Llegando, pues, Pisandro y sus compañeros en esta época de turbación, acabaron muy a su placer y en poco tiempo su empresa. Primeramente les hicieron consentir que se eligiesen diez secretarios, los cuales tuviesen plena autoridad para manifestar al pueblo lo que acordaran poner en consulta por el bien de la ciudad en un día determinado. Llegado el día, y reunido el pueblo en un campo, donde estaba edificado el templo de Neptuno, a diez estadios de la ciudad, no propusieron otra cosa los dichos decemviros sino que era muy necesario respetar la libre opinión de los atenienses donde quiera que la expusieran, y que cualquiera que impidiese, injuriase o estorbase esta libertad, sería con todo rigor castigado.
Después fue pronunciado el siguiente decreto:
«Que todos los magistrados de nombramiento popular fuesen quitados, no pagándoles sus sueldos, y que se eligiesen cinco presidentes, los cuales nombrarían después cien hombres, y cada uno de ellos escogería otros tres que serían, en suma, cuatrocientos; los cuales, cuando se reunieran en consejo o asamblea, tendrían amplia y cumplida autoridad de ordenar y ejecutar lo que viesen que era para el bien y provecho de la república. Además reunirían los cinco mil ciudadanos cuando bien les pareciese.»
Este decreto lo pronunció Pisandro, el cual así en esto como en las otras cosas, hacía de buena gana todo lo que entendía que aprovechaba a suprimir y abrogar el gobierno popular. Pero el decreto había sido mucho tiempo antes imaginado y consultado por Antifonte, persona de gran crédito, pues no había en aquel tiempo ninguna otra en la ciudad que le excediese en virtud, y que además era muy avisado y prudente para hallar y aconsejar expedientes en los negocios comunes. Junto con esto tenía mucha gracia y elocuencia en decir y proponer, y con todo ello jamás iba a la junta del pueblo, ni a otra congregación contenciosa si no le llamaban. Por eso el pueblo no tenía de él sospecha, estimándole a pesar de la eficacia y elegancia de sus palabras, hasta el punto de que no queriendo entremeterse en los negocios, cualquier hombre que tuviese necesidad de él, ora fuese en materia judicial, o con la asamblea del pueblo, se tenía por dichoso y muy favorecido si podía contar con su consejo y defensa.
Cuando el régimen de los cuatrocientos fue quitado, y se procedió contra los que habían sido principales autores, siendo acusado como los demás, defendió su causa, y respondió a mi parecer mejor que nunca lo hizo hombre alguno, de que yo me acuerde.
A este régimen popular se mostraba también muy favorable Frínico por el miedo que tenía a Alcibíades, que había sabido todo lo que él trató con Astíoco, estando en Samos, y le parecía que no volvería a Atenas en tanto que la gobernación de los cuatrocientos durase; Frínico era estimado por hombre constante y esforzado en las grandes adversidades, porque habían visto por experiencia que nunca se mostró falto de esfuerzo y corazón.
También Terámenes, hijo de Hagnón, fue de los principales en acabar con el régimen popular; y era hombre asaz suficiente, así en palabras como en hechos.
Estando, pues, la obra dirigida por tan gran número de gentes de entendimiento y autoridad, no es de maravillar que fuese llevada a cabo, aunque por otra parte pareciese, y fuese a la verdad cosa muy difícil privar al pueblo de Atenas de la libertad que había tenido, en la cual había estado casi cien años, después que los tiranos fueron expulsados[26].
Y no tan solamente había estado fuera de la sujeción de cualquier otro pueblo extranjero, sino que aun más de la mitad de este tiempo había dominado a otros pueblos.
Estando la junta del pueblo disuelta, después que aprobó este decreto, los cuatrocientos gobernadores fueron introducidos en el Senado de esta manera.