Viendo esto Gilipo y que los barcos de los enemigos habían ya pasado la empalizada que tenían hecha en el mar, y también el lugar donde él tenía su ejército a orilla de la mar para batir a los que bajasen a tierra, y para que los siracusanos pudiesen más a su salvo detener las naves de los atenienses, y observando que los suyos tenían ganada la parte de tierra, fue con algunas de sus tropas a la boca del puerto para ayudar a los siracusanos, mas los tirrenos, que por acaso les cupo la guarda de aquella estancia por los atenienses, les salieron al encuentro, y al principio los rechazaron y pusieron en huida y les dieron caza hasta el lago llamado Lisimelia, mas poco después acudió una banda de los siracusanos y de sus aliados para socorrerles.
Por la otra parte los atenienses salieron de su campamento muy apresurados, así para ayudar a los suyos como para salvar sus naves, y allí hubo un gran combate, en el cual finalmente los atenienses alcanzaron la victoria, mataron gran número de los contrarios y salvaron muchos de sus barcos, aunque todavía quedaron diez y ocho en poder de los enemigos, y los que estaban dentro de ellos todos muertos.
Queriendo los siracusanos quemar las naves que quedaban de los enemigos, llenaron un barco viejo de leña seca y otros materiales y lo lanzaron contra las naves contrarias, teniendo el viento próspero que lo llevaba hacia aquella parte. Pero los atenienses se apresuraron tanto en apagar el fuego y rechazar el barco que escaparon de aquel peligro.
De esta batalla naval, una parte y otra levantaron trofeo en señal de victoria; los siracusanos, por la presa que habían hecho de las naves, y también por la gente que habían cogido y muerto al principio delante de los muros y parapetos de los atenienses, y los atenienses, porque los tirrenos habían rechazado la gente de infantería hasta el lago, y tras ellos los otros aliados de los atenienses habían deshecho una banda de los siracusanos cuando los llevaban de vencida por el mar.
Viendo los atenienses que los siracusanos, amedrentados al principio por el socorro que había traído Demóstenes, consiguieron después una tan gran victoria contra ellos, cobraron miedo y espanto y perdieron corazón, porque les sucedió muy al contrario de lo que pensaban, siendo vencidos en mar por menos número de barcos que ellos tenían, y estaban muy tristes y arrepentidos los más de aquel ejército de haber emprendido la guerra contra Siracusa, que se gobernaba por los mismos estatutos y de la misma suerte y manera que la de Atenas, y cuyos habitantes eran muy poderosos así de barcos de guerra como de gente de a pie y de a caballo, y también porque perdían la esperanza de tener alguna inteligencia con los de dentro para tramar nuevos tratos por odio que tuviesen a los que tenían mando y gobierno, ni menos de poderlos vencer fácilmente por estar tan bien provistos de todos los aprestos de guerra como ellos.
Por esta razón estaban no solamente tristes y pensativos, pero también muy cuidadosos sobre el resultado de la guerra. Y habían perdido más ánimo, porque se veían vencidos en donde menos esperaban, es decir, en el mar.
Los siracusanos por su parte, inmediatamente después de aquella victoria, trabajaron por cercar la estancia de las naves de los atenienses y cerrarles la entrada, de suerte que no pudiesen salir en adelante sin ser vistos, porque ellos no se esforzaban tanto por salvarse, cuanto por procurar que los enemigos no se salvaran, considerando como era la verdad que por entonces les llevaban gran ventaja, y que si les podían vencer, así por mar como por tierra, adquirirían gran fama y renombre en toda Grecia, lo cual no solo les libraba de la servidumbre de los atenienses, sino también del temor de caer en ella en adelante, porque habiendo recibido tan ruda lección los atenienses en Sicilia, no serían en adelante tan poderosos para sostener la guerra contra los peloponesios, y siendo los siracusanos principio y causa de esto, admiraríanles grandemente todos los presentes y por venir.
Y no tan solo por esta razón les parecía cosa loable y conveniente hacer todo su deber para el fin arriba dicho, sino también porque, realizando esto, no vencían únicamente a los atenienses, sino también a otros muchos aliados suyos, siendo la victoria contra ellos y contra todos los demás que habían ido en su ayuda.
Servían además de testigos a su triunfo los que habían ido en su auxilio como caudillos de los lacedemonios y corintios, viendo que, aun estando la ciudad en tanto aprieto, mostraba tan gran poder por mar, porque fueron muchas las naciones que acudieron a esta ciudad, unas para acometerla y otras para defenderla, unos para participar de los robos y despojos no solo de aquella ciudad, sino también de toda la isla de Sicilia, y otros por guardar y conservar sus bienes y hacienda. Todos los que se entremetieron de una parte y de otra, no lo hicieron por razón o afición o por parentesco que tenían unos con otros, sino por alguna vanidad, o por el provecho y necesidad de cada cual. Y para saber por entero quiénes fueron los que intervinieron en esta guerra de una parte y de otra, lo diremos seguidamente.