Toda esta armada se reunió junto a Corcira, y toda junta pasó el golfo del mar de Jonia, pero después se dividió; una parte de ella aportó al cabo o promontorio de Yapigia, otra a Tarento, y las otras a diversos lugares de Italia, donde mejor pudieron desembarcar. Mas ninguna ciudad hallaron que los quisiese recibir, ni para tratar ni de otra manera, sino que solamente les permitieron que saltaran a tierra para tomar agua, víveres frescos y otras provisiones necesarias; excepto los tarentinos y locros, que por ninguna vía les permitieron poner los pies en su tierra.

De esta manera pasaron navegando por la mar sin parar hasta llegar al promontorio y cabo de Regio, que está al fin de Italia, y aquí porque les fue negada la entrada de la ciudad, se reunieron todos y se alojaron fuera de la ciudad, junto al templo de Diana, donde los de la ciudad les enviaron vituallas y otras cosas necesarias por su dinero. Allí metieron su naves en el puerto y descansaron algunos días.

Entretanto tuvieron negociaciones con los de Regio, rogándoles que ayudaran a los leontinos, puesto que también eran calcídeos de nación como ellos; mas los de Regio les respondieron resueltamente que no se querían entrometer en la guerra de los sicilianos, ni estar con los unos ni con los otros, sino que en todo y por todo harían como los otros italianos. No obstante esta respuesta, los atenienses, por el deseo que tenían de realizar su empresa de Sicilia, esperaban los trirremes que habían enviado a Egesta para saber cómo estaban las cosas de la tierra, principalmente en lo que tocaba al dinero de que los embajadores de los egesteos se habían alabado en Atenas que hallarían en su ciudad, lo cual no resultó cierto.

Durante este tiempo los siracusanos tuvieron noticias seguras de muchas partes, y principalmente por los barcos que habían enviado por espías, de cómo la armada de los atenienses había arribado a Regio. Entonces lo creyeron de veras, y con la mayor diligencia que pudieron prepararon todo lo necesario para su defensa, enviando a los pueblos de Sicilia a unos embajadores, y a otros gente de guarnición para defenderse, mandando reunir en el puerto de su ciudad todos los buques que pudieron para la defensa de ella, haciendo recuento de su gente y de las armas y vituallas que había en la ciudad, y disponiendo, en efecto, todas las otras cosas necesarias para la guerra, ni más ni menos que si ya estuviera comenzada.

Los trirremes que los atenienses habían enviado a Egesta volvieron estando estos en Regio, y les dieron por respuesta que en la ciudad de Egesta no había tanto dinero como prometieron, y lo que había podía montar hasta la suma de treinta talentos solamente, cosa que alarmó a los capitanes atenienses y perdieron mucho ánimo viendo que al llegar les faltaba lo principal en que fundaban su empresa, y que los de Regio rehusaban tomar parte en la guerra con ellos, siendo el primer puerto donde habían tocado, y a quien ellos esperaban ganar más pronto la voluntad por ser parientes y deudos de los leontinos y de una misma nación, como también porque siempre habían sido aficionados al partido de los atenienses.

Todo esto confirmó la opinión de Nicias, porque siempre creyó y defendió que los egesteos habían de engañar a los atenienses; mas los otros dos capitanes, sus compañeros, se vieron burlados por la astucia y cautela de que usaron los egesteos, cuando los primeros embajadores de los atenienses fueron enviados a ellos para saber el tesoro que tenían, pues al entrar en su ciudad los llevaron directamente al templo de Venus, que está en el lugar de Erice, y allí les mostraron las lámparas, incensarios y otros vasos sagrados que había en él, y los presentes y otros muy ricos dones de gran valor, y porque todos eran de plata, daban muestra y señal que había gran suma de dinero en aquella ciudad, pues siendo tan pequeña había tanto en aquel templo. Además, en todas las casas donde los atenienses que habían ido en aquella embajada y en las naves fueron aposentados, sus huéspedes les mostraban gran copia de vasos de oro y de plata, así del servicio como del aparador, los cuales, en su mayor parte, habían traído prestados de sus amigos, tanto de los de la tierra como de los fenicios y griegos, fingiendo que todos eran suyos, y esta su magnificencia y manera de vivir suntuosamente. Al ver los atenienses tan ricas vajillas en las casas, y estas igualmente provistas, fue grande su admiración, y al volver a Atenas, refirieron a los suyos haber visto tanta cantidad de oro y plata que era espanto. De este modo los atenienses fueron engañados; mas después que la gente de guerra que estaba en Regio conoció la verdad en contrario por los mensajeros que había enviado, enojose grandemente contra los capitanes, y estos tuvieron consejo sobre ello, expresando Nicias la siguiente opinión.

