Al oír Tisafernes esta proposición, quedó muy triste y despechado, y se fue muy enojado y lleno de cólera contra los peloponesios, los cuales, después de su partida, siendo llamados por algunos de los principales de Rodas, fueron hacia allá pensando que con aquella ciudad ganarían gran número de gente de guerra y buques, y que mediante su ayuda y la de sus aliados, hallarían cantidad de dinero para sustentar su armada.
Partieron, pues, aquel invierno de Cnido con noventa y cuatro naves, y arribaron cerca de Camiro, que está en la isla de Rodas, por lo cual los de la ciudad y tierra, que no sabían nada de lo que se había tratado, se asustaron de tal manera que muchos huyeron, dejando la ciudad por no estar cercada de muros; mas los lacedemonios enviaron por ellos y reunieron a todos, como también a los de Lindo y Yaliso, persuadiéndoles para que dejasen la alianza y amistad de los atenienses.
Por esta causa la ciudad de Rodas se rebeló, y tomó el partido de los peloponesios.
Un poco antes habían sido advertidos los atenienses que estaban en Samos de que esta armada se encontraba ya en camino de Rodas, y partieron todos juntos, esperando socorrerla y conservarla antes de que se rebelase. Mas al llegar a la vista de sus enemigos, conociendo que era ya tarde, se retiraron a Calce, y de allí a Samos.
Después que los peloponesios se fueron de Rodas, los atenienses tuvieron con los rodios muchas escaramuzas y encuentros, y en su compañía iban los de Samos, de Calce y de Cos.
Los peloponesios sacaron a la orilla, en el puerto de la ciudad, sus naves, y estuvieron allí ochenta días sin hacer ningún acto de guerra; durante cuyo tiempo cobraron treinta y dos talentos de los rodios.
VIII.
Siendo Alcibíades sospechoso a los lacedemonios, persuade a Tisafernes para que rompa la alianza con los peloponesios y la haga con los atenienses. — Los atenienses envían embajadores a Tisafernes para ajustarla.
Durante este tiempo, y antes de la rebelión de Rodas, después de la muerte de Calcideo y de la batalla junto a Mileto, los lacedemonios tuvieron gran sospecha de Alcibíades, de tal manera, que escribieron a Astíoco le matase, porque era enemigo de Agis, su rey, y en lo demás tenido por hombre de poca fe. Advertido de esto Alcibíades se unió a Tisafernes, con el cual había hablado de cuanto sabía contra los peloponesios, diciéndole todo lo que pasaba entre ellos; y siendo causa de que este disminuyera el sueldo que pagaba a los soldados, y que, en lugar de una dracma ática que les daba cada día, les diese tres óbolos, y no más, y aun estos muchas veces no se los pagaba, por consejo del mismo Alcibíades, diciendo que los atenienses entendían mejor lo referente a la mar que ellos, y no pagaban a sus marineros y pilotos sino este sueldo, que él no quería dar más; y no lo hacía, tanto por ahorrar dinero ni por falta que tuviese de él, cuanto por no darles ocasión a gastarlo mal y emplearlo en malos usos, haciéndose cobardes y afeminados, pues lo demás de lo que les era necesario para sustentar a los marineros lo gastarían en cosas superfluas, con lo que llegarían a ser más cobardes y muelles. Añadía que lo que les suprimía de la paga por algún tiempo, lo hacía para que no tuviesen intención de irse y dejar los barcos, si no les debían nada, lo cual no osarían hacer cuando sintiesen que les detenían alguna parte de su sueldo.
Para poder persuadir de esto a los peloponesios, había sobornado Tisafernes, por consejo de Alcibíades, a todos los pilotos de los buques y a todos los capitanes de las villas por dinero, excepto al capitán de los siracusanos, Hermócrates: el único que resistía a todo esto cuanto podía, en nombre de todos los confederados.