Cuando estuvieron a la vista y bien cerca unos de otros, se pararon los de una parte y de la otra, meditando cómo podrían cada cual acometer al enemigo con ventaja. Mas los atenienses, teniendo por deshonra que los enemigos los sobrepujasen en labor y trabajo, dieron los primeros señal de batalla y embistieron a los enemigos, que los recibieron con las puntas de sus proas que estaban bien armadas y reforzadas, según tenían determinado, de tal manera, que destrozaron gran parte, rompiéndoles las puntas de sus remos, y desde las gavias herían con piedras y otros tiros a muchos de los enemigos que estaban dentro de sus naves.

Pero mucho mayor daño les hacían los barcos ligeros de los siracusanos, que los acometían por todas partes con golpes y tiros, de suerte que los atenienses fueron forzados a huir, y con ayuda de sus barcos se retiraron a su estancia, porque los siracusanos no se atrevieron a seguirles más adelante de los buques colocados según antes se dijo, a causa de tener estos las entenas levantadas muy altas con los delfines[15] de plomo que pendían de ellas, de suerte que sus trirremes no los podían abordar sin peligro de ser destrozados, según sucedió a dos de ellos que se atrevieron a embestir a estos barcos, uno de los cuales fue cogido con todos los que iban dentro.

Finalmente, siete naves de los atenienses fueron echadas a fondo, otras muchas destrozadas, y gran número de los suyos muertos o prisioneros, por razón de cuya victoria los siracusanos levantaron trofeo en señal de triunfo, teniendo para sí que en adelante serían más fuertes que los atenienses por mar y que vencerían al ejército, por lo cual se prepararon para acometerles otra vez.

VIII.

Llegan Demóstenes y Eurimedonte al campamento de los atenienses. — Atacan de noche los parapetos de los siracusanos junto a Epípolas y son rechazados con grandes pérdidas.

Mientras esto acontecía, Demóstenes y Eurimedonte llegaron al campamento de los atenienses con setenta y tres naves de las suyas y de las de sus aliados, y en las cuales traían cerca de cinco mil combatientes, parte de los de sus pueblos y parte de sus aliados, y con ellos venían otros muchos de los bárbaros tiradores y flecheros, así griegos como extranjeros.

Mucho alarmó esto a los siracusanos, porque no veían medio de poder rechazar tan gran ejército, considerando que si los atenienses, cercados en Decelia, poseían medios para enviar socorro tan grande como el primer ejército, no les podrían resistir en adelante. Tenían además en cuenta que el ejército ateniense, maltratado por ellos, cobraba fuerzas con la venida del nuevo socorro.

Cuando Demóstenes llegó al campamento, comenzó a dar orden para poner en ejecución su empresa y probar sus fuerzas lo más pronto que pudiese por no caer en el mismo error en que antes había caído Nicias, el cual, aunque al principio llegó con tanta estima y reputación, que puso temor y espanto a todos los de Sicilia, por no dirigirse inmediatamente contra Siracusa y gastar mucho tiempo en detenerse en Catana, perdió toda su fama, y Gilipo, a causa de esta tardanza, tuvo tiempo para llevar del Peloponeso el socorro que condujo a Siracusa antes que el otro llegase; socorro que ni aun los mismos siracusanos hubieran demandado si Nicias les sitiara inmediatamente que llegó, pues creían que eran harto bastantes y poderosos para defender su ciudad contra las fuerzas solas de este caudillo.

Considerando todo esto Demóstenes, y también que los enemigos cobrarían temor y espanto por su venida, quiso el mismo día que llegó mostrar sus bríos a los contrarios.

Viendo que el muro fuerte que los siracusanos habían hecho al través del otro de los atenienses para estorbarles que lo acabaran, era flaco y sencillo, y tal que fácilmente le podría derrocar el que ganase a Epípolas, y que en los parapetos que allí habían hecho no tenían mucha gente de defensa que pudiese resistir a sus fuerzas, se apresuró a acometerles, esperando que en breve tiempo vería el fin de aquella guerra, porque tenía propósito o de tomar a Siracusa por fuerza de armas o volver con toda aquella armada a su tierra sin más trabajo para los atenienses, así los que allí estaban en el sitio como los que habían quedado en la ciudad.