En este tiempo, los mensajeros enviados con Pisandro por los atenienses que estaban en Samos, a la ciudad de Atenas, al llegar allí, propusieron al pueblo lo que se les había encargado, tocando sumariamente los puntos más principales, con especialidad el de que, haciendo lo que les demandaban, podrían tener al rey de su parte, y con su auxilio alcanzar la victoria contra los peloponesios. Siendo lo que pedían, como antes se dijo, llamar a Alcibíades, y cambiar la forma de gobierno del pueblo, se opusieron los de la ciudad con grande instancia, tanto por la afición que tenían al régimen popular como por la enemistad con Alcibíades, y decían que sería cosa exorbitante restablecer en su primera autoridad al que había violado las leyes, contra el cual los Eumólpidas y los Cérices[24] que pronunciaban las cosas sagradas habían llevado el testimonio de la corruptela y violación de sus ceremonias, y reconociéndose culpado Alcibíades se desterró voluntariamente. Añadían que después los ciudadanos se habían obligado por sus votos y ruegos a todas las iras y execraciones de los dioses si le volvían a llamar.
Viendo Pisandro la multitud de los que le contradecían, iba donde estaba la mayor parte de ellos, tomándoles por las manos a los unos y a los otros, preguntándoles si tenían alguna esperanza de victoria contra los peloponesios por otra vía, puesto que poseían tan numerosa armada como ellos, y gran número de las ciudades de Grecia en su alianza. Además, el rey y Tisafernes les proveían de dinero, mientras los atenienses no lo tenían ya ni podían esperar tenerlo, sino de parte del rey. Todos a quienes preguntaba le respondían que no veían otro remedio. Entonces él les replicó que esto no se podía hacer si no reformaban el gobierno y estado de la ciudad, y lo entregaban a corto número de hombres buenos, cosa que el rey deseaba para estar más seguro de la ciudad.
Por estas razones persuasivas de Pisandro, el pueblo, que al principio había hallado la mudanza de estado y gobernación cosa extraña, entendiendo, por lo que proponía Pisandro, que no había otro remedio de salvar el señorío de la ciudad, unos por temor, y otros por esperanza, accedieron a que la gobernación fuese reducida a mando de pocos ciudadanos buenos.
Hízose el decreto por el cual el pueblo dio encargo y comisión a Pisandro, en compañía de otros diez ciudadanos, de presentarse a Tisafernes y Alcibíades para hablar y acordar con ellos todo lo tocante a esto en la manera que les pareciese ser más útil para la ciudad.
Por el mismo decreto Frínico, y su compañero Escirónides, fueron privados del mando por causa de Pisandro, que les acusó. En lugar de ellos fueron elegidos Diomedonte y León, enviados a la armada.
La acusación de Pisandro contra Frínico consistía en que había entregado y sido traidor a Amorges, y que le parecía no era suficiente para guiar las cosas que se habían de tratar con Alcibíades.
Pisandro organizó el régimen y gobierno como estaba antes que el régimen popular fuese establecido, así tocante a las cosas de justicia como a los que habían de administrarla, e hizo tanto, que el pueblo todo junto consintió en quitar la democracia, que es el régimen popular.
En lo demás proveyó en todo lo que le pareció ser necesario para el estado de las cosas presentes, y se embarcó con sus diez compañeros para buscar a Tisafernes.
IX.
Derrotados los de Quíos en una salida que hicieron contra los sitiadores atenienses, son estrechamente cercados y puestos en grande aprieto. — Las gestiones de Alcibíades para pactar alianza entre Tisafernes y los atenienses no dan resultado. — Renuévase la alianza entre Tisafernes y los lacedemonios.