En cuanto a los griegos que estaban fuera de la isla, los lacedemonios enviaron un capitán natural de su ciudad con una compañía de esclavos hilotas, que son los que de esclavos llegan a ser libres. Los corintios les enviaron naves y gentes de guerra, lo que no hicieron ningunos de los otros.
Los leucadios y los ambraciotes, aunque eran sus aliados y parientes, solo les enviaron gente.
De los de Arcadia fueron tan solamente aquellos que los corintios habían tomado a sueldo, y los sicionios obligados a ir por fuerza. De los que habitan fuera del Peloponeso acudieron los beocios.
Además de todas estas naciones extranjeras que acudieron en socorro, las ciudades de Sicilia enviaron gran número de gente de todas clases y gran cantidad de naves, armas, caballos y vituallas.
Pero los siracusanos abastecieron de más gente, y de las demás cosas necesarias para la guerra que todos los otros juntos, así por lo grande y rica que era su ciudad, como por el daño y peligro en que estaban.
Tal fue el socorro y ayuda de una parte y de otra que intervino en la batalla de que arriba hemos hablado, porque después no fueron ningunos otros de parte alguna.
Estando los siracusanos y sus aliados muy ufanos y gozosos por la victoria pasada, que habían alcanzado en la mar, parecioles que adquirían gran honra si pudiesen vencer todo aquel ejército de los atenienses que era muy grande, y procurar que no se pudiesen salvar por mar ni por tierra, y con este propósito cerraron la boca del gran puerto, que tenía cerca de ocho estadios de entrada, con barcos de guerra y mercantes, y toda otra clase de naves puestos en orden, afirmados con sus áncoras echadas, los abastecieron de todas las cosas necesarias, y se apercibieron para combatir, en caso de que los atenienses quisiesen pelear por mar sin dejar de proveer cosa alguna por pequeña que fuese.
XII.
Los siracusanos y sus aliados vencen de nuevo en combate naval a los atenienses, de tal modo que no pueden estos salvarse por mar.
Viéndose los atenienses cercados por los siracusanos, y conociendo los designios de los enemigos, pensaron que era menester consejo, y para ello se reunieron los capitanes, jefes y patrones de naves con el fin de proveer sobre ello, y sobre lo relativo a víveres de que por entonces tenían gran falta, porque habiendo determinado partir, ordenaron a los de Catana que no les enviasen más, y con esto perdieron la esperanza de poderlos tener de otra parte si no era deshaciendo y dispersando la armada de los enemigos.