»Verosímil es que esto suceda ahora a los atenienses. Y por el contrario, vosotros que habéis tenido osadía para resistirles por mar, aunque no teníais tanta práctica y experiencia de las cosas de ella, llegáis ahora a ser más firmes y valientes por la buena fama y opinión que habéis concebido de vuestro esfuerzo y valentía, a causa de haber vencido a hombres muy bravos y esforzados; y con razón debéis tener doblada la esperanza, que os aprovechará en gran manera, porque los que van a acometer a sus contrarios con probabilidades de vencerlos, van con más ánimo y osadía.

»Aunque nuestros enemigos hayan querido imitarnos, por lo que han aprendido de nosotros, en el apresto de las naves, según vimos en la batalla pasada, no por eso debéis temer cosa alguna, pues estamos más acostumbrados a la guerra de mar que ellos, y por eso no nos sorprenderán con cualquier recurso a que acudan.

»Mientras más número de gente pongan en las cubiertas de sus barcos, se hallarán en más aprieto, como sucede en un combate de tierra, porque los acarnanios y los otros tiradores que traen consigo no podrán aprovechar sus dardos y azagayas estando sentados; y la multitud de barcos que tienen les hará más daño que provecho, porque se estorbarán unos a otros, lo cual sin duda les causará desorden.

»Por eso hace poco al caso que tengan más número de barcos que nosotros, y no debéis temerles, porque mientras más fueren en número, tanta menos atención podrán tener a lo que sus caudillos y capitanes les manden que hagan.

»Por otra parte, los pertrechos y máquinas que tenemos preparados contra ellos, nos podrán servir en gran manera.

»Aunque creo que tenéis noticia del estado en que se encuentran sus cosas actualmente, os lo quiero dar más a entender, porque sepáis que están casi desesperados, así por los infortunios y desventuras que les han sucedido antes de ahora, como por el gran apuro en que se ven al presente; de tal manera, que no confían tanto en sus fuerzas y aprestos, cuanto en la temeridad de la fortuna, determinando aventurarse a pasar por fuerza por medio de nuestra armada y escaparse por alta mar, o si no lo consiguen, desembarcar y tomar su camino por tierra, como gente desesperada que se ve en tal aprieto que por necesidad ha de escoger de dos males el menor.

»Contra esta gente aturdida y desesperada, que parece pelea ya a despecho de la adversa fortuna, nos conviene combatir cuanto podamos, como contra nuestros mortales enemigos, determinando hacer dos cosas de una vez, a saber: asegurando vuestro estado, vengaros de vuestros enemigos, que han venido a conquistaros, hartando nuestra ira y saña contra ellos y, además, lanzarlos de esta tierra, cosas ambas que siempre dan placer y contento a los hombres.

»Que sean nuestros mortales enemigos, ninguno hay de vosotros que no lo sepa y entienda, pues vinieron a nuestra tierra con ánimo determinado, si nos vencieran, de ponernos en servidumbre y usar de todo rigor y crueldad contra nosotros, maltratando a grandes y pequeños, deshonrando a las mujeres, violando los templos y destruyendo toda la ciudad. Por tanto, no debemos tener ninguna compasión de ellos, ni pensar que nos sea provechoso dejarlos partir salvos y seguros, sin exponernos a peligro alguno, porque lo mismo harían si alcanzaran la victoria, partiendo sin nuestro peligro.

»Si queremos cumplir nuestro deber, procuremos dar a estos el castigo que merecen y poner a toda Sicilia en mayor libertad que estaba antes, porque ninguna batalla nos podrá ser más gloriosa que esta, ni tendremos jamás tan buena ocasión para pelear en condiciones tales que si fuéremos vencidos podremos sufrir poco daño, y vencedores, ganar gran honra y provecho.»

Cuando Gilipo y los otros capitanes siracusanos arengaron a los suyos, mandaron embarcar a todos, sabiendo que los atenienses también habían ya embarcado los suyos.