En esto trabajó grandemente con ellos Tucídides de Farsala; el cual, habiendo tenido grande amistad y conversando con muchos de ellos, los iba apaciguando con dulces palabras, demostrando y requiriéndoles que no quisiesen poner la ciudad en peligro de perdición, teniendo tan cerca a los enemigos que lo estaban aguardando. Con estas razones el furor fue aplacado y se retiraron todos a sus casas.
Terámenes, que era del gobierno con los demás cuatrocientos, al llegar al Pireo aparentó estar enojado contra los soldados; pero Aristarco y los de su parte, que eran del bando contrario, estaban, a la verdad, muy mal con ellos; los cuales no por eso dejaban de trabajar en su obra, hasta que algunos demandaron a Terámenes si le parecía mejor acabar la muralla o derribarla. Respondioles que si querían derrocarla a él no le pesaría. Inmediatamente todos los que trabajaban y muchos otros de los que estaban en el Pireo subieron sobre el muro, y en poco tiempo lo arrasaron.
Hicieron esto para atraer el pueblo a su opinión, diciendo en alta voz a los que estaban allí estas palabras:
«Quienes deseen que los cinco mil gobiernen y no los cuatrocientos, deben ayudar a hacer lo que nosotros hacemos.»
Decían esto por no atreverse a declarar que pretendían restaurar el régimen popular; antes fingían estar contentos con que los cinco mil gobernasen, temiendo nombrar a alguno, por error, de los que pretendían ejercer mando en el régimen popular y no fiándose unos de los otros, cosa que admiraba a los cuatrocientos, quienes no querían que los cinco mil tuviesen la autoridad, ni tampoco deseaban que fuesen depuestos, porque haciendo esto era necesario volver al régimen popular; y dándoles autoridad era casi lo mismo, ejerciendo el poder tan gran número de hombres. Por esto no querían declarar que los cinco mil no habían sido nombrados y este silencio tenía a las gentes con temor y sospecha, así de una parte como de otra.
Al día siguiente los cuatrocientos, aunque algo turbados, se juntaron en palacio.
De la otra parte, los que estaban en armas en el Pireo, habiendo derribado la muralla y soltado a Alexicles que tenían preso, fueron al teatro de Dioniso, es decir, de Baco, dentro del Pireo, y allí tuvieron su consejo. Después de debatido sobre lo que debían de hacer, acordaron ir a la ciudad, y dejar sus armas donde tenían por costumbre; lo cual hicieron. Viéndoles desarmados fueron a ellos muchos ciudadanos secretamente de parte de los cuatrocientos, acercándose a los que conocían por ser más tratables, rogándolos que se mantuviesen en paz sin hacer alboroto ni tumulto en la ciudad, e impidiendo que los otros lo hiciesen.
Dijéronle que podían nombrar todos juntos los cinco mil que debían ejercer la gobernación, y meter en este número a los cuatrocientos, con el cargo y autoridad que a ellos pareciere, para no poner la ciudad en peligro de venir a manos de los enemigos.
Con tales recomendaciones y consejos, que se hacían por diversas personas en distintos lugares, y a diferentes hombres, el pueblo que estaba en armas se apaciguó mucho, temiendo que su discordia fuese para ruina y perdición de la ciudad. Y en efecto, fue acordado por todos que en cierto día se había de verificar la junta general del pueblo en el templo de Baco.