Por esta causa murieron muchos de sus marineros por falta de agua fresca, que necesitaban buscarla bien lejos de allí, sin perjuicio de que cuando salían a tierra para traer leña y provisiones, la gente de a caballo de los siracusanos que estaba en el campo los hería y mataba, y lo mismo hacía la gente de guarnición que tenían en una villa situada junto al Olimpieo, y que los siracusanos habían puesto allí para impedir que los atenienses que estaban en Plemirio pudiesen hacerles mal alguno.
Avisado Nicias de que llegaban las galeras de los corintios, envió para salirles al encuentro hasta veinte de las suyas, y ordenó al capitán de esta armada que las esperase entre Locros y Regio, y les acometiese en el estrecho de Sicilia.
Durante este tiempo Gilipo trabajó también para acabar el muro que tenía comenzado entre la ciudad y Epípolas, y aprovechando la piedra y materiales que los atenienses habían juntado allí para su labor. Hecho esto salía muchas veces fuera de la ciudad con su gente y la de los siracusanos en orden de batalla, y los atenienses por su parte hacían lo mismo.
Cuando pareció a Gilipo tiempo oportuno de acometer a los enemigos, fue a dar en ellos con toda furia, mas a causa de que el combate se hacía entre los fuertes y parapetos de una parte y de otra, en lugar mal dispuesto para poder pelear los de a caballo, de que los siracusanos tenían gran número, fueron vencidos estos y los peloponesios, y quedaron los atenienses victoriosos, devolviendo los muertos a sus contrarios y levantando un trofeo en señal de triunfo.
Después de esta batalla, Gilipo mandó reunir a todos los suyos y les habló de pasada, diciéndoles que no desmayasen, pues aquella pérdida no había ocurrido por falta de ellos, sino solo por culpa suya, que les mandó pelear en lugar estrecho, donde no se podían ayudar de la gente de a caballo, y menos de los tiros de dardos y piedras, por lo cual había determinado hacerles salir de nuevo a pelear en otro lugar más a propósito para la batalla. Por tanto, que se acordasen de que eran dorios y peloponesios, y que sería gran afrenta dejarse vencer por jonios de nación e isleños, y otros advenedizos, siendo tantos en número como ellos.
Dicho esto, cuando le pareció que era tiempo, los sacó otra vez al campo en orden de batalla, y también Nicias había determinado, si no salían a pelear los enemigos, presentarles la batalla, para estorbarles que acabasen los muros y parapetos que tenían comenzados junto a los suyos, que ya estaban muy altos, y le parecía que si pasaban adelante, los mismos atenienses estarían antes cercados por los siracusanos que no los siracusanos por ellos, y en peligro de ser vencidos. Por esto determinó salir a la batalla.
Había Gilipo puesto en orden la gente de a caballo y tiradores más lejos de los muros que no la vez pasada, en un lugar espacioso, donde los muros y parapetos de ambas partes estaban muy apartados, y cuando la batalla fue comenzada, los suyos atacaron la extrema izquierda de los atenienses con tanto ímpetu, que les hicieron volver las espaldas y les pusieron en huida, con lo cual los siracusanos y peloponesios consiguieron la victoria esta vez, porque todos los contrarios, viendo huir a los atenienses, hicieron lo mismo y se retiraron a sus fuertes.
En la noche siguiente, los siracusanos levantaron su muro a igual del de los enemigos, y aún más, de manera que los contrarios no podían impedirles continuar su muro tan adelante como quisiesen, y aunque fuesen vencidos en batalla, no podían ya cercarlos con muralla.
Tras esto llegaron las naves de los corintios, leucadios y ambraciotes, que serían en número de doce, al mando del corintio Erasínides, el cual había engañado a las naves de los atenienses que les salieron al encuentro, pues hurtándoles el viento, pasaron adelante.
Desde su llegada, ayudaron a los siracusanos a acabar el muro que tenían comenzado hasta juntarlo con el otro que venía al través.