Por esta causa decidieron desamparar del todo el primer muro y fuerte que habían hecho en lo más alto hacia la ciudad, y retirarse lo más cerca que pudiesen del puerto, encerrándose allí y fortificándose lo mejor que pudieran, con tal de tener espacio bastante para recoger sus bagajes y los enfermos, y abastecer el lugar de gente para guardarle, embarcando todos los otros soldados que tenían dentro de sus barcos buenos y malos, y todo su bagaje con intención de combatir por mar con presteza; si por ventura alcanzaban la victoria, partir derechamente a Catana, y si por el contrario fuesen vencidos en combate naval, quemar todas sus naves y caminar por tierra al lugar más cercano de amigos que pudiesen hallar, ora fuese de griegos o de bárbaros.

Estas cosas, como fueron pensadas fueron puestas por obra, porque inmediatamente abandonaron el primer muro que estaba cerca de la ciudad, se dirigieron hacia el puerto y mandaron embarcar toda su gente sin distinción de edad ni si era a propósito para combatir, reuniendo en todo cerca de 102 buques, dentro de los cuales metieron muchos ballesteros y flecheros de los acarnanios y de los otros extranjeros, además de la otra gente de pelea.

Después de hecho todo esto, Nicias, viendo a su gente de guerra descorazonada por haber sido vencidos por mar contra su opinión, y muy al contrario de lo que pensaban, y que por carecer de provisiones veíanse forzados a aventurar una batalla contra lo que hasta entonces había sucedido, mandó reunirlos y pronunció la siguiente arenga:

«Varones atenienses, y vosotros nuestros aliados y confederados que con nosotros aquí estáis, esta batalla que nos conviene dar al presente es necesaria a todos nosotros, porque cada cual trabaja aquí por su salvación y la de su patria, como también lo hacen nuestros enemigos, y si logramos la victoria en este combate naval, como esperamos, podremos volver seguros cada cual a su tierra. Por tanto, debéis entrar en ella con valor y osadía, y no desmayar ni perder ánimo, ni hacer como aquellos que no tienen experiencia alguna en la guerra, los cuales, vencidos una vez en una batalla, en adelante no tienen esperanza ninguna de vencer, antes piensan que siempre les ha de suceder el mismo mal.

»Mas los atenienses, que aquí os halláis, gente curtida y experimentada en lances de guerra, y vosotros también nuestros aliados y confederados, debéis considerar que los fines y acontecimientos de las guerras son inciertas, y que la fortuna es dudosa, pudiendo ser ahora favorable a nosotros como antes lo fue a ellos.

»Con esta confianza, y esperanzados en el esfuerzo y valor de tanta gente, como aquí veis de nuestra parte, preparaos para vengaros de los enemigos y del mal que nos hicieron en la batalla pasada.

»En lo que toca a nosotros, los que somos vuestros caudillos y capitanes, estad ciertos de que no dejaremos de hacer cosa alguna de las que viéremos ser convenientes y necesarias para este hecho, antes teniendo en cuenta la condición del puerto que es estrecho, lo cual produjo nuestro desorden y derrota, y también a los castillos y cubiertas de las naves de los enemigos con los que la vez pasada nos hicieron mucho daño, hemos provisto contra todos estos inconvenientes de acuerdo con los patrones y maestros de nuestras naves, según la oportunidad del tiempo y la necesidad presente lo requiere, lo más y mejor que nos ha sido posible, poniendo dentro de los barcos muchos tiradores y ballesteros en mayor número que antes.

»Si hubiéramos de pelear en alta mar para guardar la disciplina militar y orden marítimo, es muy perjudicial cargar mucho las naves de gente, pero ahora nos será provechoso en la primera batalla, porque combatiremos desde nuestras naves como si estuviéramos en tierra.

»Además hemos pensado otras cosas que serán menester para nuestros barcos, y hallamos unos garfios y manos de hierro para asir de los maderos gruesos que están en las proas de nuestros enemigos con las que la vez pasada nos hicieron todo el daño, para que cuando vengan a embestir contra nosotros, si una vez estuvieren asidos no se puedan retirar a su salvo, puesto que hemos llegado a tal extremo que nos convendrá pelear desde nuestras naves como si estuviésemos en tierra firme.

»Es, pues, necesario que no nos desviemos de las naves de nuestros enemigos cuando nos viéremos juntos, ni les dejemos apartarse de las nuestras.