De esta suerte cada día hacían alguna empresa o invención nueva unos contra otros, según es de creer entre dos ejércitos acampados el uno cerca del otro. Además había muchas escaramuzas y encuentros pequeños de todas suertes, maneras y ocasiones que era posible.

Los siracusanos enviaron embajadores a los lacedemonios, a los corintios y a los ambraciotes, para hacerles saber la toma de Plemirio, y asimismo la batalla que habían librado en el mar, dándoles a entender que la victoria de los atenienses contra ellos no había sido por esfuerzo y valentía de aquellos, sino por el desorden de los mismos siracusanos, y por eso tenían fundada esperanza de que al fin quedarían victoriosos, con tal que fuesen ayudados y socorridos por ellos. Por tanto, les pedían que les enviaran de socorro barcos y gente antes que llegase la armada que los atenienses iban a mandar para rehacer la suya, porque, haciéndolo así, podrían derrotar a los que estaban en el campo antes que viniesen los otros, y dar fin a la guerra.

Este era el estado de las cosas en Sicilia.

V.

Necesidades que sufría Atenas por la guerra. — Algunos tracios que fueron a servir a los atenienses y se volvieron por falta de paga, al regresar destruyen la ciudad de Micaleso, y después son casi todos dispersados.

Mientras estas cosas pasaban en Sicilia, Demóstenes, con la gente que había allegado para ir en socorro del campamento de los atenienses delante de Siracusa, se embarcó en Egina, y de allí fue costeando a lo largo del Peloponeso, reuniéndose con Caricles, que le esperaba allí con treinta naves, en las cuales embarcó la gente de guerra que los argivos enviaron por su parte.

Desde allí navegaron derechamente hacia tierra de Lacedemonia, y primero descendieron en la región de Epidauro Limera, la cual talaron y destruyeron en gran parte.

De allí fueron a salir a tierra de Laconia al cabo de Citera, frente al templo de Apolo, donde hicieron algún daño y cercaron de muro un estrecho semejante al de Corinto, llamado Istmo, para refugio de los hilotas o esclavos de los lacedemonios que quisieran huir de sus señores, y también para acoger ladrones y corsarios que robasen y destruyesen la tierra en torno, según hacían directamente los que estaban dentro de Pilos. Mas antes que el muro fuese hecho, Demóstenes partió hacia Corcira para tomar de allí la gente que había de venir de aquella parte, y pasar con ella, cuando estuvo terminado, a Sicilia, y dejó allí a Caricles con sus treinta naves para que acabase el muro. Cuando estuvo terminado, después de haber puesto en él gente de guarnición, partió Caricles en seguimiento de Demóstenes, y lo mismo hicieron los argivos.

En este mismo verano llegaron a Atenas mil y trescientos soldados tracios, que ceñían espadas de dos filos y eran naturales de tierra de Dío, todos muy bien armados y con sus escudos, mandados allí para pasar con Demóstenes a Sicilia y que, por llegar muy tarde, después de la partida de Demóstenes, determinaron los atenienses hacerles volver a su tierra, pues detenerlos allí para la guerra que tenían en Decelia, parecíales costoso, atendiendo a que cada uno de ellos quería de sueldo una dracma diaria, y el dinero comenzaba a escasear en Atenas.

Después que los peloponesios cercaron de muro y fortificaron la villa de Decelia, en aquel verano pusieron también gente de guarnición en todas las villas y ciudades donde remudaban sus cuarteles, lo cual produjo grandes males y pérdidas a los atenienses, así de dinero como de otros bienes, pues cuando otras veces los peloponesios iban a recorrer su tierra no paraban en ella mucho tiempo, y regresaban a sus ciudades, los atenienses podían sin obstáculo labrar su tierra y gozar de los frutos de ella a su voluntad. Pero cercada de muro la villa de Decelia y puesta dentro guarnición, los atenienses eran continuamente atacados y casi cercados por la gente de guarnición, que no cesaban de recorrer y robar la tierra; a veces con muchos hombres de guerra, y otras con muy pocos. Muy a menudo lo hacían por la necesidad que tenían de guardarse y por coger vituallas y otras provisiones que necesitaban. Y sobre todo mientras Agis, rey de Lacedemonia, estuvo allí con todo su campo, fueron en gran manera perjudicados los atenienses, porque no dejaba descansar a su gente, y continuamente los hacía trabajar, mandándoles recorrer y robar tierras de los enemigos, de tal modo que hicieron gran daño en toda la región de Atenas.