También quiso aguardar mayor socorro, no tanto por la esperanza de la victoria si se veía forzado a combatir, como por cercar la ciudad y tomarla. Al llegar con todo su ejército, que era muy pujante, bien cerca de Anfípolis, se alojó sobre un cerro, de donde podía ver la tierra en derredor; y mirando el asiento de la ciudad muy atento, mayormente por la parte de Tracia, donde el río Estrimón se estrecha, halló que le venía muy a propósito este lugar, por parecerle que se podría retirar cuando quisiese sin combate.
Por otra parte, no veía persona alguna dentro de la ciudad, ni que entrase o saliese por las puertas, las cuales estaban todas cerradas, y pesábale en gran manera, no haber traído consigo todos sus aparatos y pertrechos de guerra para batir los muros, pareciéndole que, de tenerlos allí, la hubiera tomado fácilmente.
Cuando Brásidas entendió que los atenienses habían levantado su campo, también desalojó a Cerdilio y entró con toda su gente dentro de Anfípolis, sin hacer alarde alguno de querer salir ni combatir con los atenienses, porque no se hallaba tan poderoso como los enemigos para hacerlo, no tanto por el número de gente (porque en esto casi eran iguales) cuanto por los otros aprestos de guerra, en que era inferior a sus contrarios, y aun por la calidad de las tropas, porque en el campo de los atenienses estaba la flor de su gente de guerra y todas las fuerzas de los lemnios y de los imbrios. Determinó, pues, usar de arte y maña para acometerles; porque presentar a los enemigos su ejército, aunque fuese en número bastante y bien armado, le parecía no serle provechoso, y que antes serviría para dar ánimo a los enemigos y para que los despreciasen y tuviesen en poco. Así, pues, dejando para guarda y defensa de la ciudad con 150 soldados a Cleáridas, él, con lo demás de su ejército, determinó acometer a los atenienses antes que partiesen de allí, pensando que serían más fáciles de desbaratar estando faltos del socorro que esperaban por momentos, que aguardar a que este llegara. Antes de poner en ejecución su empresa quiso declarárselo a sus soldados, y amonestarles que hiciesen todos su deber. Mandó, pues, reunirlos y les dirigió la siguiente arenga:
«Varones peloponesios: Porque venimos de una tierra de donde los naturales por su ánimo generoso siempre han vivido en libertad, y por la costumbre que aquellos de vosotros que sois dorios de nación tenéis de combatir contra los jonios de origen, a quienes siempre habéis estimado por inferiores, y para menos que vosotros, no es menester que os haga largo razonamiento, sino solo que os declare la manera que tengo pensada para salir y acometer a mis enemigos: porque viendo que quiero probar mi fortuna con poco número de gente sin llevar todo nuestro poder, no tengáis menos corazón, pensando que por esto sois más débiles y flacos. Según puedo conjeturar estos nuestros enemigos que ahora nos tienen en poco, pensando que no osaremos salir a combatir contra ellos, se han puesto en lo alto para reconocer la tierra, y allí están muy seguros sin ningún orden ni concierto.
»Sucede muchas veces, que el que entiende y para mientes con atención en los yerros y faltas de sus enemigos, y se determina de acometerles con ánimo y osadía, no solamente en batalla campal, sino también en encuentro cuando quiera que vea la suya, llega al cabo con su empresa para su honra y provecho. Porque las empresas y hazañas que se hacen en guerra con astucia para dañar a los enemigos y hacer bien y provecho a sus amigos, dan gran honra y gloria a los capitanes que las emprenden. Por tanto, mientras están así desordenados y sin sospechar mal alguno, antes que levanten su campo del lugar donde están, pues me parece que tienen más voluntad de desalojarle que de esperar allí, he determinado dar sobre ellos con la gente que tengo, mientras dudan de lo que harán y antes que puedan resolverlo, entrando, si pudiere, hasta en medio de su campo.
»Tú, Cleáridas, cuando vieres que yo estoy sobre ellos, y entendieses que los he puesto temor y espanto, abrirás la puerta de la ciudad, y saldrás súbitamente de la otra parte con la gente que tienes, así ciudadanos como extranjeros, y vendrás con la mayor diligencia que pudieras a meterte en medio, porque me parece que, haciendo esto, los pondrás en gran alboroto y turbación, pues ya sabes que los que sobrevienen de nuevo en un encuentro ponen más temor a los contrarios que aquellos con quienes están peleando.
»Muéstrate, pues, Cleáridas, hombre de valor y verdaderamente espartano, y vosotros nuestros aliados, seguidle animosamente, y pensad que el pelear bien consiste solo en tener buen corazón, vergüenza y honra, y obedecer a sus capitanes, que el día de hoy, si os mostráis valientes y esforzados, adquiriréis libertad para siempre y seréis en adelante con más razón llamados compañeros y aliados de los lacedemonios. Obrando de otro modo, si os podéis escapar de ser todos muertos, y vuestra ciudad destruida, a bien librar quedaréis en más dura servidumbre que estábais antes, y seréis causa de estorbar a los otros griegos el conseguir su libertad.
»Sabiendo, pues, cuánto nos importa esta batalla, procurad señalaros en ella por buenos y esforzados, que en lo demás que a mí toca, yo mostraré por la obra que sé pelear de cerca tan bien como amonestar a los otros de lejos.»
Después que Brásidas hubo animado a los suyos con este razonamiento, puso en orden los que habían de salir con él, y asimismo los que después habían de salir con Cleáridas por la puerta de Tracia según queda dicho. Mas por haber sido visto de los enemigos a la bajada de Cerdilio, y también después, estando dentro de la ciudad, sobre todo cuando estaba haciendo sacrificios en el templo de la diosa Palas, situado fuera de la ciudad y cerca de la muralla, dieron aviso a Cleón que había salido a reconocer la tierra en torno de la ciudad. Fácil les era averiguar lo que pasaba, así porque veían claramente a los de dentro de la ciudad que se ponían en armas, como también que salía por las puertas tropel de gente de a caballo y de a pie, lo cual espantó mucho a Cleón, que apresuradamente bajó del lugar donde se encontraba para saber si eran ciertas sus sospechas.
Cuando conoció la verdad, habiendo determinado no combatir hasta que llegara el socorro que esperaba, y considerando que si se retiraba por la parte que primero había pensado le verían claramente, hizo señal para retirarse por otro lado, y mandó a los suyos que comenzasen la marcha primero por la izquierda, porque por otra parte no era posible, dirigiéndose hacia la villa de Eyón, mas viendo que los del ala izquierda caminaban muy despacio, hizo volver a los de la derecha hacia aquella parte, dejando por esta vía el escuadrón de en medio descubierto, y él mismo iba animando a los suyos para retirarse a toda prisa.