De los tebanos y de otros que fueron con ellos, no murieron más de veinte de a caballo, entre los cuales, uno de los gobernadores de Beocia, llamado Escirfondas, y los que antes dijimos, que fueron muertos dentro de la ciudad, donde se ejecutó aquella crueldad y desventura, que fue la mayor que pudo ocurrir a cualquier villa o ciudad en todo aquel tiempo que duró la guerra.
VI.
Lo que hicieron los capitanes atenienses Demóstenes y Eurimedonte en el camino cuando iban en socorro de los sitiadores de Siracusa. — Auxilio que reciben los sitiados. — Batalla naval entre atenienses y peloponesios junto a Naupacto.
Volvamos a lo que se hacía en Grecia. Después que Demóstenes cercó de muro el lugar de que arriba hemos hablado en tierra de Laconia, partió para pasar a Corcira, y navegando mar adelante, encontró en el puerto de Fía, que está en tierra de Élide, un trirreme cargado de gente de guerra de los corintios, que quería pasar a Sicilia, el cual echó a fondo, aunque los que en él iban se salvaron, y después volvieron a embarcarse en otro y pasaron a Sicilia.
Desde allí fue Demóstenes a Zacinto y Cefalenia, donde tomó alguna gente de guerra que embarcó en sus naves, y después a Naupacto, donde mandó ir a los mesenios.
Desde Naupacto atravesó la mar y pasó a Acarnania, que está de la otra parte en tierra firme, y de allí fue a las villas de Alicia y de Anactorio, que eran del partido de los atenienses. Estando en esto, acaeció que Eurimedonte, que por aquella mar volvía de Sicilia, donde había sido enviado para llevar dinero a la armada, fue a buscar allí a Demóstenes y le dijo, entre otras cosas, que sabía que los siracusanos habían recobrado a Plemirio.
Poco después llegó a ellos Conón, que era el capitán de Naupacto, y les dijo que había veinticinco barcos de los corintios en la costa frente a Naupacto, y no cesaban de ir a acometerles, ni esperaban ya sino la batalla, y por eso les demandó que le proveyesen de naves en número bastante, porque él solo tenía diez y ocho, las cuales no eran bastantes para combatir a veinticinco.
Demóstenes y Eurimedonte accedieron a su demanda y le dieron diez de las suyas, las más ligeras, con las cuales regresó, y ellos partieron para ir a reunir gente, según les habían encargado, a saber: Eurimedonte, enviado por compañero de Demóstenes, a Corcira, donde llenó quince de sus trirremes con gente de la tierra, y Demóstenes por tierra de Acarnania, donde tomó a sueldo todos los honderos y tiradores que pudo para Sicilia.
Después que los embajadores de los siracusanos que habían sido enviados a las otras ciudades de Sicilia para obtener socorro cumplieron su misión y persuadieron a muchos de aquellos a quien demandaban ayuda, cogiendo a sueldo alguna gente de dichas ciudades para llevarlas a Siracusa, Nicias, que fue advertido de ello, envió mensaje a todas las ciudades y villas que eran de su partido por donde había de pasar necesariamente aquella gente de guerra, y principalmente a los de Centóripa y Alicias, para que les impidieran el paso con todo su poder. Los reclutados no podían buenamente ir por otra parte, a causa de que los acragantinos les negaban el paso. A la demanda de Nicias otorgaron de buena gana aquellas ciudades, y pusieron emboscadas al paso en tres partes, las cuales acometieron de improviso a aquella gente de guerra, mataron cerca de ochocientos, y juntamente con ellos a todos los embajadores, excepto uno que era natural de Corinto, el cual llevó todos los que se salvaron a Siracusa, que fueron cerca de mil y quinientos.
Al mismo tiempo llegó a los siracusanos otro socorro, el de los camarineos, que les dieron quinientos hombres muy bien armados y seiscientos tiradores, y los de Gela les enviaron cinco naves, en las cuales iban cuatrocientos ballesteros y doscientos de a caballo.