No obstante todo lo pasado, los cuatrocientos le enviaron otra vez comisionados para ajustar un convenio, y les dio buena respuesta; de tal manera, que les persuadió para que enviasen embajadores a Lacedemonia a fin de tratar de la paz conforme deseaban.
Por otra parte enviaron diez ciudadanos de su bando a los que estaban en Samos, para darles a entender en contestación a otros muchos cargos que estos hacían, que lo que había sido hecho al mudar el estado popular, no era en perjuicio de la ciudad, sino para la salud de ella; y que la autoridad no estaba en las manos de los cuatrocientos solamente, sino también en la de cinco mil ciudadanos, y, por consiguiente, como antes, en manos del pueblo, pues nunca en ningún negocio que hubiese sido tratado en la ciudad así doméstico, y dentro de la misma tierra, como fuera, se había reunido para ello número tan grande como el de cinco mil hombres[27].
Esta embajada la enviaron los cuatrocientos a Samos desde el principio, dudando que los que estaban allá de la armada no quisieran tener por agradable esta mudanza, ni obedecer a su gobernación; y que el daño y la discordia comenzase allá, siguiendo después en la ciudad como sucedió, porque cuando se hizo este cambio en Atenas, se había levantado cierto alboroto o sedición en la ciudad de Samos por la misma causa y de esta manera.
Algunos samios, partidarios del gobierno democrático que había entonces en la ciudad, por defenderlo, se sublevaron, y puestos en armas contra los principales de la ciudad que querían usurpar la gobernación, habían después mudado de opinión por persuasión de Pisandro cuando llegó allí, y de los otros sus secuaces y cómplices atenienses que allí se hallaron, y queriendo derrocar este régimen popular se habían juntado hasta cuatrocientos, todos determinados a abolirlo y a echar a los que ejercían el mando, pretendiendo ser ellos, y representar a todo el pueblo. Mataron al principio un mal hombre y de mala vida ateniense, llamado Hipérbolo, el cual había sido desterrado de Atenas, no por sospecha ni miedo de su poder, ni de su autoridad, sino por delito, y porque deshonraba a la ciudad[28]. Hicieron esto a excitación de un capitán de los atenienses llamado Carmino, y de algunos otros atenienses que estaban en su compañía, por consejo de los cuales se gobernaban, y deliberaron proceder más adelante en favor de la oligarquía.
Los ciudadanos, partidarios del gobierno democrático descubrieron esta conjuración, principalmente a algunos capitanes que estaban al mando de Diomedonte y de León, generales de los atenienses, muy estimados y honrados por el pueblo, y opuestos a que la autoridad pasara a manos de una oligarquía.
También la descubrieron a Trasíbulo y a Trasilo, capitán aquel de un trirreme, y este de la gente de tierra que había en él; y también a los hombres de guerra que conocían como partidarios del estado popular, rogándoles y requiriéndoles que no los quisiese dejar maltratar por los conjurados que habían jurado su muerte, ni tampoco desamparasen en tal negocio a la ciudad de Samos, la cual perdería la buena voluntad que tenía a los atenienses si los conjurados lograban mudar la forma de gobernarse que había tenido hasta entonces.
Hechas estas declaraciones a los caudillos y capitanes, hablaron particularmente a los soldados, persuadiéndoles para que no permitiesen que la conjuración tuviera efecto. Primeramente trataron con la compañía de los atenienses que tripulaban el buque Páralos, que eran todos hombres libres y opuestos siempre a la oligarquía, aun antes de que se tratara de establecerla, estando en buena reputación con Diomedonte y León, de tal manera, que cuando estos hacían algún viaje por mar, les daban de buena voluntad el cargo y la guarda de algunos trirremes.
Reuniéndose, pues, todos estos con los de la villa, que eran del partido democrático, dispersaron a los trescientos conjurados que se habían alzado, de los cuales mataron treinta, y de los principales autores desterraron a tres, perdonando a los otros, y restableciendo el estado popular desde entonces en su primera autoridad.
Ejecutado esto, los samios y los soldados atenienses que estaban allí, enviaron inmediatamente el trirreme Páralos, y al capitán del mismo, llamado Quéreas, hijo de Arquéstrato, que les había ayudado en este negocio, para advertir a los atenienses lo que se había hecho allí, no sabiendo aún que la gobernación de la ciudad de Atenas se encontraba ya en manos de los cuatrocientos, quienes al saber la llegada de aquel barco hicieron prender a dos o tres de sus tripulantes, y a los demás les metieron en otros barcos, enviándoles a ciertos lugares de Eubea, de donde no podrían escapar. Quéreas, sabiendo a tiempo lo que querían hacer, se escondió y se salvó. Después volvió a Samos, y contó a los que estaban allí todo lo ocurrido en Atenas, dándoles a entender ser las cosas mucho más graves de lo que eran.
Díjoles Quéreas que a todos los hombres partidarios del pueblo los maltrataban y ultrajaban sin que hubiese persona que osase abrir la boca contra los gobernadores; que no ultrajaban solamente a los hombres, sino también las mujeres y niños, y que además estaban resueltos a hacer lo mismo con cuantos había en el armada de Samos que discrepasen de su voluntad, tomando sus hijos, mujeres y parientes próximos, y haciéndoles morir si estos no cedían a su voluntad.