Los atenienses, por consejo y persuasión de Alcibíades, determinan la expedición a Sicilia. Dispuesta la armada, sale del puerto del Pireo.

De la manera arriba dicha habló Nicias con propósito de apartar los atenienses de aquella empresa poniéndoles delante las dificultades que ofrecía o ir más seguro si le obligaban a partir con la expedición. Pero ningún argumento les hizo desistir del propósito que tenían y las dudas les excitaron más que antes, de suerte que a Nicias le ocurrió lo contrario de lo que pensaba, porque a todos les parecía que daba muy buen consejo, y que haciéndose lo que él decía, la cosa iría muy segura, por la cual todos tenían más codicia de ir a esta jornada que antes: los viejos porque pensaban que ganarían a Sicilia, o a lo menos que yendo tan poderosos como iban, no podrían incurrir en daño ni peligro ninguno: los mancebos porque deseaban ver tierras extrañas seguros de que regresarían salvos a la suya, y finalmente el pueblo y los soldados por el deseo de sueldo que esperaban ganar en aquella empresa, entendiendo que, después de conquistada Sicilia, se lo continuarían dando por el aumento y crecimiento que había de proporcionar al estado y señorío de los atenienses.

Si alguno había de contrario parecer, viendo la inclinación de todos los de la ciudad a esta empresa, no osaba contrariarla, sino que lo callaba, temiendo ser tenido y juzgado por mal consejero.

Finalmente, al cabo salió uno de los de la junta que dijo a Nicias, en voz tan alta que todos la oyesen, que ya no era menester más discursos sobre ello ni buscar rodeos, sino que delante de todos declarase si tan grande armada le parecía bastante y necesaria para aquella empresa.

A esto respondió Nicias que lo consultaría despacio con los otros capitanes sus compañeros, mas que le parecía no eran menester menos de cien trirremes de los atenienses para llevar la gente de guerra, y algunos otros de sus aliados, todos los cuales a lo menos transportasen cinco mil hombres de pelea y más si ser pudiese, además buen número de flecheros y honderos, así de los naturales como de los de Creta, y juntamente con esto todas las otras provisiones necesarias para una tan gran armada.

Oído esto por los atenienses, al momento, por decreto unánime, dieron pleno poder y autoridad a los capitanes nombrados para proveer todas las cosas necesarias, así en lo que tocaba al número de gente que había de ir, como en todas las otras, según viesen que mejor convenía al bien de la ciudad. Después de este decreto se dedicaron con toda diligencia a hacer los aprestos necesarios en la ciudad para la armada; y avisaron a sus aliados y confederados para que hiciesen lo mismo por su parte, porque ya la ciudad se había podido rehacer de los trabajos pasados, así de la epidemia, como de las guerras continuas que habían tenido, y estaba muy crecida y aumentada, así de moradores como de dinero y riquezas, a causa de las treguas. Por esto se pudo más pronto y fácilmente poner en ejecución esta empresa.

Pero estando los atenienses ocupados en disponer las cosas necesarias para esta empresa, todos los hermas y estatuas de piedra de Mercurio que estaban en la ciudad, así en las entradas de los templos como a las puertas de las casas y edificios suntuosos, que eran infinitas, se hallaron una noche quebradas y destrozadas, sin que se pudiese jamás saber ni haber indicio de quién había sido el autor de ello, aunque ofrecieron grandes premios a quien lo descubriese. También mandaron públicamente que si había alguna persona que supiese o tuviese noticia de algún crimen impío o pecado abominable cometido contra el culto o religión de los dioses, que lo revelase sin temor alguno, fuese ciudadano o extranjero, siervo o libre, de cualquier estado o condición, porque hacían gran caso de esto, pareciéndoles un mal agüero para la jornada, y pronóstico de alguna conjuración para tramar nuevas cosas, y trastornar el estado y gobernación de la ciudad; y aunque por entonces no se podía saber nada de aquel hecho, algunos advenedizos y otros sirvientes denunciaron que antes habían sido tres estatuas de otros dioses destrozadas por algunos jóvenes de la ciudad, haciéndolo por necedad y embriaguez. También denunciaron que en algunas casas particulares no se hacían los sacrificios como debían hacerse, de lo cual acriminaban en cierto modo a Alcibíades, y de buena gana prestaban oído a esto los que le tenían odio o envidia, porque les parecía que era impedimento para que ejerciese todo el mando y autoridad que tenía en el pueblo, y que si le podían privar de él, ellos solos serían señores: a este fin agravaban más la cosa, y sembraban rumores por la ciudad de que estas faltas que se hacían en los sacrificios, y el romper y despedazar las imágenes significaba la destrucción de la república, dirigiendo la acusación contra Alcibíades por muchos indicios que había de su manera de vivir desordenada y del favor que tenía en el pueblo, de donde inferían que esto no podía ser hecho sin su conocimiento y consentimiento.

