Al pasar cerca de Merópide, hizo saltar su gente en tierra y saqueó la villa, la cual había sido arruinada por causa de un temblor de tierra tan grande que no había memoria de otro mayor, y que no solamente derribó los muros de la villa sino también la mayor parte de las casas.
Los ciudadanos, advirtiendo la llegada de los enemigos, huyeron, parte de ellos a las montañas, y otra parte por los campos, de tal manera, que los peloponesios tomaron todo lo que quisieron de aquella tierra, llevándolo a sus barcos, excepto los hombres libres, que dejaron ir.
Desde allí fue Astíoco a Cnido, en donde al llegar, y cuando ordenaba a su gente saltar a tierra, le avisaron los de la villa que cerca había veinte naves atenienses al mando de Carmino, uno de los capitanes de Atenas, que por entonces estaban en Samos, y a quien habían enviado para espiar el paso de los veintisiete buques que iban del Peloponeso, en busca de los cuales iba también Astíoco; y le habían dado los otros capitanes comisión de costear el paso de Sime, de Calce, de Rodas y de Licia, porque ya habían sido advertidos los atenienses que la armada de los peloponesios estaba en Cauno.
Estando, pues, Astíoco avisado de esto, quiso ocultar su viaje y caminó hacia Sime por ver si podría encontrar los dichos veinte buques. Mas sobrevino un tiempo de aguas tan turbio y oscuro, que no los pudo descubrir, ni menos aquella noche guiar, y tener los suyos en orden, de tal manera, que al amanecer, los que estaban a la extrema derecha, se hallaron a la vista de los enemigos, metidos en alta mar; y los que estaban a la izquierda, iban aún navegando alrededor de la isla.
Cuando los atenienses los vieron, pensando que fuesen los que habían estado en Cauno, y a los cuales iban espiando, los acometieron con menos de veinte naves. Al llegar a ellos, al primer encuentro, echaron a pique tres; y muchos de los otros los pusieron fuera de combate, creyendo que tenían ya la victoria segura.
Mas viendo que había mayor número de buques de los que pensaban, y que iban cercándoles en todas partes, comenzaron a huir; en cuya huida perdieron seis de sus barcos, y los otros se salvaron en la isla Teutlusa. De allí se fueron hacia Halicarnaso. Hecho esto, los peloponesios volvieron a Cnido, y después que se unieron a los otros veintisiete barcos que estaban en Cauno, fueron todos juntos a Sime, donde alzaron un trofeo, y después volvieron a Cnido.
Los atenienses que estaban en Samos, al saber el combate ocurrido en Sime, fueron con todo su poder hacia esta parte; y viendo que los peloponesios que estaban en Cnido no se atrevían a acometerles, ni siquiera a dejarse ver, tomaron todas las barcas y otros aparejos para navegar que hallaron en Sime, y después volvieron a Samos.
En el camino saquearon la villa de Lórima que está en tierra firme.
Los peloponesios, habiendo juntado en Cnido toda su armada, hicieron reparar y componer lo que era menester, y entretanto los doce consejeros con Tisafernes fueron a buscarles allí, y hablaron de las cosas pasadas; consultando entre sí si había algo de lo pasado que no fuese bueno; y la manera de continuar la guerra con la mayor ventaja posible para el bien y provecho, así de los peloponesios como del rey.
Licas sostuvo que los artículos de la alianza no habían sido convenientemente hechos, pues decía no era justo que todas las tierras que el rey o sus predecesores habían poseído, volvieran a su poder; porque para ello sería menester que todas las islas, los locros y la tierra de Tesalia y de Beocia quedaran nuevamente en su dominio; y que los lacedemonios, por el mismo caso, en lugar de poner a los otros griegos en libertad, los pusieran bajo la servidumbre de los medos, por lo cual deducía que era necesario hacer nuevos artículos, o dejar de todo punto su alianza; y que para obtener esto, no era menester que Tisafernes pagase más sueldos.