Entretanto Gilipo y los siracusanos enviaron a tomar los sitios por donde creían que los atenienses habían de pasar, y principalmente los de los ríos, y pusieron en ellos su gente de guarda.

Por otra parte los de la ciudad salieron al puerto, tomaron las naves de los atenienses y quemaron algunas, lo cual los mismos atenienses habían determinado hacer, y las que les parecieron de provecho se las llevaron reuniéndolas a las suyas, sin hallar persona que se lo pudiese impedir.

Pasado esto, Nicias y Demóstenes dispusieron las cosas necesarias como mejor les pareció, y partieron el cuarto día después de la batalla, que fue una partida muy triste para todos, no solamente porque habían perdido sus barcos y con ellos una tan grande esperanza como tenían al principio de sujetar toda aquella tierra, encontrándose en tanto peligro para ellos y para su ciudad, sino también porque les era doloroso a cada uno ver y sentir que dejaban su campo y bagaje, lastimando sus corazones el pensar en los muertos que quedaban tendidos en el campo y sin sepultura. Cuando encontraban algún deudo o amigo experimentaban gran dolor y miedo, y mayor compasión tenían de los heridos y enfermos que dejaban, por considerarles más desventurados que a los muertos; y los enfermos y heridos tristes y miserables, viendo partir a los otros lloraban y plañían, y llamando a los suyos por sus nombres les rogaban que los llevasen consigo.

Cuando veían algunos de sus parientes y amigos seguían en pos de ellos, deteniéndoles cuanto podían, y cuando les faltaban las fuerzas para seguir más trecho se ponían a llorar, blasfemaban de ellos y les maldecían porque los dejaban. Todo el campo estaba lleno de lágrimas y llanto y por ello la partida se retardaba más, aunque considerando los males que habían sufrido, y los que temían pudieran ocurrirles en adelante, estaban en gran apuro y cuidado, mucho más que mostraban en los semblantes.

Además de estar todos tristes y turbados se culpaban y reprendían unos a otros, no de otra manera que gente que huyese de una ciudad muy grande tomada por fuerza de armas. Porque es cierto que la multitud de los que partían llegaba a cerca de cuarenta mil, y cada uno de estos llevaba consigo las cosas necesarias que podía para su provisión.

La gente de guerra, así de a pie como de a caballo, llevaba cada uno sus vituallas debajo de sus armas, cosa en ellos desacostumbrada, los unos por no fiarse, y los otros por falta de mozos y criados: porque muchos de estos se habían pasado a los enemigos, algunos antes de la batalla, y la mayor parte después.

Los mantenimientos que tenían no eran bastantes ni suficientes para la necesidad presente, porque se habían gastado casi todos en el campamento.

Aunque en otro tiempo y lugar, semejantes derrotas son tolerables en cierta manera por ser iguales así a los unos como a los otros, cuando no van acompañadas de otras desventuras, empero a estos les era tanto más grave y dura cuanto más consideraban la gloria y honra que habían tenido antes, y la miseria y desventura en que habían caído.

Esta novedad tan grande ocurrió entonces al ejército de los griegos, forzado a partir por temor de ser vencido y sujetado por aquellos a quien habían ido a sojuzgar.

Partieron los atenienses de sus tierras con cantos y plegarias y ahora partían con voces muy contrarias, convertidos en soldados de a pie los que antes eran marineros, entendiendo al presente de las cosas necesarias para la guerra por tierra en vez de las de mar. Por el gran peligro en que se veían soportaban todas estas cosas.