De la parte contraria, los siracusanos pusieron a punto su gente, así los de la ciudad como los extranjeros, todos bien armados, entre los cuales estaban los selinuntios, que fueron los primeros en avanzar, y tras ellos los de Gela que eran hasta doscientos caballos y los de Camarina hasta veinte, y cerca de cincuenta flecheros. Pusieron todos los de a caballo en la punta derecha que serían hasta mil y doscientos, y tras ellos toda la otra infantería y los tiradores. Estando las haces ordenadas a punto de batalla, porque los atenienses eran los primeros que habían de acometer, Nicias, su capitán, puesto en medio de todos les habló de esta manera:
XII.
Arenga de Nicias a los atenienses para animarlos a la batalla.
«Varones atenienses y vosotros nuestros aliados y compañeros de guerra, no necesito haceros grandes amonestaciones para la batalla, aunque para esto solo os habéis reunido aquí; y no lo necesito porque, a mi parecer, este aparato de guerra que al presente veis que tenemos tan bueno es más que bastante para daros esfuerzo y osadía, y mejor que todas las razones por convincentes que fuesen, si por el contrario tuviésemos fuerzas muy flacas. Porque estando aquí juntos argivos, mantineos y atenienses, y los mejores y más principales de las islas, decidme, ¿hay razón para que con tantos y tan buenos amigos y compañeros de guerra no tengamos por cierta y segura la victoria? Con tanto más motivo cuanto que nuestra contienda es con hombres de comunidad y canalla, no escogidos para pelear como nosotros, y estos sicilianos aunque de lejos nos desafían, de cerca no se atreverán a esperarnos, porque no tienen tanto saber ni experiencia en las armas cuanto atrevimiento y osadía.
»Por tanto, bueno será que cada cual de vosotros piense consigo mismo que aquí estamos en tierra extraña y muy lejos de la nuestra, y que por ninguna vía estos sicilianos serán amigos nuestros, ni los podemos conquistar ni ganar de otra suerte sino con las armas en la mano peleando animosamente.
»Quiero, pues, deciros todas las razones contrarias a las que sé muy bien que dirán los capitanes enemigos a los suyos. Diránles que miren pelean por la honra y defensa de su tierra, y yo os digo que miréis que nosotros estamos en tierra extraña, en la cual nos conviene vencer peleando, o perder del todo la esperanza de poder regresar salvos a la nuestra, pues sabemos la mucha caballería que tienen, con la cual nos podrán destruir si una vez nos viesen desordenados.
»Así, pues, como hombres valientes y animosos, acordándoos de vuestra virtud y esfuerzo, acometed con ánimo y corazón a vuestros enemigos, y pensad que la necesidad en que podemos encontrarnos es mucho más de temer que las fuerzas y poder de los enemigos.»
Cuando Nicias arengó de esta manera a los suyos, mandó que saliesen derechamente contra los enemigos, los cuales no esperaban que los atenienses les presentaran la batalla tan pronto, y por esta causa algunos habían ido a la ciudad que estaba cerca de su campamento. Mas al saber la venida de los enemigos salieron a buen trote de la ciudad para unirse con los suyos y ayudarles, aunque no pudieron ir ordenadamente, sino mezclados y entremetidos unos con otros.
En esta batalla, como en las otras, mostraron que no tenían menos esfuerzo y osadía que los contrarios, ni menos saber ni experiencia de la guerra que los atenienses, defendiéndose y acometiendo valerosamente al ver la oportunidad, y cuando les era forzado retirarse, lo hacían, aunque muy contra su voluntad.
Esta vez, no creyendo que los atenienses les acometerían los primeros, y a causa de ellos, cogidos por sorpresa, arrebataron sus armas y les salieron al encuentro.