Después de la fiesta enviaron allá veintiún barcos para que se encontrasen con los otros veintiuno que Alcámenes había llevado de los peloponesios, y cuando estuvieron a la vista, procuraron traer a los contrarios mar adentro, fingiendo que se retiraban, pero los peloponesios, después de seguirles un poco al alcance, se volvieron atrás, viendo lo cual los atenienses también se retiraron, porque no se fiaban nada de los siete buques que llevaban de Quíos en compañía de los veintiún trirremes. Mas como después recibieron otra ayuda de treinta y siete trirremes, siguieron a los enemigos hasta un puerto desierto y desechado que está en los extremos y fin de la tierra de los epidaurios, que ellos llaman Espireo, dentro de cuyo puerto se habían refugiado todos los barcos peloponesios, salvo uno que se perdió en alta mar.
En este puerto fueron los atenienses a darles caza por mar, y también pusieron en tierra una parte de sus gentes, de manera que les hicieron gran daño, les destrozaron bastantes trirremes y mataron muchos tripulantes, entre ellos a Alcámenes. También ellos sufrieron algunas pérdidas.
Los atenienses se retiraron, y por dejar cercados a los enemigos, dejaron el número de gente que les pareció en una isla pequeña cerca de allí, donde acamparon y enviaron a toda prisa un barco mercante a los atenienses para que les enviasen socorro.
Al día siguiente acudieron en ayuda de los peloponesios los barcos de los corintios, y tras ellos los de los otros aliados y confederados, los cuales, viendo que les sería muy difícil defenderse en aquel desierto lugar, estaban en gran confusión, y trataron primero de quemar sus naves, mas después resolvieron sacarlas a tierra y que desembarcaran sus gentes para guardarlas hasta que viesen oportunidad de salvarlas. Advertido de esto Agis, les envió un ciudadano de Esparta llamado Termón.
Los lacedemonios sabían ya la partida de los buques desde el Istmo, porque los éforos ordenaron a Alcámenes que les avisase cuando partiera; por esto enviaron con toda diligencia otros cinco trirremes con el capitán Calcideo, al que acompañaba Alcibíades. Pero al saber después que su gente y sus barcos habían huido, se asustaron y perdieron ánimo, porque la primera empresa de guerra que intentaban en el mar de Jonia tuviera tan mala fortuna. Determinaron, pues, no enviar de su tierra más armada, y mandar retirarse la que primero habían enviado.
Alcibíades persuadió otra vez a Endio para que no abandonasen los lacedemonios la empresa de enviar aquella armada a Quíos, porque podría arribar allí antes que los griegos fuesen avisados del mal éxito de los otros barcos, y asegurando que si él mismo iba a Jonia, lograría fácilmente hacer rebelar y amotinar las ciudades que tenían el partido de los atenienses, dándoles a entender la flaqueza y abatimiento de estos y el poder y fuerzas de los lacedemonios en lo que habían emprendido. Y a la verdad, Alcibíades tenía gran crédito con ellos.
Además de esto, Alcibíades daba a entender, a Endio particularmente, que sería glorioso para ellos y honroso para él ser causa de que la tierra de Jonia se rebelase contra los atenienses y en favor de los lacedemonios, y que por esta razón llegaría Endio a ser igual a Agis, rey de los lacedemonios, porque habría hecho esto sin ayuda ni consejo de Agis, al cual Endio era contrario. Y de tal manera persuadió Alcibíades a Endio y a los otros éforos, que le dieron el mando de cinco trirremes, juntamente con el lacedemonio Calcideo, para ir a aquella parte de Quíos, cosa que en breve tiempo hicieron.
Aconteció que al mismo tiempo, volviendo Gilipo después de la victoria de Sicilia a Grecia con diez y seis trirremes peloponesios, encontró cerca de Léucade veintisiete de los atenienses, de los cuales era capitán Hipocles, hijo de Menipo, que allí había sido enviado para encontrar y destrozar los navíos que venían de Sicilia, el cual les infundió gran temor y miedo. Mas al fin se le escaparon todos, salvo uno, y fueron a salir a Corinto.
Entretanto Calcideo y Alcibíades, siguiendo su empresa, tomaban todos los buques que encontraban de cualquier clase que fueran para que de su viaje no dieran aviso, y después los dejaban ir antes de llegar al lugar de Córico, que está en tierra firme. Y habiendo comunicado con algunos de los de Quíos que estaban en la conspiración, les avisaron que no hablasen a persona alguna, lo cual hicieron, y secretamente arribaron a la ciudad de Quíos, antes que ninguno lo supiese.
Muy maravillados y asustados los ciudadanos por aquella llegada, fueron por algunos persuadidos de que se reuniesen en consejo en la ciudad para dar audiencia a los que allí habían arribado, y oír lo que les querían decir. Así lo hicieron, y Calcideo y Alcibíades les declararon que tras ellos iba gran número de naves peloponesios, sin hacerles mención de las que estaban cercadas en Espireo.