Todos estos embajadores fueron a Lacedemonia, y a los pocos días llegaron también allí Alcibíades y los otros desterrados de Atenas, que desde Turios, donde primeramente aportaron, pasaron a Cilene, que es tierra de Élide, y de allí a Lacedemonia, bajo la seguridad y salvoconducto de los lacedemonios que les habían mandado ir, porque sin esto no se atreverían a causa del tratado hecho con los mantineos.
Estando los lacedemonios reunidos en su Senado entraron los embajadores corintios, los siracusanos y Alcibíades con ellos, y todos juntos expusieron su demanda con igual objeto.
Aunque los éforos y los otros gobernadores de Lacedemonia habían determinado enviar embajada a los siracusanos para aconsejarles que no hiciesen concierto con los atenienses, no por eso tenían deseo de darles socorro alguno, pero Alcibíades, para moverles a ello, les hizo el razonamiento siguiente:
«Varones lacedemonios, ante todas cosas me conviene primeramente hablar de aquello que a mí en particular toca y podría ser objeto de calumnia. Si por razón de esta calumnia me tenéis por sospechoso, en ninguna manera deis crédito a mis palabras cuando os dijere algo tocante al bien y pro de vuestra república.
»En tiempos pasados mis progenitores, por causa de cierta acusación contra ellos, dejaron el domicilio y hospitalidad que tenían en vuestra ciudad. Yo después le quise volver a tomar, y por ello os he servido y honrado en muchas cosas, y entre otras principalmente en la derrota y pérdida que sufristeis en Pilos. Perseverando en esta buena voluntad y afición que siempre tuve a vosotros y a vuestra ciudad, os reconciliasteis con los atenienses e hicisteis con ellos vuestros conciertos, dando con ellos fuerzas a mis contrarios y enemigos y haciéndome gran deshonra y afrenta.
»Esta fue la causa por que me pasé a los mantineos y a los argivos con sobrada razón, y estando con ellos y siendo vuestro enemigo, os hice todo el daño que pude.
»Si alguno hay de vosotros que desde entonces me tenga odio y rencor por el mal que os hice, puede ahora olvidarlo si quiere mirar a la razón y a la verdad; y si algún otro tiene mal concepto de mí porque favorecía a los de mi pueblo y era de su bando, tampoco acierta queriéndome mal o considerándome sospechoso.
»Nosotros los atenienses siempre fuimos enemigos de los tiranos. Lo que puede ser contrario al tirano que manda se llama el pueblo, y por esta causa la autoridad y mando del pueblo siempre ha permanecido entre nosotros firme y estable, y así mientras la ciudad mandaba y valía, fueme forzoso muchas veces andar con el tiempo y seguir las cosas de entonces, pero siempre trabajé por corregir y reprimir la osadía y atrevimiento de los que querían fuera de justicia y razón guiar los asuntos a su voluntad, porque siempre hubo en tiempos pasados, y también los hay al presente, gentes que procuran engañar al pueblo aconsejándole lo peor, y estos son los que me han echado de mi tierra.
»Ciertamente, en todo el tiempo que tuve mando y autoridad en el pueblo le aconsejé su bien, y aquello que entendía ser lo mejor a fin de conservar la ciudad en libertad y prosperidad según estaba antes, y aunque todos aquellos que algo entienden, saben bien qué cosa es el mando de muchos, ninguno lo conoce mejor que yo por la injuria que de ellos he recibido.
»Si fuese menester hablar de la locura y desvarío de estos, que a todos es notorio y manifiesto, no diría cosa que no fuese cierta y probada. Mas, en fin, no me pareció oportuno trabajar entonces por mudar el estado de la república cuando estábamos cercados por vosotros nuestros enemigos. Lo dicho baste por lo que toca a las calumnias que podrían engendrar odio y sospecha contra mí entre vosotros.