Entonces Brásidas conoció que ya era tiempo de salir, y viendo que se marchaban los enemigos, dijo a los suyos: «Esta gente no nos aguardará, porque bien veo cómo sus lanzas y celadas se menean, y nunca jamás hicieron esto hombres que tuviesen gana de combatir, por tanto, abrid las puertas, y salgamos todos con buen ánimo a dar sobre ellos con toda diligencia.»
Abiertas las puertas por la parte que Brásidas había ordenado, así las de la ciudad como las de los reparos, y las del muro largo, salió con su gente a buen trote por la senda estrecha donde ahora se ve un trofeo puesto, y dio en medio del escuadrón de los enemigos, que halló confusos por el desorden que tenían, y espantados por la osadía de sus enemigos; inmediatamente volvieron las espaldas y se pusieron en fuga.
Al poco rato salió Cleáridas por la puerta de Tracia, como le habían mandado, y vino por la otra parte a dar sobre los enemigos. Los atenienses, viéndose acometer súbitamente por donde no pensaban, y atajados de todas partes, se asustaron más que antes, de tal manera, que los de la ala izquierda que habían tomado el camino de Eyón diéronse a huir en desorden.
En este medio Brásidas, que había entrado por el ala derecha de los enemigos, fue gravemente herido, cayendo a tierra, mas antes que los atenienses lo advirtiesen fue levantado por los suyos que estaban cerca, y aunque los soldados de la ala derecha de los atenienses se afirmaron más que los otros en su plaza, Cleón viendo que no era tiempo de esperar más, dio a huir, y cuando iba huyendo le encontró un soldado mircinio que lo mató. Mas no por eso los que con él estaban dejaron de defenderse contra Cleáridas a la subida del cerro, y allí pelearon muy valientemente hasta tanto que los de a caballo y los de a pie armados a la ligera, así mircinios como calcídeos, sobrevinieron, y a fuerza de venablos obligaron a que abandonaran su puesto, y se pusiesen en huida.
De esta suerte todo el ejército de los atenienses fue desbaratado, huyendo unos por una parte y los otros por otra, cada cual como podía hacia la montaña, y los que de ellos se pudieron salvar acogiéronse a Eyón.
Después que Brásidas fue llevado herido a la ciudad, antes de perder la vida supo que había alcanzado la victoria, y al poco rato falleció. Cleáridas siguió al alcance de los enemigos cuanto pudo con lo restante del ejército, y después se volvió al lugar donde había sido la batalla.
Cuando hubo despojado los muertos, levantó un trofeo en el mismo lugar en señal de victoria.
Pasado esto, todos acompañaron al cuerpo de Brásidas armados, y le sepultaron dentro de la ciudad delante del actual mercado, donde los de Anfípolis le hicieron sepulcro muy suntuoso, y un templo como a héroe, dedicándole sacrificios y otras fiestas, y honras anuales, dándole el título y nombre de fundador y poblador de la ciudad, y todas las memorias que se hallaron en escrito, pintura o talla de Hagnón, su primer fundador, las quitaron y rayaron, teniendo y reputando a Brásidas por fundador y autor de su libertad. Hacían esto por agradar más a los lacedemonios por el temor que tenían a los atenienses, y también porque les parecía más provechoso para ellos hacer a Brásidas aquellas honras que no a Hagnón, a causa de la enemistad que naturalmente tenían con los atenienses, a los cuales, no obstante esto, les dieron sus muertos, que se hallaron hasta 600, aunque de la parte de los lacedemonios no hubo más de siete, porque esta no había sido primeramente batalla, sino un encuentro o batida donde no hubo mucha resistencia.
Recobrados los muertos, los atenienses volvieron por mar a Atenas, y Cleáridas con su gente se quedó en la ciudad de Anfípolis para ordenar el gobierno de ella.
Esta derrota fue en el fin del verano, a tiempo que los lacedemonios Ranfias y Autocáridas iban con un refuerzo de novecientos hombres de guerra a tierra de Tracia para rehacer el ejército de los peloponesios. Cuando llegaron a la ciudad de Heraclea, en tierra de Traquinia, estando allí ordenando las cosas necesarias para aquella ciudad, tuvieron noticia de lo ocurrido.