Volvamos, pues, a Nicias, que estaba como atónito al ver el peligro en que se encontraba entonces, y conociendo los inconvenientes que suelen ocurrir en semejantes batallas grandes y sangrientas, no tenía cosa por bien segura de su parte, ni le parecía haber hecho recomendaciones bastantes a los suyos. Por eso mandó de nuevo reunir a los capitanes y maestros, nombrando a cada cual por su nombre y apellido y por los de sus padres, con mucho amor y caricias, según pensaba que a cada cual halagaría más, y rogándoles que no perdiesen su renombre y buena fama en esta jornada, ni la honra que habían ganado sus antepasados por su virtud y esfuerzo, trayéndoles a la memoria la libertad de su patria, que era la más libre que pudiese haber, sin que estuviesen sujetos a persona alguna, y otras muchas cosas que suelen decir los que se ven en tal estado, no para demostrar que les quisiese contar cosas antiguas, sino lo que le parecía ser útil y conveniente para la necesidad presente. Recordoles sus mujeres e hijos, la honra de sus templos y dioses y otras cosas semejantes que acostumbran a decir gentes de valor.
Después que les hubo amonestado con las palabras que le parecían más necesarias, se separó de ellos y llevó la infantería a la orilla del mar, disponiéndola en orden lo mejor que pudo, por animar y dar aliento a los otros que estaban en las naves.
Entonces Demóstenes, Menandro y Eutidemo, que eran capitanes de la armada, navegaron con sus barcos derechamente a la vuelta del puerto cerrado, que los enemigos tenían ya tomado y ocupado, con intención de romper y desbaratar las naves de los enemigos y salir a alta mar. Mas por su parte los siracusanos y sus confederados vinieron con otras tantas naves, parte de ellas hacia la boca del puerto, y parte en torno para embestirles por los dos lados, dejando su infantería a la orilla del mar, para que les pudiesen dar socorro en cualquier lugar que sus barcos abordasen.
Eran capitanes de la armada de los siracusanos, Sicano y Agatarco, los cuales iban en dos alas, a saber: en la punta derecha y en la siniestra, y en medio iban Pitén y los corintios.
Cuando los atenienses se acercaron a la boca del puerto, al primer ímpetu lanzaron las naves de los contrarios, que estaban todas juntas para estorbarles la salida, y trabajaron con todas sus fuerzas por romper las cadenas y maromas con que estaban amarradas. Mas los siracusanos y sus aliados vinieron de todas partes a dar sobre ellos, no tan solamente por la boca del puerto, sino también por dentro de él, y así fue el combate muy cruel y peligroso, más que todos los otros precedentes. De una parte y de otra se oían las voces y gritos de los capitanes y maestros que mandaban a los marineros remar a toda furia, y cada cual por su parte se esforzaba en mostrar su arte e industria.
También la gente de guerra que estaba en los castillos de proa y cubiertas de las naves, procuraba cumplir su deber como los marineros, y guardar y defender el puesto que les fuera señalado. Mas porque el combate era en lugar angosto y estrecho y por ambas partes había poco menos de 200 barcos que combatían dentro del puerto o a la boca de él, no podían venir con gran ímpetu a embestir unos contra los otros, ni había medio de retirarse o revolver, sino que se herían unos a otros donde se encontraban, ora fuese acometiendo, ora huyendo.
Mientras una nave iba contra otra, los que llevaba dentro de los castillos y cubiertas tiraban a los otros gran multitud de dardos, y flechas y piedras, mas cuando aferraban y combatían mano a mano, procuraban los unos entrar en los barcos de los otros, y por ser lugar estrecho acaecía que algunos acometían por un lado, y eran acometidos por otro lado a las veces dos naves contra una, y en algunas partes muchas en torno de una.
Resultado de esta confusión era que los patrones y maestros se turbaban, no sabiendo si convenía defenderse antes que acometer, y si era menester hacer esto por el lado derecho o por el siniestro, y algunas veces hacían una cosa por otra, por lo cual la grita y vocerío era tan grande, que ponía gran espanto y temor a los combatientes, y no se podían bien entender los unos a los otros, aunque los maestros y cómitres de la una parte y de la otra, amonestaban a los suyos, cada cual haciendo su oficio y deber, según que el tiempo lo requería por la codicia que cada cual tenía de vencer.
Los atenienses daban voces a los suyos que rompiesen las cadenas y maromas de los navíos contrarios que les prohibían la salida del puerto, y que si en algún tiempo habían tenido ánimo y corazón lo mostrasen al presente, si querían tener cuidado de sus vidas y tornar salvos a su tierra.
Los siracusanos y sus aliados advertían a los suyos que esta era la hora en que podrían mostrar su virtud y esfuerzo para impedir que los enemigos se salvasen, y conservar y aumentar su honra y la gloria de su patria y nación.