Así trazaron los siracusanos sus cosas con buena esperanza de victoria por las razones arriba dichas, y la pusieron por obra de esta manera.
Gilipo, poco antes del combate, sacó fuera de la ciudad su gente de a pie, muy cerca del muro de los atenienses por la parte de la ciudad. Por otro lado todos aquellos que estaban en el Olimpieo, así de a caballo como de a pie, armados a la ligera y tiradores, fueron también hacia aquel muro por las dos partes, y poco después salieron las naves de los siracusanos, tanto las suyas propias como las de los aliados.
Cuando los atenienses vieron salir la armada de los enemigos, quedaron muy turbados, porque como poco antes hubiesen visto solamente la gente de a pie ir hacia la muralla, no pensaban que les acometerían además por otras partes.
Replegáronse, pues, y se pusieron en orden de batalla, unos sobre el muro, otros delante y los otros aparte para apoyar a la gente de a caballo y tiradores armados a la ligera; las tripulaciones dentro de sus trirremes, y otras fuerzas a la entrada del gran puerto y a lo largo de la marina para poder socorrer las naves.
Cuando sus barcos estuvieron listos, que serían hasta sesenta y cinco, vinieron a dar en los de los contrarios, que serían ochenta, y combatieron todo aquel día una armada contra la otra, sin que pudiesen hacer cosa de gran importancia de una parte ni de otra, excepto que los siracusanos echaron a pique una nave o dos de los enemigos, y llegada la noche se separaron y retiraron cada uno a su estancia. Lo mismo hicieron los de la ciudad que habían ido contra el muro de los atenienses.
Al día siguiente los siracusanos no presentaron batalla ni mostraron que lo querían hacer, y por esta causa Nicias, que había visto que el día anterior fueron iguales, sospechando que los contrarios quisiesen volver otra vez a tentar fortuna, mandó a los patrones y capitanes que reparasen los trirremes que habían sido maltratados, y sacar las naves que había hecho encerrar en un seno del gran puerto cercado de estacas para mayor seguridad, y que las sacaran a alta mar, apartadas una de otra por espacio equivalente a una fanega de tierra, a fin de que si, combatiendo alguno de sus trirremes, se viese en aprieto, pudiera guarecerse junto a estas naves de carga. En estos trabajos y otros semejantes invirtieron los atenienses todo aquel día y la noche siguiente.
Al otro día por la mañana los siracusanos salieron por mar y por tierra, de la misma suerte que habían salido dos días antes, excepto que fueron a mejor hora, y así combatieron durante la mayor parte del día, de igual manera que habían hecho en el combate precedente, sin que se conociese ventaja de una parte ni de otra.
Entonces el corintio Aristón, que era el mejor piloto que había en toda la armada de los siracusanos, persuadió a los otros capitanes de las naves que enviasen a toda prisa alguna parte de su gente dentro de la ciudad y que él haría lo mismo para ordenar que todos los que tuviesen vituallas dispuestas las trajesen a vender a la orilla del mar a fin de que en seguida comiesen los suyos, volvieran a embarcarse inmediatamente y fuesen a dar sobre los enemigos que estaban desapercibidos.
Hecho así en poco rato, trajeron gran abundancia a la orilla de la mar, y todos a paso quedo se retiraron a comer.
Viendo esto los atenienses, y creyendo que se retiraban como vencidos, ellos también se retiraron y saltaron en tierra, unos para comer y otros para otras ocupaciones, sin pensamiento que aquel día hubiese nuevo combate por mar. Pero al poco rato vinieron los siracusanos, que ya habían comido, a dar sobre ellos de repente, cosa que perturbó mucho a los atenienses y trabajaron por reembarcarse lo más pronto que pudieron con bullicio y desorden, muchos de ellos antes de probar bocado, saliendo frente a los enemigos.