó las cosas necesarias para defender la villa si Brásidas quisiese entrar, y también para poder acoger los de tierra firme que quisieran juntarse con él. De aquí provino que Brásidas, que había llegado a la costa con buen número de naves junto a Eyón, habiéndose esforzado por ganar un cerro que está a la boca del río, junto a la villa, para poder después tomarla por la parte de tierra, fue rechazado por mar y tierra y obligado a volver a Anfípolis para ordenar las cosas necesarias en la ciudad.
Poco tiempo después se le rindió la ciudad de Mircino, que está en tierra de los edonios, porque Pítaco, rey de los edonios, murió a manos de su mujer y de los hijos de Goaxis. A los pocos días se le rindieron Galepso y Esima, dos pueblos de los tasios, por intercesión de Pérdicas, que llegó a la ciudad poco después de tomada.
Cuando los atenienses supieron la pérdida de la ciudad de Anfípolis, se apesadumbraron mucho, porque les era muy útil, así por razón del dinero que sacaban de ella y de la madera que allí cortaban para hacer naves, como también porque, teniendo los lacedemonios el paso para ir contra los aliados de los atenienses hasta el río Estrimón, llevados por los tesalios, que eran de su partido, no podían pasar el río a vado, porque era muy hondo, ni tampoco con barcas, porque los atenienses vigilaban el río; pero habiendo los lacedemonios ganado la ciudad, y por consiguiente, el puente del río, les era fácil atravesarlo, por lo cual los atenienses temían que sus amigos y aliados se pasasen a los lacedemonios, tanto más que Brásidas, no solo se mostraba en todas sus cosas cortés y afable, sino que publicaba en todas partes que había ido para poner a toda Grecia en libertad, por lo cual las otras ciudades y villas del partido de los atenienses, sabido el buen tratamiento que Brásidas hacía a los de Anfípolis y que ofrecía libertad, estaban inclinadas a apartarse de la obediencia de los atenienses, enviándole secretamente embajadores y mensajeros para hacer conciertos y tratos con él, procurando cada cual ser el primero, y pensando que nada debían temer de los atenienses, porque hacía largo tiempo que no tenían guarnición en aquellas partes y no sospechaban que su poder fuese tan grande como después conocieron por experiencia, y también porque estos tracios son gente que acostumbra a guiar sus cosas más por afición desordenada que por prudencia y razón, ponen toda su esperanza en lo que desean sin motivo alguno, y lo que no quieren lo reprueban so color de razón. También fundaban su intento en la derrota que los atenienses habían sufrido en Beocia, pareciéndoles que no podrían tan pronto enviar gente de socorro a aquellas partes; pero mucho más les movían las persuasiones de Brásidas, quien les daba a entender que los atenienses no habían osado pelear con él junto a Nisea, aunque no tenía entonces mayor ejército que el que ahora mandaba. Por estas razones y otras semejantes estaban muy alegres de verse en libertad bajo la protección y amparo de los lacedemonios, que, por haber llegado entonces a hacer la guerra en aquella región, resolvieron seguirles y ayudarles con todo su poder.
Sabido esto por los atenienses, y considerando el peligro en que allí estaban sus cosas, enviaron apresuradamente socorro a aquellas partes para guarda y defensa de sus tierras, aunque era en tiempo de invierno. También Brásidas había escrito a los lacedemonios que le enviasen gente de socorro, y que entretanto mandaría hacer el mayor número de barcos que pudiese en el río Estrimón; pero los lacedemonios no le enviaron socorro alguno por la discordia que sobre este punto había entre los principales de la ciudad, y porque los del pueblo en general deseaban recobrar los prisioneros en Pilos y hacer treguas o paz antes que continuar la guerra.
XIV.
Brásidas toma la ciudad de Torone por capitulación y la de Lécito por asalto.
En este invierno los megarenses volvieron a tomar el largo muro que los atenienses les habían ganado primero y le derribaron.
Brásidas, después de la toma de Anfípolis, partió con su ejército hacia la llamada Acte, que está en una montaña nombrada Atos, y en la que comienza el canal real. La montaña se prolonga hasta el mar Egeo, a la costa del cual están asentadas muchas ciudades, como son Sane, habitada por los andrios, y situada junto al canal, en la parte de la mar, enfrente de Eubea, Tiso, Cleonas, Acrotoos, Olofixo y Dío, habitadas por gentes de diversas naciones, bárbaros que usan dos lenguas y en parte de calcídeos, mas principalmente de pelasgos y tirsenos que antes habitaron en Lemnos y en Atenas, y también de bisaltios, crestonios y edonios que moran en algunos lugares de aquella región. Todas estas ciudades se rindieron a Brásidas. Porque Sane y Dío le hicieron resistencia, robó y taló su tierra, y viendo que no las podía sujetar, partió de allí y fue derechamente contra la ciudad de Torone, en tierra de Calcídica, que tenía el partido de los atenienses; esto hizo a solicitud de algunos ciudadanos, con quien tenían inteligencias, y que le habían prometido facilitarle la entrada. Caminó toda la noche, de manera que antes que amaneciese llegó al templo de Cástor y Pólux, que dista de la ciudad cerca de tres estadios, sin que ningún ateniense de los que estaban dentro para guarda de ella lo pudiese sentir, ni menos los ciudadanos, excepto los que estaban en la conspiración, de los cuales, algunos, seguros de su venida, metieron en la ciudad siete soldados de los suyos, que no llevaban otras armas sino sus espadas; estos siete no temieron entrar sin sus compañeros, que serían hasta veinte, a quien Brásidas había encargado este hecho bajo el mando de Lisístrato de Olinto. Metidos estos siete soldados en la ciudad por la muralla que está hacia la mar, subieron de pronto a una alta torre asentada sobre un collado, mataron a los que estaban para guarda de ella y rompieron un postigo situado a la parte de Canastreo.
Entretanto, Brásidas, con su ejército, se iba acercando más a la ciudad, y para esperar el éxito de esta sorpresa envió delante cien soldados muy bien armados que estuviesen dispuestos a entrar tan pronto como viesen alguna de las puertas de la ciudad abierta, y la señal que los de dentro les habían de dar. Llegaron estos secretamente hasta cerca de los muros, y entretanto los conspiradores de la ciudad se prepararan para, con los siete soldados, poder ganarla y que les abriesen una puerta del mercado, rompiendo las trancas. Oyendo esto los cien soldados que estaban cerca, mandaron a algunos de ellos dar una vuelta a las murallas, y metiéronlos dentro por el postigo que primero fue roto a fin de que los que no sabían nada de esta empresa, viéndose acometer súbitamente por delante y por las espaldas, fuesen más turbados, y después hicieron la señal de fuego que habían concertado con Brásidas, metiendo los que quedaban de los cien soldados por la puerta del mercado.