Llegado allí aquel socorro, los siracusanos se apercibieron para acometer de nuevo a los enemigos así por mar como por tierra.

Por otra parte, los atenienses, viendo el socorro que habían recibido los de la ciudad, y que sus cosas iban empeorando de día en día por las enfermedades que aumentaban en el campo, estaban muy arrepentidos de no haber antes levantado el cerco.

También Nicias no lo contradecía tanto como al principio, sino solamente decía que se debía tener la cosa secreta. Por su parecer se dio orden reservada por todo el campo para que se apercibiesen y estuviesen a punto de levantar el campamento al oír la señal de la trompeta. Pero mientras se disponía la partida ocurrió un eclipse de luna estando llena, lo cual muchos de los atenienses tuvieron por mal agüero, y aconsejaron por esto no partir, principalmente Nicias, que daba gran crédito a semejantes agüeros y cosas, y decía que de ninguna manera debían marcharse hasta pasados tres novenarios[17], porque tal era el consejo y parecer de los astrólogos y adivinos, y por este motivo continuaron en aquel sitio.

X.

Logran los siracusanos nueva victoria naval contra los atenienses y procuran encerrarlos en el puerto donde estaban.

Habiendo los siracusanos sabido el consejo y deliberación de los atenienses, y que querían levantar el cerco, estaban más animosos y dispuestos a combatirles, porque si deseaban emprender la retirada ocultamente, bien daban a entender que se sentían más flacos de fuerzas por mar y por tierra.

No querían además dar lugar a que, partidos de allí, fuesen a parar a algún lugar de Sicilia de donde les pudiesen hacer más daño que no donde estaban. Por esta causa determinaron obligarles a pelear por mar tan pronto como viesen que les podía ser ventajoso, mandaron embarcar toda su gente y estuvieron quietos por algunos días.

Cuando llegó el tiempo que les pareció oportuno, enviaron primero una parte de la gente de guerra hacia los fuertes y muros de los atenienses, contra los cuales salieron al encuentro por varios portillos algunos atenienses de a pie y de a caballo, aunque eran pocos en número, por lo cual fácilmente les rechazaron y cogieron algunos hombres de a pie y cerca de setenta de a caballo atenienses, como también algunos de los aliados, y hecho esto se retiraron los siracusanos.

Al día siguiente acudieron a dar sobre ellos por mar con setenta y siete naves, y por tierra atacaron también los muros y fuertes.

Los atenienses salieron al mar con ochenta y seis barcos puestos en orden de batalla, cuya extrema derecha tenía Eurimedonte, el cual, empeñado el combate, procuró cercar las naves de los enemigos, y para esto se extendió hacia tierra, con lo cual los siracusanos tuvieron más espacio para embestir a las otras naves atenienses, que quedaron en medio desamparadas de la ayuda y socorro de Eurimedonte, y les dieron caza y pusieron en huida. Después se revolvieron sobre la nave de Eurimedonte que estaba encerrada en lo más hondo del seno del puerto y la echaron a fondo con el mismo Eurimedonte y todos los otros que estaban dentro. Hecho esto dieron caza a las otras naves y las siguieron hasta tierra.