Así habló Lámaco, apoyando en cierto modo con sus argumentos el parecer de Alcibíades.
Pasado esto, Alcibíades partió con su trirreme derechamente a la ciudad de Mesena, y requirió a los mamertinos a que trabaran amistad y alianza con los atenienses; mas no pudo conseguirlo, ni le dejaron entrar en su ciudad, aunque le ofrecieron que le darían mercado franco fuera de ella, donde pudiese comprar vituallas y otras provisiones necesarias para sí y los suyos.
Alcibíades volvió a Regio, donde inmediatamente él y los otros capitanes mandaron embarcar una parte de la gente de la armada dentro de sesenta trirremes, los abastecieron de las vituallas necesarias, y dejando lo restante del ejército en el puerto de Regio con uno de los capitanes, los otros dos partieron directamente a la ciudad de Naxos con las sesenta naves, y fueron recibidos en ella de buena gana por los ciudadanos.
De allí se dirigieron a Catana, donde no les quisieron recibir, porque una parte de los ciudadanos era del partido de los siracusanos. Por esta causa viéronse obligados a dirigirse más arriba hacia la ribera del Terias, donde pararon todo aquel día, y a la mañana siguiente fueron a Siracusa con todos sus barcos puestos en orden en figura de cuerno, de los cuales enviaron diez delante hacia el gran puerto de la ciudad para reconocer si había dentro otros buques de los enemigos.
Cuando todos estuvieron juntos a la entrada del puerto, mandaron pregonar al son de la trompeta que los atenienses habían ido allí para restituir a los leontinos en sus tierras y posesiones conforme a la amistad y alianza, según les obligaban el deudo y parentesco que con ellos tenían, por tanto que denunciaban y hacían saber a todos aquellos que fuesen de nación leontinos y se hallasen a la sazón dentro de la ciudad de Siracusa, se pudiesen retirar y acoger a su salvo a los atenienses como a sus amigos y bienhechores.
Después de dar este pregón y de reconocer muy bien el asiento de la ciudad y del puerto y de la tierra que había en contorno para ver de qué parte la podrían mejor poner cerco, regresaron todos a Catana, y de nuevo requirieron a los ciudadanos para que les dejasen entrar en la ciudad como amigos.
Los habitantes, después de celebrar consejo, les dieron por respuesta que en manera alguna dejarían entrar la gente de la armada, pero que si los capitanes querían entrar solos, los recibirían y oirían de buena gana cuanto quisieran decir, lo cual fue así hecho, y estando todos los de la ciudad reunidos para dar audiencia a los capitanes, mientras estaban atentos a oír lo que Alcibíades les decía, la gente de la armada se metió de pronto por un postigo en la ciudad, y sin hacer alboroto ni otro mal alguno andaban de una parte a otra comprando vituallas y otros abastecimientos necesarios. Algunos de los ciudadanos que eran del partido de los siracusanos, cuando vieron la gente de guerra de la armada dentro, se asustaron mucho, y sin más esperar, huyeron secretamente. Estos no fueron muchos, y todos los otros que habían quedado acordaron hacer paz y alianza con los atenienses. Por este suceso fue ordenado a todos los atenienses que habían quedado con lo restante de la armada en Regio que viniesen a Catana. Cuando estuvieron juntos en el puerto de Catana, y hubieron puesto en orden su campo, tuvieron aviso de que si iban directamente a Camarina, los ciudadanos les darían entrada en su ciudad, y también que los siracusanos aparejaban su armada. Con esta nueva partieron todos navegando hacia Siracusa, mas no viendo ninguna armada aparejada de los siracusanos volvieron atrás, y fueron a Camarina.
Al llegar cerca del puerto hicieron pregonar a son de trompeta, y anunciar a los camarineos su venida, mas estos no les quisieron recibir diciendo que estaban juramentados para no dejar entrar a los atenienses dentro de su puerto con más de una nave, salvo el caso de que ellos mismos les enviasen a llamar para que fueran con barcos. Con esta respuesta se retiraron los atenienses sin hacer cosa alguna.
A la vuelta de Camarina saltaron en tierra en algunos lugares de los siracusanos para saquearlos, mas la gente de a caballo que estos tenían acudió en socorro de los lugares, y hallando a los remadores y desordenados a los atenienses, ocupándose en robar, dieron sobre ellos y mataron muchos, porque estaban armados a la ligera. Los atenienses se retiraron a Catana.