Dicho esto, se salieron los atenienses fuera. Los melios también se apartaron a otro lugar, y después de consultar entre sí gran rato, determinaron rechazar la demanda de los atenienses, respondiéndoles de esta manera:
Los melios.— Varones atenienses, no cambiamos de parecer, ni jamás desearemos perder en breve espacio de tiempo la libertad que hemos tenido y conservado de setecientos años a esta parte que hace está nuestra ciudad fundada; antes con la buena fortuna que nos ha favorecido siempre hasta el día de hoy, y con la ayuda de nuestros amigos los lacedemonios, estamos resueltos a guardar y conservar nuestra ciudad en libertad. Empero todavía os rogamos os contentéis con que seamos vuestros amigos, sin ser enemigos de otros, y que de tal manera hagáis vuestros tratos y conciertos con nosotros para el bien y provecho de ambas partes, saliendo de nuestras tierras y dejándonos libres y en paz.
Cuando los melios hubieron hablado de esta manera, los atenienses, que se habían retirado aparte, mientras ellos discutieron, respondiéronles de esta otra:
Los atenienses.— Ya vemos que solo vosotros estimáis, por vuestro propio parecer y mal consejo, las cosas venideras por más ciertas que las presentes que tenéis a la vista, y os parece que lo que está en mano y determinación de otro, lo tenéis ya en vuestro poder como si estuviese hecho. Os ocurrirá, pues, que la gran confianza que tenéis en los lacedemonios y en la fortuna, fundando todas vuestras cosas en esperanzas vanas, será causa de vuestra pérdida y ruina.
Esto dicho, los atenienses volvieron a su campo sin haber convenido nada; por lo cual los caudillos y capitanes del ejército, viendo que no había esperanza de ganar la villa por tratos, se prepararon a tomarla por combate y fuerza de armas, repartiendo las compañías en alojamientos de lugares cercanos, poniendo a la ciudad de Melos cerco de muro por todas partes, y dejando guarnición, así de los atenienses como de sus aliados, por mar y por tierra. Hecho esto, la mayor parte del ejército se retiró, y los que quedaron, entendían en combatir la ciudad para tomarla.
En este tiempo, habiendo los argivos entrado en tierra de los fliasios, fueron descubiertos por estos y salieron contra ellos, peleando de manera que mataron ochenta.
Por otra parte, los atenienses, que estaban en Pilos, hicieron una entrada en tierra de Lacedemonia y llevaron gran presa, aunque no por esto los lacedemonios tuvieron las treguas por rotas, ni quisieron comenzar la guerra, sino que solamente publicaron un decreto, por el cual permitían a los suyos que pudieran recorrer y robar la tierra de los atenienses. No había ciudad de todas las del Peloponeso que hiciese guerra abierta contra los atenienses, a excepción de los corintios, que la hacían por algunas diferencias particulares que tenían con ellos.
En cuanto a lo de Melos, estando puesto el cerco a la ciudad, los de dentro salieron una noche contra los que estaban en el sitio por la parte del mercado, y tomaron el muro que habían hecho hacia aquel lado, matando muchos de los que estaban de guarda en él. Además les cogieron gran cantidad del trigo y otras provisiones que metieron dentro de la ciudad, encerrándose en ella sin hacer otra cosa memorable este verano. Por causa de este suceso los atenienses procuraron en adelante poner mejores guardas de noche.
Tales fueron los sucesos de este verano.
Al comienzo del invierno siguiente los lacedemonios estaban resueltos a entrar en tierra de los argivos, para favorecer a los expatriados; mas hechos sus sacrificios para ello, como no se les mostrasen favorables, regresaron a sus casas. Algunos de los argivos que esperaban su venida, fueron presos como sospechosos por los otros ciudadanos, y otros de propia voluntad se ausentaron de la ciudad, temiendo ser presos.