Los argivos, después que hubieron quemado y destruido gran parte de la tierra de los epidaurios, volvieron a la suya, y con ellos Alcibíades, que había ido de Atenas en su ayuda con mil hombres de guerra, en busca de los lacedemonios que salieron al campo, mas cuando supo que se habían retirado también, él regresó con su gente; y en esto pasó aquel verano.
Al principio del invierno, los lacedemonios enviaron secretamente, y sin que lo supiesen los atenienses, por mar trescientos hombres de pelea en socorro de los epidaurios, al mando de Agesípidas, y por ello los argivos enviaron mensajeros a los atenienses quejándose de ellos, porque en su alianza estaba convenido que ninguna de las ciudades confederadas permitiría pasar por sus tierras ni por sus mares enemigos de los otros armados, y no obstante esto, habían dejado pasar por su mar la gente de los lacedemonios para socorrer a Epidauro, por lo cual era justo y razonable que los atenienses pasasen en sus naves a los mesenios y a sus esclavos, y los llevasen a Pilos, pues de lo contrario, les harían gran ofensa.
Vista la querella de los argivos, los atenienses, por consejo de Alcibíades, mandaron esculpir en la columna Laconia un rótulo, que decía cómo los lacedemonios habían contravenido el tratado de paz y quebrantado su juramento; y con este motivo embarcaron los esclavos de los argivos en el puerto de Cranios y los pasaron a tierra de Pilos, para que la robasen y destruyesen; sin que se hiciese otra cosa en este invierno, durante el cual los argivos tuvieron guerra con los epidaurios, mas no hubo batalla reñida entre ellos, sino tan solamente entradas, escaramuzas y combates.
Al fin del invierno, los argivos fueron de noche secretamente con sus escalas para tomar por asalto la ciudad de Epidauro, pensando que no había gente de defensa dentro, y que todos estaban en campaña, pero la hallaron bien provista, y se volvieron sin hacer lo que pretendían.
En esto pasó el invierno, que fue el fin del trigésimo año de la guerra.
VIII.
Estando los lacedemonios y sus aliados dispuestos a combatir con los argivos y sus confederados delante de la ciudad de Argos, los jefes de ambas partes, sin consentirlo ni saberlo sus tropas, pactan treguas por cuatro meses, treguas que rompen los argivos a instancia de los atenienses, y toman la ciudad de Orcómeno.
Al verano siguiente, los lacedemonios, viendo que los epidaurios sus aliados estaban metidos en guerras, y que muchos lugares del Peloponeso se habían apartado de su amistad, y otros estaban a punto de hacerlo, y si no proveían remedio en todo esto, sus cosas irían de mal en peor, se pusieron todos en armas, y sus hilotas y esclavos con ellos al mando de Agis, hijo de Arquidamo, su rey, para ir contra los de Argos, llamando también en su compañía a los tegeatas y a todos los otros arcadios que eran aliados suyos, y a los confederados del Peloponeso y de otras partes les mandaron que viniesen a Fliunte, como así lo hicieron. Fueron también los beocios con cinco mil infantes bien armados, y otros tantos armados a la ligera, y quinientos hombres de a caballo, los corintios con dos mil hombres bien armados, y de las otras villas enviaron también gente de guerra según la posibilidad de cada uno. También los fliasios, porque la hueste se reunía en su tierra, enviaron toda la más gente de guerra que pudieron tomar a sueldo.
Advertidos los argivos de este aparato de guerra de los lacedemonios, y que venían derechamente a Fliunte para reunirse allí con los otros aliados, les salieron delante con todo su poder, llevando en su compañía a los mantineos con sus aliados, y tres mil eleos bien armados, y les alcanzaron cerca de Metidrio, villa en tierra de Arcadia, donde unos y otros procuraron ganar un cerro para asentar allí su campo.
Los argivos se apercibían para darles la batalla, antes que los lacedemonios pudieran unirse con sus compañeros que estaban en Fliunte, mas Agis, a la media noche, partió de allí para ir derechamente a Fliunte. Al saberlo los argivos se pusieron en marcha el día siguiente por la mañana y fueron derechamente a Argos, y de allí salieron al camino que va a Nemea, por donde esperaban que los lacedemonios habían de pasar. Pero Agis, sospechando esto mismo, había tomado otro camino más áspero y difícil, llevando consigo a los lacedemonios, los arcadios y los epidaurios, y por este camino fue a descender a tierra de los argivos por el otro lado.