Él lo negaba, ofreciendo estar a derecho y pagar lo juzgado, antes de su partida, si se le probaba la culpa; pero si resultaba inocente, quería ser absuelto y dado por libre antes de ir en aquella jornada, diciendo que no era justo hacer información, ni proceder contra él en su ausencia, sino que inmediatamente le condenasen a muerte si lo había merecido; y asegurando que no era de hombres cuerdos y sabios enviar un hombre fuera con gran ejército y con tanto poder y autoridad, acusado de un crimen, sin que primero terminase la causa; mas sus enemigos y contrarios, temiendo que, si la cosa se trataba antes de su partida, todos aquellos que habían de ir con él le serían favorables, y que el pueblo se ablandase, porque por sus gestiones los argivos y algunos de los mantineos se habían unido a los atenienses para ayudarles en aquella empresa, lo repugnaban diciendo que debían diferir la acusación hasta la vuelta de la armada, pensando que durante su ausencia podrían maquinar nuevas tramas contra él, y para ello procuraban que los embajadores, con mayores instancias, pidiesen la salida de la expedición. Determinaron, pues, que partiese Alcibíades.

A mediados del verano toda la armada estuvo dispuesta para ir a Sicilia con otros muchos barcos mercantes, así de los suyos como de sus aliados, para llevar vituallas y otros bastimentos de guerra, a los cuales mandaron con anticipación que se hallasen listos en el puerto de Corcira, para que todos juntos pasasen en mar Jonio hasta el cabo de Yapigia.

Los atenienses y sus aliados, reunidos en Atenas en un día señalado, llegaron al puerto del Pireo al salir el alba para embarcarse, y con ellos salió la mayor parte de los de la ciudad, así de los vecinos como de los extranjeros, para acompañar unos a sus hijos y otros a sus padres y parientes y amigos, llenos de esperanza y de dolor; de esperanza porque creían que aquella jornada les sería útil y provechosa, y de dolor porque pensaban no ver pronto a los que partían para tan largo viaje, y también porque, partiendo, dejaban a los que quedaban en muchos peligros, exponiéndose ellos a otros mayores, en cuyos peligros pensaban entonces mucho más que antes, cuando determinaron la empresa, aunque por otra parte tenían gran confianza viendo una armada tan gruesa y tan bien provista, que todo el pueblo, grandes y pequeños, aunque no tuviesen en ella parientes ni amigos, y todos los extranjeros salían a verla, porque era digna de ser vista, y mayor de lo que se pudiera pensar. A la verdad, para una armada de una ciudad sola era la más costosa y bien aprestada que hasta entonces se hubiese visto, porque aunque la que llevó antes Pericles a Epidauro y la que condujo Hagnón a Potidea fuesen tan grandes, así en número de naves como de gentes de guerra, pues iban en ellas cuatro mil infantes y trescientos caballos, todos atenienses, cien trirremes suyos, y cincuenta de los de Lesbos y de los de Quíos, sin otros muchos compañeros y aliados; no estaban tan bien aprestadas en gran parte como esta, porque el viaje no era tan largo; y porque habiendo de durar la guerra más tiempo en Sicilia, la habían abastecido mejor, así de gente de guerra como de todas las otras cosas necesarias.