Sabido esto por los de Quíos, hicieron alianza con los lacedemonios, y apartáronse de la de los atenienses, y lo mismo aconsejaron hacer después de esto a los eritreos, y también a los clazomenios, los cuales, todos sin dilación, pasaron a tierra firme y fundaron allí una pequeña villa para que, si iban a atacarles en la isla, tener algún lugar para retirarse.
En efecto, todos los que se habían rebelado procuraban fortificar sus murallas y abastecerse de todas las cosas para resistir a los atenienses si iban a acometerles.
Cuando los atenienses supieron la rebelión de los de Quíos tuvieron gran temor de que los otros confederados, viendo aquella tan grande y poderosa ciudad rebelada, no hiciesen lo mismo. Por esta causa, no obstante haber depositado mil talentos para los cien trirremes de que arriba hablamos, y hecho un decreto para que ninguno pudiese hablar ni proponer bajo graves penas cosa alguna para que a ellos se tocase en todo el tiempo que durase la guerra, por el temor que les inspiró aquel suceso, revocaron su decreto y mandaron que se tomase gran suma de aquel dinero, con la cual aparejaron gran número de barcos, y de los que estaban en Espireo mandaron partir ocho al mando de Estrombíquides, hijo de Diotimo, para seguir a los que Calcideo y Alcibíades llevaban, y no los pudieron alcanzar porque estaban ya de vuelta.
Pasado esto enviaron para aquel mismo efecto otros doce buques al mando de Trasicles, los cuales también se habían apartado de los que estaban en Espireo, porque cuando supieron la rebelión de los de Quíos se apoderaron de los siete barcos que tenían suyos en Espireo, y a los esclavos que estaban en ellos les dieron libertad, y los ciudadanos que los tripulaban quedaron prisioneros. En lugar de los que habían desamparado el cerco fueron enviados otros, abastecidos de todo lo necesario, y tenían acordado armar otros treinta buques además de estos. En lo cual pusieron gran diligencia, porque les parecía que ninguna cosa era bastante para recobrar a Quíos.
Estrombíquides con los ocho barcos se fue a Samos, donde tomando otro que allí halló, se dirigió a Teos, y rogó a los ciudadanos que fuesen constantes y firmes, y no hiciesen novedad alguna. Pero a este mismo lugar acudió Calcideo, yendo de Quíos con veinte y tres naves y gran número de gente de a pie que traía, así de Eritras como de Clazómenas. Al saberlo Estrombíquides partió de Teos, y habiendo entrado en alta mar, al ver tan gran número de trirremes se retiró a Samos, donde se salvó, aunque los otros le dieron caza.
Viendo esto los de Teos, aunque al comienzo rehusaron tener guarnición en su ciudad, la recibieron después de que Estrombíquides huyera, y pusieron gentes de a pie de guarnición, eritreos y clazomenios, los cuales, habiendo sabido algunos días antes la vuelta de Calcideo que había seguido a Estrombíquides, y viendo que este no volvía, derribaron los muros de la villa que los atenienses habían hecho por la parte de tierra firme, destruyéndolo con ayuda y a persuasión de algunos bárbaros que, durante esto, allí fueron al mando de Estages, lugarteniente de Tisafernes.
En este tiempo Calcideo y Alcibíades, habiendo dado caza a Estrombíquides hasta el puerto de Samos, regresaron a Quíos, y allí dejaron sus marineros y guarnición, a los cuales armaron como soldados, y pusieron en lugar de ellos dentro de las naves gentes de aquella tierra. También armaron otros veinte buques y se fueron a Mileto, pensando hacer rebelar la ciudad, porque Alcibíades, que tenía grande amistad con muchos de los principales ciudadanos de ella, quería hacer esto antes que los barcos de los peloponesios que allá se enviaban para este efecto llegasen, y ganar esta honra tanto para sí como para Calcideo, y los de Quíos que en su compañía iban; y aun también para Endio que había sido el autor de su viaje. Deseaba, pues, que por su causa se rebelasen y amotinasen muchas ciudades del partido de los atenienses.
Navegando muy de prisa y lo más secretamente que pudieron, arribaron a Mileto poco antes que Estrombíquides y Trasicles, que allí habían sido enviados por los atenienses con doce trirremes, y apresuradamente hicieron que la ciudad siguiese su partido.
Poco después arribaron diez y nueve buques de los atenienses que seguían tras aquellos, los cuales, no siendo recibidos por los milesios, se retiraron a una isla allí cercana, llamada Lade.
Después de la rebelión de Mileto fue hecha por Tisafernes y Calcideo la primera alianza entre el rey Darío y los lacedemonios y sus aliados en esta forma: