Pocos días después vinieron embajadores de los argivos, a los cuales, después de oídos, les respondieron que dentro de algunos días enviarían a ellos sus embajadores para tratar de la alianza.
Durante este tiempo se reunieron los beocios, los corintios, los megarenses y los embajadores de los de Tracia, y acordaron y concluyeron entre ellos una liga y alianza para ayudarse y socorrerse unos a otros contra todos aquellos que les quisiesen ofender, y que no pudiesen hacer guerra, ni paz ni otro tratado con persona alguna una parte sin la otra. También fue estipulado que los beocios y megarenses, que ya estaban aliados, hiciesen alianza en las mismas condiciones con los argivos; mas antes que los gobernadores de Beocia concluyesen la cosa, dieron cuenta de ella a los cuatro consejos de la tierra que tienen el universal mando y autoridad principal, rogándoles que quisiesen consentir en esta alianza con aquellas ciudades y con todos los otros que querían juntarse con ellos, mostrándoles que esto era en su utilidad y provecho. Los consejos no quisieron otorgarlo temiendo que fuese contrario a los lacedemonios, si se aliaban con los corintios que se habían rebelado y apartado de ellos, porque los gobernadores no les habían advertido de sus explicaciones con los éforos, Cleóbulo y Jénares, y los amigos lacedemonios, que era en substancia, que primero debiesen hacer alianza con los argivos y corintios, y que después la harían con los lacedemonios, porque les pareció a los gobernadores que sin declarar esto a los cuatro consejos, harían lo que ellos les aconsejaban. Mas viendo que la cosa ocurría de muy distinta manera que pensaban los corintios y los embajadores de Tracia, regresaron sin concluir nada, y los gobernadores de los beocios, que habían determinado, si podían, persuadir primero al pueblo, e intentar después la alianza con los argivos, viendo que no lo podían alcanzar de los cuatro consejos, no procuraron hablar más de ello, ni los argivos, que habían de enviar allí su embajador, tampoco le enviaron. De esta manera la cosa quedó por hacer por descuido y negligencia, y por falta de solicitud.
En este invierno los olintios tomaron por asalto la villa de Meciberna, donde los atenienses tenían guarnición, y la robaron y saquearon.
Pasado esto hubo muchas negociaciones entre atenienses y lacedemonios tocante a la guarda y observancia de los tratados de paz, mayormente sobre restituir los lugares de una parte y de otra, esperando los lacedemonios, que si restituían Panacto a los atenienses, también estos les devolverían a Pilos, y para ello enviaron su embajador los lacedemonios a los beocios, rogándoles que dejasen a los atenienses la ciudad de Panacto, dándoles los prisioneros que tenían suyos, a lo cual los beocios les respondieron que no lo harían en ningún caso, si los lacedemonios no hacían alianza particular con ellos como la habían hecho con los atenienses. Sobre esto, los lacedemonios, aunque conocían que era contrario a la alianza hecha con los atenienses, en la cual estaba capitulado que los unos no pudiesen hacer paz ni guerra sin los otros, por el deseo que tenían de adquirir de los beocios a Panacto, esperando por medio de ella recobrar a Pilos, y también por la mayor inclinación que los éforos que gobernaban entonces tenían a los beocios que a los atenienses, a fin de romper la paz, acordaron e hicieron aquella alianza en fin del invierno. Después de hecha, al comienzo de la primavera, que fue el onceno año de la guerra, los beocios derribaron y asolaron del todo la ciudad de Panacto.
