Cuando Nicias animó con estas razones a los suyos, iba por el ejército de una parte a otra, y si acaso veía alguno fuera de las filas, le metía en ellas. Lo mismo hacía Demóstenes el otro capitán con los suyos, y marchaban todos en orden en un escuadrón cuadrado, a saber: Nicias, con los suyos, delante, de vanguardia, y Demóstenes, con los suyos, en la retaguardia, y en medio el bagaje y la otra gente que en gran número no era de pelea.

XIV.

Los siracusanos y sus aliados persiguen a los atenienses en su retirada, y los vencen y derrotan completamente.

De esta manera caminaron en orden los atenienses y sus aliados hasta la orilla del río Anapo, donde hallaron a los siracusanos y sus aliados que les estaban esperando puestos en orden de batalla; mas los atenienses los batieron y dispersaron y pasaron mal de su grado adelante, aunque la gente de a caballo de los siracusanos y los otros flecheros y tiradores que venían armados a la ligera, los seguían a la vista y les hacían mucho daño, hasta tanto que llegaron aquel día a un cerro muy alto, a cuarenta estadios de Siracusa, donde plantaron su campo aquella noche.

Al día siguiente de mañana, partieron al despuntar el alba, y habiendo caminado cerca de veinte estadios, descendieron a un llano, allí reposaron aquel día, así por adquirir algunas vituallas en los caseríos que había, porque era lugar poblado, como también por tomar agua fresca para llevar consigo, pues en todo el camino andado no la encontraron.

En este tiempo los siracusanos se apresuraron a ocupar otro sitio por donde forzosamente habían de pasar los atenienses, que era un cerro muy alto y ariscado, a cuya cumbre no se podía subir por dos lados, y se llamaba Roca de Acras.

Al día siguiente, estando los atenienses y sus aliados en camino, fueron de nuevo acometidos por los caballos y tiradores de los enemigos, de que había gran número, que les venían acosando y hiriendo por los lados, de tal manera, que apenas les dejaban caminar, y después que pelearon gran rato, viéronse forzados a retirarse al mismo lugar de donde habían partido, aunque con menos ventaja que antes, a causa de que no hallaban vituallas, ni tampoco podían desalojar su campo tan fácilmente como el día anterior por la prisa que les daban los enemigos.

Con todo esto, al siguiente día, bien de mañana, se pusieron otra vez en camino, y aunque los enemigos pugnaron por estorbarlo, pasaron adelante hasta aquel cerro donde hallaron una banda de soldados armados de lanza y escudo, y aunque el lugar era bien estrecho, los atenienses rompieron por medio de ellos y procuraron ganarle por fuerza de armas. Mas al fin los rechazaron los enemigos, que eran muchos y estaban en lugar ventajoso, cual era la cumbre del cerro, de donde podían más fácilmente tirar flechas y otras armas a los enemigos. Viéronse los atenienses obligados a detenerse allí sin hacer ningún efecto, y también por estar descargando una tempestad con grandes truenos y lluvia, como suele acontecer en aquella tierra en tiempo del otoño que ya por entonces comenzaba, tempestad que turbó y amedrentó en gran manera a los atenienses, porque tomaban estas señales por mal agüero y como anuncio de su pérdida y destrucción venidera.

Viendo entonces Gilipo que los enemigos habían parado allí, envió una banda de soldados por un camino lateral para que se hiciese fuerte en el camino por donde los atenienses habían venido, a fin de cercarles por la espalda, mas los atenienses que lo advirtieron enviaron una banda de los suyos que lo impidiera y los lanzaron de allí. Hecho esto, se retiraron de nuevo a un campo que estaba cerca del paso donde se habían alojado aquella noche.

Al día siguiente, puestos los atenienses otra vez en camino, Gilipo con los siracusanos dieron sobre ellos por todas partes, y herían y maltrataban a muchos. Cuando los atenienses revolvían sobre ellos, se retiraban los siracusanos, pero al ver estos que los enemigos seguían el camino, atacaban la retaguardia, hiriendo a muchos para poner espanto y temor a todo el resto del ejército, mas resistiendo por su parte cada cual de los atenienses, caminaron cinco o seis estadios hasta tanto que llegaron a un raso donde asentaron, y los siracusanos se volvieron a su campo.