No obstante todo esto, los que al principio fueron de opinión contraria, no dejaron de perseverar en ella, y ordenaron enviar comisionados a Atenas, entre los cuales fue Pisandro para proponer al pueblo la restitución de Alcibíades en su anterior estado, y quitar la democracia, es a saber, del estado popular.

Supo esto Frínico, y conociendo la manera como los mensajeros habían de proponer la restitución de Alcibíades en su estado, y dudando que el pueblo lo hiciese, y si lo hiciese que le pudiera sobrevenir algún daño por la resistencia que había hecho a aquel proyecto, teniendo Alcibíades la principal autoridad, acordó usar de un ardid, y fue enviar secretamente uno de sus criados a Astíoco, capitán de la armada de los peloponesios, que estaba aún en Mileto, al cual avisó por carta de muchas cosas, y entre otras de como Alcibíades dañaba todos los negocios de los peloponesios y trataba de hacer la alianza entre Tisafernes y los atenienses. En la carta añadía que debían perdonarle de lo que aconsejaba y advertía, por ser cosa grandemente perjudicial a su ciudad y patria; pero que lo hacía para dañar a su enemigo.

Astíoco no hizo caso de la carta porque ya no tenía poder para castigar a Alcibíades, puesto que no dependía de él; pero fue donde estaban Tisafernes y Alcibíades, en la ciudad de Magnesia, y les certificó lo que le habían escrito de Samos, denunciando a Frínico para congraciarse con Tisafernes, por su provecho particular, como se sospechaba, y por lo mismo no exigía con apremio la paga de los soldados que dilataba Tisafernes.

Alcibíades tomó la carta de Frínico y la envió a los caudillos que estaban en Samos, requiriéndoles y aconsejándoles que mataran a Frínico.

Avisado este, y viendo el peligro en que estaba, escribió otra vez a Astíoco, quejándose de él por haber descubierto y dado la carta a sus enemigos y proponiéndole otro partido, que era poner en su poder todo el ejército que estaba en Samos, para que matase a todos, dándole medios harto fáciles a causa de que la villa no tenía muro, y se excusaba otra vez con él, diciendo que no por hacer esto o cosa semejante le habían de tener por malo, pues lo hacía por evitar el peligro en que estaba su vida, persiguiendo a sus mortales enemigos.

Este proyecto hízolo saber también Astíoco a Tisafernes y a Alcibíades, por lo cual, avisado Frínico, suponiendo que en seguida enviaría Alcibíades noticias a Samos sobre este asunto, se presentó a los otros capitanes y les dijo cómo le habían advertido que los enemigos, considerando que la ciudad no tenía muro, y que el puerto era tan pequeño, que apenas cabían en él sus barcos, habían concertado atacar el campamento, por lo cual era de opinión que debían inmediatamente con gran diligencia construir los muros alrededor de la villa; y en lo restante hacer buenas centinelas, y grandes guardias: añadiendo que por la autoridad que tenía sobre ellos, como jefe, les ordenaba a hacerlo así. Y lo hicieron de buena gana, tanto por evitar el peligro que les amenazaba, como también para poder guardar la ciudad, y conservarla en lo porvenir.

Poco después llegaron las cartas de Alcibíades a los otros capitanes de la armada, dándoles aviso de lo que trataba Frínico, y de cómo les quería entregar a los enemigos, los cuales no tardarían mucho en ir a acometerles. Mas los capitanes y los otros que lo escucharon, dieron a ello poca fe, antes juzgaban que lo que escribía era por enojo, y que calumniaba a Frínico, suponiendo que tenía inteligencia con los enemigos, de cuyos proyectos Alcibíades estaba bien informado, anunciándolos con seguridad de acierto; por esta causa, las cartas de Alcibíades no dañaron a Frínico, antes encubrieron lo que este había escrito a Astíoco.

No por eso cesó Alcibíades de persuadir a Tisafernes para que hiciese amistad con los atenienses, a lo cual con mucha facilidad accedió este, porque ya le inspiraban temor los lacedemonios, por ser más poderosos en la mar que los atenienses.

No cesaba, pues, Alcibíades de ganar autoridad con Tisafernes, para que le diese crédito y fe; y mucho más después que entendió la diferencia que había habido entre los embajadores lacedemonios en Cnido, a causa de los artículos de la alianza hecha por Terímenes; diferencia ocurrida antes que los peloponesios fueran a Rodas.

Aun antes de esto había Alcibíades hablado a Tisafernes de lo que arriba hemos dicho, dándole a entender que los lacedemonios procuraban poner todas las ciudades griegas en libertad. Sobrevino después el discurso de Licas, a los reunidos en Cnido, donde dijo que no se debía aceptar, ni mantener, ni guardar el artículo del tratado de alianza, en que se decía que el rey debía ser puesto en posesión de todas las ciudades que él y sus predecesores habían dominado; discurso que confirmaba la opinión de Alcibíades, el cual, como hombre que pretendía grandes cosas, procuraba por todas las vías posibles mostrarse aficionado a Tisafernes.