Cada cual activaba sus tareas y mostraba su industria, así la ciudad en común como los patrones y capitanes de las naves, porque la ciudad pagaba de sueldo un dracma por día a cada marinero, de los que había gran número en tantos trirremes, que eran cuarenta largos para llevar la gente de guerra, y sesenta ligeros, y además del sueldo que pagaba el común, los patrones y capitanes daban otra paga de su propia bolsa a los que traían remos más largos y a los otros ministros y pilotos.

Por otra parte, el aparato, así de las armas como de los trirremes y otros atavíos, era mucho más suntuoso que había sido en las otras armadas, porque cada patrón y capitán, para tan largo camino, trabajaba a fin de que su nave fuese la mejor y más ligera y la más aparejada de todas.

También los soldados escogidos para esta empresa procuraban aprestarse a porfía así de armas como de otros atavíos necesarios, por la codicia que tenían de gloria y honra, y el deseo de cada uno de ser preferido a los otros en la ordenanza. De manera que parecía que esta armada se organizaba más para una ostentación del poder y fuerzas de los atenienses en comparación de los otros griegos, que para combatir contra los enemigos allá donde iban. Porque a la verdad, el que quisiese hacer bien la cuenta de los gastos que hicieron en esta armada, así de parte de la ciudad en común como de los capitanes y soldados en particular, la primera en los aprestos, los particulares en sus armas y arreos de guerra, y los capitanes cada uno en su nave, y de las provisiones que cada cual hacía para tan largo tiempo, además del sueldo y de la gran cantidad de mercaderías que llevaban, así los soldados para su provecho como otros muchos mercaderes que les seguían para ganar, hallaría que aquella armada costó el valor de infinitos talentos de oro.

Pero en mayor admiración puso a aquellos contra quien iban, así por su suntuosidad en todas las cosas como por el atrevimiento y osadía de los que lo habían emprendido, que parecía cosa extraña y maravillosa a una sola ciudad tomar a su cargo empresa que juzgaban exceder a sus fuerzas y poder, mayormente tan lejos de su tierra.

Embarcada la gente y desplegadas las velas de los trirremes, ordenaron silencio a voz de trompeta e hicieron sus votos y plegarias a los dioses, según costumbre, no cada nave aparte, sino todas a la vez, por su trompeta o pregonero. Después bebieron en copas de oro y plata, así los capitanes como los soldados y marineros. Los mismos votos y plegarias hacían los que quedaban en tierra por toda la armada en general, y en particular por sus parientes y amigos.

Cuando acabaron sus músicas y canciones en loor de los dioses, y hecho todos sus sacrificios, alzaron velas y partieron, al principio todos juntos en hilera figurada como cuerno, después se apartaron navegando cada trirreme según su ligereza y la fuerza del viento. Primero tomaron puerto en Egina, y de allí partieron derechamente a Corcira, donde las otras naves les esperaban.

VII.

Diversas opiniones que había entre los siracusanos acerca de la armada de los atenienses. — Discursos de Hermócrates y Atenágoras en el Senado de Siracusa, y determinación que fue tomada.

Entretanto los siracusanos, aunque por varios conductos tuviesen nuevas de la armada de los atenienses que iba contra ellos, no lo podían creer, y en muchas asambleas que se hicieron en la ciudad para tratar de esto fueron dichas muchas y diversas razones, así de aquellos que creían en la empresa como de los que eran de contrario parecer, entre los cuales Hermócrates, hijo de Hermón, teniendo por cierto que la expedición iba contra ellos, salió delante de todos y habló de esta manera:

«Por ventura os parecerá cosa increíble lo que ahora os quiero decir de la armada de los atenienses, como también os ha parecido lo que otros muchos nos han dicho de ella, y bien sé que aquellos que os traían mensaje de cosas que no parecen dignas de fe, además de no creerles nada de lo que dicen, son tenidos por necios y locos, mas no por temor de esto, y atendiendo a lo que toca al bien de la república, y por el daño y peligro que le podría venir, dejaré de decir aquello que yo pienso más ciertamente que otro, y es que los atenienses, a pesar de que vosotros os maravilláis en tanta manera y no lo podéis creer, vienen derechamente contra nosotros con numerosa armada y gran poder de gente de guerra, con pretexto de dar ayuda y socorro a los egesteos y a sus aliados, y restituir a los leontinos desterrados en sus tierras y casas: mas a la verdad, es por codicia de ganar a Sicilia, y principalmente esta nuestra ciudad, pareciéndoles que si una vez son señores de ella, fácilmente podrán sujetar todas las otras ciudades de la isla.