Entonces Nicias y Demóstenes, viendo que su empresa iba mal, tanto por falta que tenían en general de vituallas, como por los muchos que había de su gente heridos, y que siempre tenían los enemigos delante y a la espalda sin cesar de molestarlos por todas partes, determinaron partir aquella noche secretamente, no por el camino que habían comenzado a andar, sino por otro muy contrario que se dirigía hacia la mar e iba a salir a Catana, a Camarina, a Gela y a otras villas que estaban frente a la otra parte de Sicilia habitadas por griegos y bárbaros.

Con este propósito mandaron hacer grandes fuegos y luminarias en diversos lugares por todo el campo, para dar a entender a los enemigos que no querían moverse de allí. Mas según suele acaecer en semejantes casos, cuando un gran ejército desaloja por miedo, mayormente de noche, en tierra de enemigos, y teniéndolos cerca y a la vista, cundió el pavor y la turbación por todo el campamento. Nicias, que mandaba la vanguardia, partió el primero con su gente en buen orden y caminó gran trecho delante de los otros, mas una banda de la gente que llevaba Demóstenes, casi la mitad de ellos, rompieron el orden que llevaban caminando. Con todo esto anduvieron tanto trecho, que al amanecer se hallaban a la orilla de la mar, y tomaron el camino de Heloro a lo largo de aquella playa, por el cual camino querían ir hasta la ribera del río Cacíparis, y de allí dirigirse por tierras altas alejándose de la mar con esperanza de que los sicilianos, a quienes habían avisado, les saliesen delante les vendrían a encontrar, mas al llegar a la orilla del río, hallaron que había allí alguna gente de guerra que los siracusanos enviaron para guardar aquel punto, la cual trabajaba por cerrarles el paso y atajarlo con empalizadas y otros obstáculos, pero por ser pocos fueron pronto rechazados por los atenienses, que pasaron el río y llegaron hasta otro río llamado Eríneo, continuando el camino que los guías les había mostrado.

Los siracusanos y sus aliados, cuando amaneció y vieron que los atenienses habían partido la noche antes, quedaron muy tristes y tuvieron sospecha de que Gilipo había sabido su partida, por lo cual inmediatamente se pusieron en camino para ir tras los enemigos a toda prisa siguiéndoles por el rastro que era fácil conocer, y tanto caminaron, que los alcanzaron a la hora de comer.

Los primeros que encontraron fueron los de la banda de Demóstenes, que por estar cansados y trabajados del camino andado la noche anterior, iban más despacio y sin orden.

Comenzaron primero los siracusanos que llegaron a escaramuzar con ellos y con la gente de a caballo los cercaron por todas partes de modo que les obligaron a juntarse todos en tropel, con tanta mayor facilidad cuanto que el ejército se había dividido ya en dos partes, y Nicias con su banda de gente estaba más de ciento cincuenta estadios delante, porque viendo y conociendo que no era oportuno esperar allí para pelear, hacía apresurar el paso lo más que podía sin pararse en parte alguna, sino cuando le era forzoso para defenderse. Mas Demóstenes no podía hacer esto, porque había partido del campamento después que su compañero, y porque iba en la retaguardia, siendo necesariamente el primero que los enemigos habían de acometer.

Por esta causa necesitaba atender tanto a tener su gente dispuesta para combatir, viendo que los siracusanos les seguían, como para hacerles caminar, de suerte que deteniéndose en el camino fue alcanzado por los enemigos, y los suyos muy maltratados, viéndose obligado a pelear en un sitio cercado de parapetos, y sobre un camino que estaba metido entre unos olivares, por lo cual fueron muy maltrechos con los dardos que les tiraban los enemigos, quienes no querían venir a las manos con ellos a pesar de todo su poder, porque los veían desesperados de poderse salvar, pareciéndole buen consejo no poner su empresa en riesgo y ventura de batalla, cosa que los enemigos habían de desear.

Por otra parte, conociendo que tenían la victoria casi en la mano, temían cometer algún yerro, pareciéndoles que sin combatir en batalla reñida gastando y deshaciendo los enemigos por tales medios, se apoderarían después de ellos a su voluntad.

Así, pues, habiendo escaramuzado de esta suerte todo el día a tiros de mano, y conociendo su ventaja, enviaron un trompeta de parte de Gilipo y de los siracusanos y sus aliados a los contrarios, para hacerles saber primeramente que si había entre ellos algunos de las ciudades y villas isleñas que se quisiesen pasar a ellos serían salvos, y con esto se pasaron algunas escuadras, aunque muy pocas. Después ofrecieron el mismo partido a todos los que estaban con Demóstenes, a saber: que a los que dejasen las armas y se rindiesen les salvarían la vida y no serían puestos en prisión cerrada ni carecerían de vituallas.

Este partido lo aceptaron todos, que pasarían de seis mil, y tras esto cada cual manifestó el dinero que llevaba, el cual echaron dentro de cuatro escudos atravesados que fueron todos llenos de moneda y llevados a Siracusa.

Entretanto, Nicias había caminado todo aquel día hasta que llegó al río Eríneo, y pasado el río de la otra parte alojó su campo en un cerro cerca de la ribera donde el día siguiente le alcanzaron los siracusanos, que le dieron noticia de cómo Demóstenes y los suyos se habían rendido, y por tanto le amonestaban que hiciese lo mismo; pero Nicias no quiso dar crédito a sus palabras y les rogó le dejasen enviar un mensajero a caballo para informarse de la verdad, lo cual le otorgaron.