Tres años después de pasado este hecho que arriba contamos, fue Hipias echado por los lacedemonios y los Alcmeónidas, desterrados de Atenas, de la tiranía y señorío de esta ciudad. Retirose primero por propia voluntad a Sigeo, y después a Lámpsaco, con su consuegro Ayántides. De allí se fue con el rey Darío de Persia, y veinte años después, siendo ya muy viejo, vino con los medos contra los griegos, peleando en la jornada de Maratón.
Trayendo a la memoria estas cosas antiguas, el pueblo de Atenas estaba más exasperado y receloso, y se movía más para la pesquisa de aquel hecho de las imágenes de Mercurio destrozadas y de los misterios y sacrificios violados y profanados que antes hemos referido, temiendo volver a la sujeción de los tiranos, y creyendo que todo aquello fuera hecho con intento de alguna conjuración y tiranía. Por esta causa fueron presas muchas personas principales de la ciudad, y cada día crecía más la persecución e ira del pueblo, y aumentaban las prisiones, hasta que uno de los que estaban presos, y que se presumía fuera de los más culpados, por consejo y persuasión de uno de sus compañeros de prisión, descubrió la cosa, ora fuese falsa o verdadera, porque nunca se pudo averiguar la verdad, ni antes ni después, salvo que aquel fue aconsejado de que si descubría el hecho acusándose a sí mismo y algunos otros, libraría de sospecha y peligro a todos los otros de la ciudad, y tendría seguridad, haciendo esto, de poderse escapar y salvarse.
Por esta vía aquel confesó el crimen de las estatuas, culpándose y culpando a otros muchos que decía haber participado con él en el delito. El pueblo, creyendo que decía verdad, quedó muy contento, porque antes estaba muy atribulado por no saber ni poder hallar indicio ni rastro alguno de aquel hecho entre tan gran número de gente.
Inmediatamente dieron libertad al que había confesado el crimen, y con él a los que había salvado. Todos los otros que denunció, y pudieron ser presos, sufrieron pena de muerte, y los que se escaparon fueron condenados a muerte en rebeldía, prometiendo premio a quien los matase, sin que se pudiese saber por verdad si los que habían sido sentenciados tenían culpa o no.
Aunque para en adelante la ciudad pensaba haber hecho mucho provecho, en cuanto a Alcibíades, acusado de este crimen por sus enemigos y adversarios, que le culpaban ya antes de su partida, el pueblo se enojó mucho, y teniendo por averiguada su culpa en el hecho de las estatuas, fácilmente creía que también había sido partícipe en el otro delito de los sacrificios con los cómplices y conjurados contra el pueblo.
Creció más la sospecha porque en aquella misma sazón vino alguna gente de guerra de los lacedemonios hasta el istmo del Peloponeso, so color de algunos tratos que tenían con los beocios, lo cual creían que había sido por instigación del mismo Alcibíades, y que de no haberse prevenido los atenienses deteniendo a los ciudadanos que habían preso por sospechas, y castigado a los otros, la ciudad estaría en peligro de perderse por traición.
Fue tan grande la sospecha que concibieron, que toda una noche estuvieron en vela, guardando la ciudad, armados en el templo de Teseo: y en este mismo tiempo los huéspedes y amigos de Alcibíades, que estaban en la ciudad de Argos por rehenes, fueron tenidos por sospechosos de que querían organizar algún motín en la ciudad, de lo cual, como diesen aviso a los atenienses, permitieron estos a los argivos que matasen a aquellos ciudadanos de Atenas que les fueron dados en rehenes, y enviados por ellos a ciertas islas.
De esta manera era tenido Alcibíades por sospechoso en todas partes; y los que le querían llamar a juicio para que le condenasen a muerte, procuraron hacerle citar en Sicilia, y juntamente a los otros sus cómplices, de quien antes hemos hablado. Para ello enviaron la nave llamada Salaminia, y mandaron a sus nuncios le notificasen que inmediatamente les siguiese y viniera con ellos a responder al emplazamiento, pero que no le prendiesen, así por temor a que los soldados que tenía a su cargo se amotinasen, como también por no estorbar la empresa de Sicilia, y principalmente por no indignar a los mantineos ni a los argivos, ni perder su amistad, pues estos, por intercesión del mismo Alcibíades, se habían unido a los atenienses para aquella empresa.
Viendo Alcibíades el mandato y plazo que le hacían de parte de los atenienses, se embarcó en un trirreme, y con él todos los cómplices que fueron citados, y partieron con la nave Salaminia, que había ido a citarles, fingiendo que querían ir en su compañía desde Sicilia a Atenas; mas cuando llegaron al cabo de Turios, se apartaron de la Salaminia, y viendo los de esta nave que los habían perdido de vista, y no podían hallar rastro aunque procuraban saber noticias de ellos, se dirigieron a Atenas.
Poco tiempo después, Alcibíades partió de Turios, y fue a desembarcar en tierra del Peloponeso, como desterrado de Atenas.