Por su parte los atenienses, habiendo ordenado las cosas de Lesbos, fueron a la nueva ciudad que los clazomenios habían edificado en tierra firme, y la batieron y arrasaron del todo; y los ciudadanos que se hallaban dentro volvieron a la antigua ciudad en la isla, excepto los que habían sido autores de la rebelión, que huyeron a Dafnunte. Por este hecho de armas volvió Clazómenas otra vez a la obediencia de los atenienses.

En este mismo verano los veinte trirremes atenienses que se habían quedado en la isla de Lade, cerca de Mileto, echando sus tripulantes a tierra, acometieron a la villa de Panormo, que está en el término de los milesios, y en el combate fue muerto Calcideo, capitán de los lacedemonios, el cual había acudido con pocas tropas para socorrer la villa.

Hecho esto se fueron, y al tercer día hicieron un fuerte que los milesios derribaron después, diciendo que no debían hacer ninguna fortificación en lugar que ellos no hubiesen tomado por fuerza.

Por su parte León y Diomedonte, con los buques que tenían en Lesbos, partieron de allí, y fueron a las islas más cercanas a Quíos; haciéndoles de allí guerra a los de Quíos por mar y por tierra con las tropas de a pie bien armadas que habían hecho organizar a los de Lesbos, según el concierto que con ellos hicieron.

De esta manera recuperaron la ciudades de Cardamila y de Bolisco y las otras cercanas a la tierra de Quíos, obligándolas a volver a su obediencia, mayormente después que derrotaron y vencieron a los de Quíos en tres batallas que contra ellos libraron; la primera delante de la ciudad de Bolisco; la segunda delante de Fanas, y la tercera delante de Leuconio. Después de esta última no osaron salir más de su ciudad.

Por esta causa los atenienses quedaron dueños del campo, y destruyeron y robaron toda aquella rica tierra que no había padecido ningún daño de guerra después de la de los medos.

Eran sus habitantes los más venturosos de cuantos yo haya conocido, y conforme su ciudad crecía y se aumentaba en riquezas, trabajaban para hacer en todo las cosas más magníficas y resplandecientes. Jamás pretendieron rebelarse contra los atenienses, hasta que vieron que otras muchas ciudades poderosas y notables se habían metido en el mismo peligro, y que los negocios de los atenienses iban tan de caída después de la pérdida que sufrieron en Sicilia, que ellos mismos tenían su estado casi por perdido.

Si en esto incurrieron en error los de Quíos, como suele ocurrir en las cosas humanas, lo mismo sucedió a otras muchas personas poderosas y sabias, las cuales tenían por cierto que el estado e imperio de los atenienses en breve tiempo desaparecería.

Viéndose, pues, los de Quíos apremiados por mar y tierra hubo algunos en la ciudad que trataron de entregarla a los atenienses. Advertidos de ello los principales habitantes, ninguna demostración quisieron hacer, llamando a Astíoco que estaba en Eritras, para que fuese con cuatro barcos que tenía, consultando con él la manera más suave de apaciguar los ánimos, tomando rehenes, o por otro medio que mejor le pareciese.

De esta manera estaban los negocios de Quíos.