En este momento, avisado Agis de que los suyos que estaban a la izquierda de su ejército, frente a los mantineos y a los mil soldados viejos de los argivos, estaban en gran aprieto, mandó a todos los suyos que les fuesen a socorrer, y lo hicieron así, teniendo los atenienses tiempo para salvarse con los otros argivos que habían sido desbaratados. Los mantineos y los mil soldados argivos, viéndose acosados por todos sus contrarios, no tuvieron corazón para seguir adelante, estando los suyos rotos y dispersos y perseguidos por los lacedemonios que iban tras ellos al alcance, por lo cual también volvieron las espaldas, y dieron a huir, muriendo muchos mantineos, aunque los más de los mil soldados argivos se salvaron, porque se iban retirando paso a paso sin desordenarse, y también porque la costumbre de los lacedemonios es pelear fuertemente y con perseverancia mientras dura la batalla hasta vencer a sus contrarios; mas después que los ven huir, vueltas las espaldas, no curan de perseguirles gran trecho.

Así concluyó esta batalla, que fue de las mayores y más reñidas que tuvieron los griegos hasta entonces unos con otros, porque la libraban las más poderosas y nombradas ciudades.

Después de la victoria, los lacedemonios despojaron los muertos de sus armas, con las cuales levantaron trofeo en señal de victoria, y en seguida de sus vestiduras, y dieron los cuerpos a los enemigos que los pidieron para sepultarlos. Los suyos que allí perecieron mandaron llevarlos a la ciudad de Tegea, donde les hicieron enterrar muy honradamente.

El número de los que murieron en esta batalla fue este: de los argivos, orneatas y cleoneos cerca de setecientos, de los mantineos doscientos, y otros tantos de los atenienses y de los eginetas, entre los cuales murieron los capitanes de los atenienses y argivos. De la parte de los lacedemonios no hubo tantos que se pueda hacer gran mención, ni tampoco se sabe de cierto el número de ellos, afirmándose comúnmente que murieron cerca de trescientos. Debió acudir para esta batalla Plistoanacte, que era el otro rey de Lacedemonia, el cual había salido con los ancianos y los mancebos para ayudar a los otros; mas cuando llegó a la ciudad de Tegea, al saber la nueva de la victoria, se volvió desde allí, mandó a los corintios y a los otros aliados que habitan fuera del istmo del Peloponeso que venían en socorro de los lacedemonios que regresaran a sus tierras, y también despidió algunos soldados extranjeros que traía consigo. Después hizo celebrar sus fiestas en loor del dios Apolo, llamadas Carneas, y de tal manera la deshonra e infamia que habían recibido de los atenienses, así en la isla frente a Pilos, como en otras partes, donde fueron tenidos y reputados por ruines y cobardes, la vengaron con esta sola victoria, donde mostraron claramente que aquello que les había ocurrido antes fue por caso y fortuna de guerra; pero que su virtud y esfuerzo era y permanecía siempre tal cual había sido antes.

Sucedió que un día antes de la batalla, los epidaurios, creyendo que todos los argivos habían ido a esta guerra y la ciudad quedaba sola y vacía de gente, vinieron con todo su poder a tierra de los argivos, y mataron algunos de aquellos que habían quedado en guarda y que les salieron al encuentro. Pero tres mil eleos que venían en socorro de los mantineos, y mil atenienses que llegaron asimismo en su socorro, juntamente con aquellos que se habían escapado de la batalla de los lacedemonios, fueron contra los de Epidauro, mientras que los lacedemonios celebraban sus fiestas Carneas, combatieron la ciudad y la tomaron, e hicieron en ella un fuerte, y los atenienses en el terreno que les cupo, reedificaron el templo de Juno que estaba fuera de la ciudad, y dejando allí gente de guarnición en el fuerte que hicieron, regresaron a sus tierras.

Esto ocurrió aquel verano.

X.

Pactan primero la paz y después la alianza los lacedemonios y los argivos. — Hechos que realizan los lacedemonios y los atenienses sin previa declaración de guerra.

Al empezar el invierno siguiente, habiendo los lacedemonios celebrado sus fiestas de Carneas, salieron al campo y fueron a Tegea. Estando en aquel lugar, enviaron mensajeros a los argivos para tratar de la paz.

Había en la ciudad de Argos muchos que tenían parentesco con los lacedemonios, los cuales en gran manera deseaban quitar el gobierno democrático existente, reduciéndole a pocos gobernadores con Senado y cónsules, y después de perdida aquella jornada hallaron muchos más de esta opinión. Para poderlo realizar, querían ante todas cosas ajustar la paz con los lacedemonios y, hecha esta, pactar alianza. Por este medio esperaban atraer al pueblo a su opinión.