Dijo que con toda el armada junta fueran a Selinunte, adonde principalmente habían sido enviados para favorecer a los egesteos, y que si estando allí los egesteos les daban paga entera para toda la armada, entonces consultarían lo que debían de hacer, y si no les daban paga entera para toda la armada, pedirles a lo menos provisiones para sesenta naves que habían pedido de socorro. Si hacían esto, que esperase allí la armada hasta tanto que hubiesen reconciliado en paz y amistad los selinuntios con los egesteos, ora fuese por fuerza, ora por conciertos, y después pasar navegando a la vista de las otras ciudades de Sicilia para mostrarles el poder y fuerzas de los atenienses e infundir temor a sus enemigos. Hecho esto, volver a sus casas y no esperar más allí sino algunos días para, en caso oportuno, prestar algún servicio a los leontinos y atraer a la amistad de los atenienses otras ciudades de Sicilia, porque obrar de otra manera era poner en peligro el estado de los atenienses a su costa y riesgo.

Alcibíades manifestó contraria opinión, diciendo que era gran vergüenza y afrenta habiendo llegado con una tan gruesa armada tan lejos de su tierra volver a ella sin hacer nada. Por tanto, le parecía que debían enviar sus farautes y trompetas a todas las ciudades de Sicilia, excepto Siracusa y Selinunte, para avisarles su venida, y procurar ganar su amistad, excitando a los súbditos de los siracusanos y selinuntios a rebelarse contra sus señores, y atraer los otros a la alianza de los atenienses. Por este medio podrían tener ellos vituallas y gente de guerra. Ante todas cosas deberían trabajar para ganarse la amistad de los mesenios o mamertinos, porque eran los más cercanos para hacer escala yendo de Grecia y queriendo saltar en tierra, y tenían muy buen puerto, grande y seguro, donde los atenienses se podrían acoger cómodamente, y desde allí hacer sus tratos con las otras ciudades; sabiendo de cierto las que tenían el partido de los siracusanos, y las que les eran contrarias, y pudiendo ir todos juntos contra siracusanos y selinuntios para obligarles por fuerza de armas por lo menos a que los siracusanos se concertasen con los egesteos, y que los selinuntios dejasen y permitiesen libremente a los leontinos habitar en su ciudad y en sus casas.

Lámaco decía que, sin más tardar, debían navegar directamente hacia Siracusa y combatir la ciudad cogiéndoles desapercibidos antes que pudiesen prepararse para resistir, y estando perturbados, como a la verdad estarían, porque cualquier armada a primera vista parece más grande a los enemigos y les pone espanto y temor; pero si se tarda en acometerlos tienen espacio para tomar consejo, y haciendo esto cobran ánimo de tal manera que vienen a menospreciar y tener en poco a los que antes les parecían terribles y espantosos. Afirmaba en conclusión que si inmediatamente y sin más tardanza, iban a acometer a los siracusanos, estando con el temor que inspira la falta de medios de defensa, serían vencedores, e infundirían a estos gran miedo así con la presencia de la armada donde les parecería haber más gente de la que tenía, como también por temor de los males y daños que esperarían poderles ocurrir si fuesen vencidos en batalla. Además que era verosímil que en los campos fuera de la ciudad hallarían muchos que no sospechaban la llegada de la armada, los cuales, queriéndose acoger de pronto a la ciudad, dejarían sus bienes y haciendas en el campo, y todos los podrían tomar sin peligro, o la mayor parte, antes que los dueños pudiesen salvarlos, con lo cual no faltaría dinero a los del ejército para mantener el sitio de la ciudad.

Por otra parte, haciendo esto, las otras ciudades de Sicilia, inmediatamente escogerían pactar alianza y amistad con los atenienses y no con los siracusanos, sin esperar a saber cuál de las dos partes lograba la victoria. Decía además que para lo uno y para lo otro, ora se debiesen retirar, ora acometer a los enemigos, habían de ir primero con su armada al puerto de Mégara, así por ser lugar desierto, como también porque estaba muy cerca de Siracusa por mar y por tierra.