«No me parece que es cordura usar tales palabras calumniosas unos contra otros, ni son para que se deban decir ni menos para ser oídas, sino antes parar mientes en las nuevas que corren para que cada cual así en común como en particular, y toda la ciudad se prepare a resistir a los que vienen contra nosotros, y si no fuese verdad su venida ni menester preparativos de defensa, ningún daño recibirá la ciudad por estar apercibida de caballos y armas, y todas las otras cosas necesarias para la guerra. En lo que a nosotros toca, y a nuestro cargo haremos todo lo posible con gran diligencia para proveerlo así, espiando a los enemigos, enviando avisos a las otras ciudades de Sicilia, y haciendo todo lo que nos pareciere conveniente y necesario en este caso como ya lo hemos comenzado a hacer. En lo demás que se nos ofreciere os avisaremos.»
Con esta conclusión se disolvió la asamblea.
IX.
Parte de Corcira la armada de los atenienses y es mal recibida así en Italia como en Sicilia.
Cuando el gobernador pronunció este discurso a los siracusanos, partieron todos del Senado.
Entretanto los atenienses y sus aliados estaban ya reunidos en Corcira. Antes de salir de allí los capitanes de la armada mandaron pasar revista a su gente para ordenar cómo podrían navegar por la mar, y después de saltar en tierra, cómo distribuirían su ejército. Para ello dividieron toda la armada en tres partes, de las cuales los tres capitanes tomaron el mando según les cupo por suerte. Hicieron esto temiendo que si iban todos juntos no podrían hallar puerto bastante para acogerlos, y también porque no les faltase el agua y las otras vituallas, y porque estando el ejército así repartido, sería más fácil llevarle y gobernarle teniendo cada compañía su caudillo.
Enviaron después tres naves por delante a Italia y a Sicilia, una de cada división para reconocer las ciudades y saber si los querían recibir como amigos. Mandaron a estas naves que les trajesen la respuesta diciéndoles el camino que habían ordenado seguir.
Así hecho, los atenienses, con gran aparato de fuerza, hicieron rumbo desde Corcira, y tomaron el camino directamente a Sicilia con su armada, que tenía por junto ciento veinticuatro barcos de a tres hileras de remos, y dos de Rodas de a dos. Entre las de tres había ciento de Atenas, de las cuales sesenta iban a la ligera, y las otras llevaban la gente de guerra; lo restante de la armada lo habían provisto los de Quíos y otros aliados de los atenienses.
La gente de guerra que iba en esta armada sería, en suma, cinco mil y cien infantes, de los cuales mil y quinientos eran atenienses, que tenían setecientos criados para el servicio; de los otros, así aliados como súbditos, y principalmente de los argivos, había quinientos, y de los mantineos y otros reclutados a sueldo, había doscientos cincuenta tiradores; flecheros, cuatrocientos ochenta; de los cuales cuatrocientos eran de Rodas y ochenta de Creta; setecientos honderos de Rodas; cien soldados de Mégara desterrados, armados a la ligera, y treinta de a caballo en una hipagoga, que es nave para llevar caballos, tal fue la armada de los atenienses al principio de aquella guerra.
Además de estas había otras treinta naves gruesas de porte, que llevaban vituallas y otras provisiones necesarias, y panaderos, y herreros, y carpinteros, y otros oficiales mecánicos con sus herramientas e instrumentos necesarios para hacer y labrar muros. También iban otros cien barcos que necesariamente habían de acompañar a las naves gruesas, y otros muchos buques de todas clases que por su voluntad seguían a la armada para tratar y negociar con sus mercaderías en el campamento.