La causa de esta victoria fue que las naves de los siracusanos, que combatían a la boca del gran puerto, yendo a caza de los enemigos que estaban de frente, entraron de tropel sin orden alguna, de tal manera, que unas tropezaban con otras. Viendo esto los atenienses, así los que combatían fuera del puerto, como los que habían sido vencidos dentro, se unieron y dieron juntos sobre las que estaban dentro del puerto, y sobre las que estaban fuera, con tanto ímpetu, que las pusieron en huida, echando once a fondo, y muriendo todos los que estaban dentro, cogieron tres y otras tres destrozaron.
Pasada esta victoria, los atenienses se apoderaron de los despojos de los naufragios de los enemigos, y levantaron trofeo en señal de triunfo en la isla pequeña que está junto a Plemirio, y después se retiraron a su campo.
De la parte de los siracusanos, a causa de los tres muros que habían tomado junto a Plemirio, levantaron tres trofeos en señal de victoria.
De estos tres muros abatieron uno, y los otros los repararon y pusieron en ellos buena guarda.
En la toma de estos muros fueron muertos muchos atenienses y otros prisioneros, y además les cogieron todo el dinero que era gran suma, porque tenían este lugar como un fuerte para reunir y guardar todo su tesoro y todas sus municiones y mercaderías, no solamente del estado de Atenas, sino también de los capitanes, mercaderes y hombres de guerra que iban por su cuenta. Entre otras cosas fueron halladas las velas de cuarenta trirremes y los demás aparejos, y tres trirremes que allí habían sacado a la orilla.
La toma de Plemirio causó gran daño a los atenienses, principalmente porque a causa de ella no podían en adelante llevar provisiones a su campo sin gran peligro, pues los trirremes que allí había de los siracusanos se lo impedían. Esto infundió gran pavor a los atenienses.
Después de la batalla, los siracusanos enviaron doce barcos al mando de su compatriota Agatarco; en uno de ellos iban algunos embajadores que enviaban al Peloponeso para hacer saber a los peloponesios lo que se había hecho, y la buena esperanza que tenían de vencer a los atenienses, y también para excitarles a que les enviasen socorro y tomasen aquella guerra con buen ánimo. Las otras once naves fueron a Italia, porque corría la noticia de que los atenienses enviaban algunos barcos cargados de madera y municiones a su campamento de Siracusa. Estos once buques de los siracusanos encontraron en la mar los de los atenienses, cogieron el mayor número de ellos con todo lo que venía dentro, y quemaron toda la madera que traían para hacer barcos a orillas de la mar junto a Caulonia.
Hecho esto, partieron para el puerto de Locros, y estando en dicho lugar aportó un barco procedente del Peloponeso, que enviaban los tespios cargado de gente de guerra en socorro de los siracusanos, cuya gente metieron en sus naves y el barco de Tespias regresó a su tierra.
A la vuelta encontraron junto a la costa de Mégara veinte galeras atenienses que estaban espiándoles el paso, y estas les cogieron una galera de las once. Las otras escaparon, llegando a Siracusa.
Pasado esto, hubo otro encuentro pequeño entre los atenienses y los siracusanos, en el mismo puerto de Siracusa, junto a un parapeto de madera que los siracusanos habían hecho delante de las atarazanas viejas para tener allí dentro sus barcos seguros. Los atenienses hicieron llegar una nave gruesa, recia y muy bien armada para que pudiese sufrir todos los golpes de tiro de piedras, y detrás de ella había muchos bateles pequeños, dentro de los cuales, y también dentro de la nave, iban gentes que con máquinas y pertrechos arrancaban los maderos y estacas de palo de aquel parapeto que estaban fijadas y plantadas dentro de la mar, a lo cual los siracusanos resistían con grandes tiros de dardos y piedras que les lanzaban desde las atarazanas, y lo mismo hacían los de la nave contra ellos. Al fin los atenienses rompieron una gran parte del parapeto, aunque con gran trabajo y dificultad, por la multitud de estacas de madera que estaban sumidas en el agua, las cuales habían plantado de intento a fin de que los barcos de los atenienses, si querían entrar allí, encallasen y corriesen peligro; pero los atenienses buscaron nadadores que buceando las cortaban debajo del agua; cuando se retiraban, los siracusanos hacían plantar otras estacas que sustituían a las arrancadas.