Para mayor infortunio, los esclavos que tenían los atenienses huyeron y se pasaron a los peloponesios. Serían en número de veinte mil, y casi todos ellos, o la mayor parte, eran de oficios mecánicos. Juntamente con esto, se les murió casi todo el ganado grande y pequeño, y además, sus caballos fueron en poco tiempo tan trabajados, que no se podían servir ni aprovechar de ellos, porque la gente de a caballo estaba continuamente en campaña, así para resistir a los enemigos posesionados de Decelia, como por impedir que la tierra de Ática fuese robada y destruida. Con tan constante servicio unos caballos estaban enfermos y lisiados, otros cojos y resentidos de correr a menudo por aquella tierra que era seca y dura, y muchos heridos así de tiros de dardos como de golpes de mano.

También las vituallas y provisiones que acostumbraban a traerles a la ciudad de tierra de Eubea y de Oropo, y que solían pasar por la villa de Decelia, que era el camino más corto, fue preciso llevarlas de otras partes más lejanas y que rodeasen por mar el cabo de Sunio, que era cosa de gran trabajo y gasto, por cuyo motivo la ciudad estaba en gran necesidad de todas las cosas que convenían traer de fuera.

Por otra parte, los ciudadanos que se habían retirado y recogido todos en la ciudad, estaban muy fatigados a causa de la guardia que necesitaban hacer sin cesar, así de noche como de día, porque de día había continuamente cierto número de gente en lo alto de los muros, que se relevaba por veces, y de noche todos estaban en vela armados, excepto la gente de a caballo; los unos sobre los muros y los otros repartidos por la ciudad, así en tiempo de verano como en invierno, que era un trabajo intolerable, ocasionado por sostener a un mismo tiempo dos grandes guerras. Con todo esto estaban tan obstinados y porfiados, que ninguna persona lo pudiera creer si no lo viera, pues aunque acometidos y cercados hasta los muros, no por eso querían dejar la empresa de Sicilia, sino que casi sitiados como estaban, deseaban mantener el cerco que tenían sobre la ciudad de Siracusa, la cual no era mucho menor que Atenas, queriendo por estos medios mostrar sus fuerzas, poder y osadía mucho mayor que los otros griegos suponían, pues al comienzo de la guerra algunos juzgaban que los atenienses podrían sostenerla por espacio de dos años y otros por tres a todo tirar, y últimamente ninguno lo creía si llegaba el caso, que llegó, de que los peloponesios entrasen en su tierra.

Con todo esto, desde la primera vez que entraron, y hasta que los atenienses enviaron su armada a Sicilia, transcurrieron diez y siete años enteros sin quedar tan quebrantados con esta guerra de diez y siete años en su tierra, que no emprendiesen la de Sicilia, que no era inferior, en opinión de las gentes, que la primera.

Estando así apurada la ciudad de Atenas por la pérdida de la villa de Decelia, como por los otros gastos arriba dichos, tuvo gran necesidad de dinero, por cuya causa aquel año impusieron a los súbditos de los lugares marítimos, en lugar del tributo que daban antes, uno de la veintena de sus haciendas, pensando que por esta vía sacarían más dinero que del tributo ordinario, y así era menester, pues los gastos eran tanto más grandes cuanto estas guerras eran mayores que las primeras, y sus rentas ordinarias estaban agotadas.

Este fue el motivo de que tan pronto como los tracios, que venían en su socorro, llegaron, según hemos dicho, los hicieron regresar por falta de dinero, y encargaron llevarlos por mar a Diítrefes, al cual mandaron que en el viaje buscase manera para que aquellos tracios hiciesen algún daño en Eubea y en las otras tierras marítimas de los enemigos junto a las cuales pasasen, porque por necesidad habían de pasar el estrecho de Eubea, llamado Euripo.

Diítrefes saltó en tierra con los tracios en el puerto de Tanagra, hizo algunos robos apresuradamente, y tras esto les mandó volver a embarcarse y los llevó derechamente a Calcis, que está en tierra de Eubea. De noche pasó el estrecho, penetró en Beocia, y saltando en tierra, hizo caminar toda la noche a su gente hacia la ciudad de Micaleso y les mandó que se escondiesen dentro del templo de Mercurio, que está de la ciudad cerca de diez y seis estadios. Cuando fue de día les ordenó salir y caminar hacia la ciudad, la cual, aunque era muy grande, la tomó inmediatamente, porque no tenía guardas, y los ciudadanos no sospechaban mal alguno, no pensando que corsarios y otros enemigos, yendo por mar, osaran internarse tanto en tierra. Por esta causa tenían muy ruines muros para la cerca de su ciudad, en muchas partes estaban caídos y en otras muy bajos, y porque no temían asechanzas y traiciones, no cuidaban de cerrar las puertas.

Cuando los tracios estuvieron dentro de la ciudad, la robaron y saquearon toda, así los templos y lugares sagrados como las casas particulares y lugares profanos, y lo que es peor, mataron a todos cuantos hallaron, hombres y mujeres de cualquier edad que fuesen, y bestias y ganados, porque tal es la condición de los tracios, que son los más bárbaros entre todas las otras gentes para cometer toda suerte de crueldades, en cualquier parte donde se pueden hallar sin temor.

Entre otras muchas crueldades, hicieron una muy grande, que fue entrar en las escuelas donde estaban los niños y escolares aprendiendo, que eran en gran número, y los mataron a todos. Fue esta desventura tan grande y tan súbita, y no pensada, cual nunca jamás se vio en una ciudad.

Sabida la cosa por los tebanos, salieron inmediatamente tras ellos y alcanzáronlos cerca de la ciudad, peleando con ellos y venciéndolos y desbaratándolos de tal manera, que les hicieron dejar la presa. Después los siguieron hasta el estrecho y allí mataron muchos que no se pudieron embarcar en sus naves a causa de que los que quedaron dentro de ellas para guardarlas, viendo acercarse a los enemigos, las retiraron mar adentro donde estuviesen fuera del peligro de los dardos y armas arrojadizas, y los que no pudieron entrar primero ni sabían donde acogerse, fueron todos muertos. Hubo allí una gran matanza, porque hasta tanto que llegaron a orilla del mar, se retiraban todos juntos en buen orden según tenían por costumbre, de tal manera, que se podían muy bien defender contra la gente de a caballo de los tebanos que eran los primeros que los habían acometido, de suerte que perdieron muy pocos de los suyos, mas después que llegaron a la orilla, a la vista de sus naves, rompieron la ordenanza por codicia de meterse en ellas; también algunos fueron cogidos dentro de la ciudad donde se habían quedado por robar, los cuales asimismo fueron todos muertos; de manera que de mil trescientos tracios que eran, no escaparon sino doscientos cincuenta.