Los argivos, viendo que los beocios no habían enviado sus embajadores para hacer alianza según les prometieron, y que habían derrocado hasta los cimientos a Panacto y hecho alianza particular con los lacedemonios, tuvieron gran temor de quedarse solos en guerra con los lacedemonios, y que las otras ciudades de Grecia se confederasen todas con estos, porque pensaban que lo que habían hecho los beocios en Panacto fuese con consejo y consentimiento de los lacedemonios, y aun de los atenienses, y que todos estaban de acuerdo. Con los atenienses no tenían los argivos propósito de contratar más, porque lo que habían contratado antes era con idea de que la alianza entre ellos y los lacedemonios no sería durable. Estando, pues, muy perplejos al verse obligados a sostener la guerra con los lacedemonios y los atenienses, y aun contra los tegeatas y los beocios, porque habían rehusado el tratado y concierto con los lacedemonios, y codiciado el imperio y señorío de todo el Peloponeso, enviaron por embajadores a los lacedemonios a Éustrofo y a Esón, que tenían por grandes amigos, y muy aceptos y agradables a los lacedemonios, para que tratasen la alianza, pareciéndoles que si estaban confederados con los lacedemonios, a cualquier parte que se inclinase la cosa, estarían seguros según el estado del tiempo presente. Al llegar los embajadores a Lacedemonia, declararon su misión ante el Senado, demandándole la paz y alianza, y para poder mejor tratarla, requirieron que las diferencias que tenían con los lacedemonios sobre la villa de Cinuria, que está en los términos de los argivos, inmediata a sus dos ciudades Tirea y Antene, pero poblada de lacedemonios, se remitiesen a alguna ciudad neutral o a algún juez señalado por las partes, en el que ambas confiasen. Los lacedemonios les respondieron que no era menester hablar más sobre esto, y que si los argivos querían, estaban ellos dispuestos a hacer un nuevo tratado según y de la misma forma y manera que había sido el precedente. A esto los argivos mostraron alguna contradicción, diciendo que harían tratado igual al pasado, con la condición de que fuese lícito a cada cual de las partes, no obstante el tratado, hacer la guerra a la otra cuando bien le pareciese a causa de la villa de Cinuria, no estando la otra parte impedida por epidemia o por otra guerra, como en otra ocasión convinieron entre ellos, a la sazón que libraron una batalla, de la cual ambas partes pretendían haber alcanzado la victoria. Además que la guerra no debiese pasar más adelante de los límites de la ciudad de Argos, o Lacedemonia, y de sus términos.
Esta demanda pareció al principio a los lacedemonios muy loca y desvariada; pero al fin la otorgaron, porque deseaban la amistad de los argivos. Pero antes de convenir nada, aunque los embajadores tuviesen pleno poder, quisieron que regresaran a Argos, y propusiesen el contrato al pueblo para saber si lo aprobaba; y siendo así, que volvieran en un día señalado para jurar el contrato. Convenido esto partieron de Lacedemonia los embajadores.
Mientras en Argos se ocupaban de este asunto, los embajadores que los lacedemonios habían enviado a los beocios para recobrar a Panacto y los prisioneros atenienses, a saber, Andrómedes, Fédimo y Antiménidas, hallaron que Panacto había sido asolada por los beocios, porque decían que existía un contrato antiguo entre ellos y los atenienses, confirmado con juramento, en el cual se decía que ni unos ni otros debían habitar en aquel lugar. Respecto a los prisioneros, les devolvieron los que tenían de los atenienses, a quienes los embajadores se los enviaron; y tocante a Panacto, les dijeron que no tenían por qué temer que ningún enemigo suyo habitase en ella, pues estaba derribada, pensando que por este medio quedarían libres de la promesa de devolverla.
No satisfizo esto a los atenienses; antes respondieron que no era cumplir lo prometido devolverles la ciudad destruida y asolada, y en lo demás haber hecho alianza con los beocios, contra lo que terminantemente había sido acordado entre ellos de que debiesen obligar a todas las ciudades confederadas que lo rehusaran a aceptar y ratificar el tratado de paz. Por razón de estas cosas y otras muchas usaron con los embajadores de palabras muy duras, y les despidieron sin otra conclusión.
Estando los atenienses y los lacedemonios en estas diferencias, aquellos a quienes la paz no agradaba en Atenas buscaban todos los medios que podían para romperla con ocasión de esto; y entre otros, era uno Alcibíades, hijo de Clinias, el cual, aunque mozo, por la nobleza y antigüedad de sus progenitores (que habían sido muy nombrados y señalados), era muy honrado y amado del pueblo, y tenía gran autoridad en la ciudad. Este aconsejaba al pueblo que hiciese alianza con los argivos, así porque le parecía serles útil y provechosa, como también porque por la altivez de su corazón se afrentaba que la paz fuese hecha con los lacedemonios por Nicias y Laques, sin hacer caso ni estima de él, porque era joven; y tanto más se consideraba injuriado, cuanto que había renovado con ellos la amistad que su abuelo repudió. Por despecho de todo esto, se declaró entonces contra el tratado de paz, y dijo públicamente que no había seguridad ni firmeza en los lacedemonios, y que el tratado de paz hecho con ellos, era solo por apartar a los argivos de su amistad, y después declararles la guerra.
Viendo que el pueblo estaba inclinado contra los lacedemonios, envió secretamente a decir a los argivos que era el momento oportuno para conseguir la alianza y amistad, porque los atenienses la deseaban, y que viniesen sin dilación y trajesen los procuradores de los eleos y de los mantineos para ajustarla, prometiéndoles que les ayudaría con todo su poder.