A los que eran del partido de los atenienses, a quienes Diítrefes había dado la gobernación, ocurrió todo lo contrario de lo que pensaban.

Lo mismo sucedió en muchas otras ciudades sujetas a los atenienses, considerando, a mi parecer, que ya no había para qué tener miedo de los atenienses, y que aquella manera de vivir bajo su obediencia, so color de buena policía, no era a la verdad sino una servidumbre encubierta, dando a entender que la verdadera libertad consistía en el régimen democrático.

Cuanto a lo de Pisandro y sus compañeros que habían ido con él, pusieron la gobernación de las ciudades por donde pasaron, en mano de pocos buenos a su voluntad, y de algunas tomaron hombres de armas que llevaron con ellos a Atenas, donde hallaron que sus cómplices y amigos habían procurado y aun hecho muchas cosas conformes a su intención para quitar el estado popular.

Un tal Androcles, que tenía grande autoridad en el pueblo, y había sido de los primeros en pedir la expulsión de Alcibíades, fue muerto por conspiración secreta de algunos mancebos de la ciudad, y por dos causas: la primera por su grande influencia en el pueblo; y la segunda, por ganar y alcanzar gracia y amistad con Alcibíades; pues pensaban que sería restituido en su autoridad, esperando que traería a Tisafernes al bando ateniense.

Con iguales fines y de la misma manera hicieron matar a algunos que les parecía ser contrarios a este negocio.

También hicieron entender al pueblo, con arengas y discursos elocuentes, que por ninguna vía se había de dar sueldo sino a los que servían en la guerra, y que, en la gobernación de los negocios comunes, no habían de entender más de quinientos hombres, y estos de los que eran poderosos para servir en las cosas públicas con sus personas y bienes.

Al mayor número parecía muy honrosa esta mudanza, y aun los mismos que habían sido causa de restablecer en su ser y estado el gobierno popular, esperaban aún por este cambio tener autoridad, porque aún quedaba la costumbre antigua de juntarse el pueblo y el Senado del haba en todos los negocios[25], y de oír la opinión de todos, y de seguir la mejor y más autorizada; pero ninguna se podía proponer sin la deliberación del pequeño consejo que ejercería la autoridad. En este consejo consultaban aparte todo lo que se debía proponer, conforme a sus intentos; y cuando exponía su opinión ninguno osaba contradecirla por el temor que tenían, viendo el grande número y autoridad de los gobernadores.

Cuando alguno les contradecía, buscaban manera para matarle, y no se perseguía ni encausaba a los homicidas, por lo cual el pueblo estaba en tanto peligro y tenía tanto miedo, que ninguno osaba hablar, y a todos les parecía que ganaban mucho callando, si no recibían otra incomodidad o violencia.

Tanto mayor era su tribulación cuanto que imaginaban ser más grande el número de los comprometidos en la conspiración de los que en realidad había, porque huían de saber cuáles eran los conjurados y cómplices de esta secta por lo difícil de conocerse todos en una población numerosa, y también porque unos no sabían la intención de otros, y no osaban quejarse uno a otro, ni descubrir su secreto, ni tratar de vengarse secretamente.

La sospecha y desconfianza era, pues, tan grande en el pueblo, que no osaban confiarse a sus conocidos y amigos, dudando que fuesen de la conspiración, porque había en ella hombres de quienes jamás se creyera. Por esta razón no se sabía de quién fiarse en el pueblo, y la mayor seguridad de los conjurados consistía principalmente en esta general desconfianza.