Los atenienses, por hallarse los enemigos situados en Decelia, estaban de continuo en armas, unos en la guarda de las murallas y otros en la de las puertas y otros lugares, según donde les destinaban. Cuando llegó el día señalado para realizar el acto, dejaron ir a su casa, como era de costumbre, a los que no estaban en la conjuración, y a los que estaban en ella se les ordenó que quedasen, mas no en el lugar donde hacían la centinela, y donde tenían sus armas, sino en otra parte cercana, y que si viesen que alguno quería impedir o estorbar lo que se hiciese, lo resistieran con sus armas si necesario fuese.
Los que recibieron orden para esto, eran los andrios, los tenios, trescientos de los caristios y los de la ciudad de Egina, que los atenienses habían hecho habitar allí.
Arregladas así las cosas, los cuatrocientos elegidos para la gobernación, trayendo cada uno de ellos una daga escondida debajo de sus hábitos, y con ellos ciento veinte mancebos para ayudarles y hacerse fuertes si fuese menester, entraron todos juntos dentro del palacio donde se reunía el Senado o el Consejo; cercaron a los senadores que estaban en Consejo, los cuales, según costumbre, daban sus votos con habas blancas y negras, y les dijeron que tomasen sus pagas por el tiempo que habían servido en aquel oficio, y se fuesen; cuyas pagas llevaban los cuatrocientos; y conforme salían de la cámara del Consejo, les daban a cada uno lo que se le debía.
De esta manera se fueron del tribunal sin hacer resistencia alguna, y sin que el público que quedaba allí, se moviese.
Entonces los cuatrocientos entraron y eligieron entre ellos tesoreros y receptores; y hecho esto, sacrificaron solemnemente por la creación de los nuevos oficiales.
De tal manera fue totalmente mudado el régimen popular, y revocado gran parte de lo que había sido hecho el tiempo que duró, excepto no llamar a los desterrados por encontrarse en el número de ellos Alcibíades.
En lo demás, los nuevos gobernadores hacían todas las cosas a su voluntad, y entre otras, mataron a algunos ciudadanos, no muchos, porque les estorbaban y juzgaban prudente deshacerse de ellos; a algunos otros metieron en prisión, y a otros los desterraron.
Hecho esto, enviaron a Agis, rey de los lacedemonios, que estaba en Decelia, un mensajero, dándole aviso de que querían reconciliarse con los lacedemonios y haciéndoles entender que podría tener más seguridad y confianza en ellos que en el pueblo variable e inconstante. Mas pensando Agis que la ciudad no podía estar sin gran alboroto, y que el pueblo no era tan sumiso que se dejase quitar fácilmente su autoridad, y más si viese algún grande ejército de lacedemonios delante de la ciudad; teniendo además en cuenta que el gobierno de los cuatrocientos no era tan sólido y fuerte que se pudiese consolidar, no les dio respuesta alguna tocante a su petición, antes hizo juntar en pocos días gran número de gente de guerra en tierra del Peloponeso; y con ellos y los que tenía en Decelia avanzó hasta los muros de la ciudad de Atenas, esperando que se rendirían a su voluntad, así por la discordia que había entre ellos, dentro y fuera de la ciudad, como por el miedo, viendo tan gran poder a sus puertas; y si no lo quisiesen hacer, le parecía que fácilmente podría tomar los grandes muros por fuerza, por estar muy apartados y ser difícil su guarda y defensa.
Pero no se realizó lo que pensaba, porque los atenienses no promovieron tumulto ni movimiento entre ellos, antes hicieron salir su gente de a caballo, y parte de los de a pie, bien armados y a la ligera, los cuales rechazaron inmediatamente a los que se habían acercado más a los muros, y mataron muchos, cuyos despojos llevaron a la ciudad.
Viendo Agis que su empresa no había salido bien, volvió a Decelia; y pasados algunos días, mandó volver los soldados extranjeros que había hecho venir para esta empresa, y detuvo los que tenía primero.