En efecto, excepto los acragantinos, que eran del partido de los atenienses, la mayor parte de toda la tierra de Sicilia, aunque hasta aquel tiempo no se había declarado, envió socorro a los siracusanos, los cuales, con todo esto, por la pérdida sufrida de los ochocientos hombres en los pasos de Sicilia, como antes se ha dicho, no osaron tan pronto acometer a los atenienses.
Entretanto Demóstenes y Eurimedonte, habiendo reunido gran número de gente, así de Corcira como de la tierra firme, pasaron la mar de Jonia y aportaron en el cabo de Yapigia. En este lugar y en las islas Quérades, allí cercanas, cogieron ciento y cincuenta ballesteros de la nación de los mesapios por consentimiento de Arta, señor de aquel lugar, con el cual renovaron la amistad que antiguamente había entre los atenienses y él.
Partidos de allí fueron a aportar a Metapontio, que está en Italia, donde persuadieron a los de la villa a que les diesen trescientos tiradores y dos naves, por razón de la confederación y alianza antigua que con ellos tenían.
De allí fueron a Turios, donde entendieron que todos aquellos que seguían el partido de los atenienses habían sido lanzados poco antes de la tierra, y pararon algunos días con toda la armada por saber si había quedado en la ciudad alguna persona que fuese del bando de los atenienses, y también por hacer con ellos más estrecha amistad y alianza que tenían antes, a saber: que fuesen amigos de amigos y enemigos de enemigos.
En este tiempo los peloponesios, que tenían los veinticinco trirremes anclados en la playa de Naupacto, para guarda y seguridad de los barcos que habían de pasar por allí con el socorro que enviaban a Siracusa, se preparaban para combatir contra los de los atenienses, que estaban en el puerto de Naupacto, y también habían abastecido de gente otras naves, de manera que serían poco menos en número que los atenienses.
Fueron a echar anclas en una playa de Acaya junto a Eríneo, en Ripas, que tiene forma de media luna. En las rocas que estaban a los lados de aquella costa habían puesto su gente de a pie, así de los corintios como de los de la tierra, de manera que la armada quedaba en medio guardada por la parte de tierra y toda junta. Su capitán era el corintio Poliantes.
Contra esta armada fueron los treinta y tres trirremes atenienses que estaban en el puerto de Naupacto, cuyo capitán era Dífilo; viendo lo cual, los corintios al principio se estuvieron quedos en su sitio, sin salir fuera; mas cuando les pareció que era tiempo, salieron contra los atenienses y combatieron gran rato una armada contra la otra, de manera que fueron tres galeras de los corintios echadas a fondo y de la armada de los atenienses, aunque ninguna fue lanzada a pique, siete quedaron destrozadas en las proas por un saledizo de los corintios que era más fuerte que el suyo, y todos los remos quebrados, de manera que resultaron completamente inútiles para navegar.
La batalla fue tan reñida, que cada cual de las partes pretendía haber conseguido la victoria. Los atenienses recogieron los náufragos y despojos; mas como arreciara el viento se retiraron unos de una parte, y otros de otra, los peloponesios hacia la costa, donde podían estar más seguros a causa de la gente que tenían en tierra, y los atenienses hacia Naupacto.
Cuando así fueron separados, los corintios inmediatamente levantaron trofeo en señal de victoria a causa de que las naves que habían destrozado de los enemigos, eran más en número que las que ellos habían perdido, y les fueron echadas a fondo, teniendo por cierto que no habían sido vencidos por la misma razón que tenían los enemigos para pensar no haber triunfado, pues parecía a los corintios no haber sido vencidos si la victoria de los enemigos no era muy grande, y asimismo los atenienses, por el contrario, se juzgaban casi por derrotados si no alcanzaban gran victoria.
Con todo esto, después que los peloponesios se ausentaron de aquella costa y su gente de a pie que tenían en tierra también se fue, los atenienses levantaron un trofeo en el cabo de Acaya como vencedores, aunque a más de veinte estadios del lugar de Eríneo, donde estaban las naves de los corintios.