Al principio hubo una escaramuza de ambas partes entre los honderos y flecheros y tiradores que duró buen rato, revolviendo los unos sobre los otros, según suele suceder en tales encuentros de gente de guerra armados a la ligera. Mas después que los adivinos de una parte y de la otra declararon que los sacrificios se les mostraban prósperos y favorables, dieron la señal para la batalla, y llegaron a encontrarse los unos contra los otros en el orden arriba dicho con gran ánimo y osadía, porque los siracusanos tenían en cuenta que peleaban por su patria, por la vida y salud de todos y por su libertad en lo porvenir, y por el contrario, los atenienses, pensaban que combatían por conquistar y ganar la tierra ajena, y no recibir mal ni daño en la suya propia si fuesen vencidos, y los argivos y los otros aliados suyos que eran libres y francos, por ayudar a los atenienses señaladamente en aquella jornada, y también por la codicia que cada cual de ellos tenía de volver rico y victorioso a su tierra.

Los otros súbditos de los atenienses peleaban también de tan buena gana, porque no esperaban poder regresar salvos a su tierra si no alcanzaban la victoria, y aunque otra cosa no les moviera, pensaban que haciendo su deber, y peleando valientemente, en adelante serían mejor tratados por sus señores, por razón de haberles ayudado a conquistar tan hermosa tierra.

Cuando cesaron los tiros de venablos y piedras de una parte y de otra, al venir a las manos, pelearon gran rato sin que los unos ni los otros retrocediesen; mas estando en el combate sobrevino un gran aguacero con muchos truenos y relámpagos, de lo cual los siracusanos, que entonces peleaban por primera vez, se espantaron grandemente por no estar acostumbrados a las cosas de la guerra; pero los atenienses, que tenían más experiencia y estaban habituados a ver semejantes tempestades, atribuyeron aquello a la estación del año y no hacían acaso. Esto aumentó el miedo de los siracusanos pensando que los enemigos tomaban aquellas señales del cielo en su favor y en daño de ellos.

Los primeros de todos los argivos por una parte y los atenienses por otra, cargaron tan reciamente sobre el ala izquierda de los siracusanos que los desbarataron y pusieron en huida, aunque no los siguieron gran trecho al alcance, por temor a la gente de a caballo de los enemigos, que era mucha y no había sido aún rota, sino que estaba firme y fuerte en su posición, y cuando iban algunos de los atenienses demasiado adelante, los suyos salían a ellos y los detenían mal de su grado.

Por esta causa los atenienses seguían cerrados en un escuadrón al alcance a los siracusanos que huían hacia donde pudieron. Después se retiraron en orden a su campo, y allí levantaron trofeo en señal de victoria. Los siracusanos se retiraron asimismo lo mejor que pudieron, y se reunieron en su campamento, junto al camino de Heloro. Desde allí enviaron parte de su gente al templo Olimpieo que estaba cerca, temiendo que los atenienses fueran a robarlo, porque había dentro gran cantidad de oro y plata, y el resto del ejército se metió en la ciudad. Los atenienses no quisieron ir hacia el templo, ocupándose en recoger los suyos que habían muerto en la batalla, y estuvieron quedos aquella noche.

Al día siguiente los siracusanos reconociendo la victoria a los atenienses les pidieron sus muertos para sepultarlos, hallando entre todos, así de los ciudadanos como de sus aliados, hasta doscientos cincuenta, y de los atenienses y de sus aliados cerca de cincuenta.

Cuando los atenienses quemaron los muertos, según tenían por costumbre, recogidos sus huesos con los despojos de los enemigos volvieron a Catana, porque ya se acercaba el invierno, y no era tiempo de hacer guerra, ni tampoco tenían buenos recursos para hacerla hasta que llegara la gente de a caballo que esperaban, así de los atenienses como de sus aliados, y además dinero para pagar los equipos y provisiones necesarias. Proyectaban también tener durante el invierno negociaciones e inteligencias con algunas ciudades de Sicilia, y atraerlas a su devoción y partido, teniendo por causa bastante el buen suceso de la victoria alcanzada, y además querían acopiar las provisiones de vituallas y de todas las otras cosas necesarias para poner de nuevo cerco a Siracusa en el verano. Estas fueron en efecto las causas principales que movieron a los atenienses a pasar el invierno en Catana y en Naxos.

XIII.

Los siracusanos, después de nombrar nuevos jefes y de ordenar bien sus asuntos, hacen una salida contra los de Catana. — Los atenienses no pueden tomar Mesena.

Después que los siracusanos sepultaron sus muertos e hicieron las exequias acostumbradas, se reunieron todos en consejo, y en esta asamblea Hermócrates, hijo de Hermón, que era tenido por hombre sabio y prudente y avisado para todos los negocios de la república, y muy experimentado en los hechos de la guerra, les dijo muchas razones para animarles, diciendo que la pérdida pasada no había sido por falta de consejo, sino por haberse desordenado; ni era tan grande como pudiera razonablemente esperarse, considerando que de su parte no había sino gente vulgar y no experimentados en la guerra, y que los atenienses, sus enemigos, eran los más belicosos de toda Grecia, y tenían la guerra por oficio más que otra cosa alguna. Además les había dañado en gran manera los muchos capitanes que tenían los siracusanos que pasaban de quince, los cuales no eran muy obedecidos por los soldados.