Los que fueron enviados ante él se lo concedieron fácilmente, porque les parecía que de esta manera los atenienses podrían alcanzar la victoria en esta guerra, como también porque ellos mismos, que eran los principales de la ciudad, esperaban que el gobierno vendría a caer en sus manos cuanto antes y porque muchas veces eran perseguidos por la gente popular.

De vuelta a Samos, después que comunicaron y persuadieron de la cosa a los que estaban en el campo, se fueron a Atenas y mostraron al pueblo cómo llamando a Alcibíades, y poniendo el gobierno en las manos de pocos buenos, a saber, de los más principales de la ciudad, tendrían al rey de su parte, y les proveería de dinero para pagar su gente en aquella guerra.

El pueblo al principio no condescendió; pero por el gasto que tenían con la guerra y con el pago de las tropas, creyendo que el rey las pagaría, aunque de mala gana, se vieron obligados a consentirlo.

A esto ayudaban mucho los que eran apasionados por el cambio, tanto por el amor que tenían a Alcibíades, como por su provecho particular.

También daban a entender al pueblo todo lo que Alcibíades les había dicho muy detalladamente sobre grandes y seguros proyectos.

Mas Frínico, que aún era capitán de los atenienses, no hallaba cosa buena que cuadrase a sus propósitos y le parecía que Alcibíades, en la situación en que se encontraba, no deseaba más la gobernación de los principales, que el estado popular, siendo únicamente su propósito amotinar la ciudad, esperando que por alguna de las partes sería llamado y restituido en su estado: lo cual Frínico quería impedir de todas maneras, tanto por su particular provecho, como por evitar la división que habría en la ciudad.

Además no comprendía por qué el rey se quería apartar de la amistad de los peloponesios para aliarse con los atenienses; viendo que los peloponesios eran ya tan prácticos en la mar y de tanto poder como los atenienses, y tenían muchas ciudades en las tierras del rey; porque de juntarse con los atenienses, de quienes apenas se podría fiar, no le había de suceder sino grandes gastos y trabajos, siéndole más fácil y conveniente conservar la amistad con los peloponesios que en ninguna cosa le habían ofendido.

Por otra parte, aseguraba saber que las otras ciudades, cuando entendiesen que la gobernación de la democracia de Atenas era transferida del pueblo a poco número de hombres buenos, y que también por el mismo caso habían ellos de vivir de la misma manera, los que estuvieran ya rebelados, no por eso volverían a la amistad y obediencia de los atenienses; y los que no lo hubiesen hecho, no dejarían de hacerlo, porque esperando recobrar su libertad, si los peloponesios conseguían la victoria, no escogerían estar en la sujeción de los atenienses, de cualquier manera que su estado se gobernase, ora fuese por el mando del pueblo o por el de los principales ciudadanos.

Por otra parte, los que eran tenidos por nobles y por más principales, consideraban que no tendrían menos trabajo estando la gobernación en mano de pocos que cuando estaba en las de todo el pueblo; porque también serían maltratados por los aficionados a tomar dádivas y a corromperse, inventores de cosas malas por hacer su provecho particular, temiendo que en el nuevo estado y bajo la autoridad de los que tendrían este gobierno, pudieran ser los ciudadanos castigados hasta con la pena de muerte, sin oír sus descargos, y sin el recurso de apelar al pueblo, el cual castigaba tales violencias.

Esta era la opinión de las otras ciudades sujetas a obediencia de los atenienses, las cuales lo habían conocido por experiencia; de todo lo cual decía Frínico estar bien informado, y por esta causa no hallaba cosa conveniente que cuadrase a lo que Alcibíades había propuesto.